Aplausos


Nada más alentador que un aplauso. Pero cuando se repiten por compromiso la vanidad de aquell@s que los reciben se convierte en un monstruo devastador.


María Gladys Estévez.

viernes, 18 de junio de 2021

INCERTIDUMBRE, DE MARÍA GLADYS ESTÉVEZ - RELATOS( Para Yony que se fue muy joven) Volveremos a vernos.

Mi Reina.

 " Texto publicado en el año 2014, he querido dejarlo hoy aquí otra  vez"





Nos conocimos un día a primera hora de la mañana en la estación de tren que lleva a Baluba. Yo no estaba de muy buen humor, pero ella me sonreía y eso suavizó mi carácter. Cogimos el mismo tren y casualmente el mismo destino, o eso pensé, porque ella hizo lo posible para coincidir. Más tarde me di cuenta de ello. Sabía que se sentaría a mi lado, yo, lo deseaba.

Me pidió un pitillo y volvió a sonreír, le dije que no fumaba, pero ella no dejaba de sonreír y uno de sus dedos se introdujo por entre mi pelo: Un pelusa, dijo. Tenía el dedo humectado y dejó su rastro en mi frente. El recorrido a Baluba había comenzado, y el de nosotros también. Empezamos a mirarnos y a recorrer cada centímetro de nuestros rostros: Los labios, los ojos, la barbilla… , Había soplado delicadamente mi flequillo rizado y sin darnos cuenta, yo, había introducido mi mano por debajo de su falda y tanteaba y llegué a su sexo libre y uno de mis dedos se deslizaba por él llegando fácilmente al clítoris erguido, duro. Ella hacía lo mismo, su mano entró debajo del pantalón y separó el calzoncillo y se apoderó del pene, sí , era suyo, era el pene que había estado buscando, era su juguete. No hace falta decir que me puse como un loco apasionado, sin nada que pudiese frenar ese lujurioso encuentro. Yo sabía que ella no tardaría mucho en tener un orgásmo, al igual que yo. De modo que su mano agitaba el pene lascivamente. Se mordía los labios y gemía. Yo, debí pensar que ese clítoris era un pastel de moras, porque mi dedo frotaba mas y mas rápido aquel templo de placer, aquel río de melaza.

Tenía las piernas separadas y jadeaba mientras hacía lo posible porque yo explotara y llenara todo de mí. Así permanecimos un buen rato, hasta que ya ninguno de los dos pudimos evitar lo inevitable. !Sí, así , así, mi reina!

El cuarto de Alfonsina.

 



Lo que realmente parecían luciérnagas era la ristra de luces que adornaban la habitación. En las esquinas, en el techo, en las paredes; incluso en la cabecera. Una cabecera ancha y alta. ¿Se repetiría el mismo sueño?, probablemente eso pensó, y lo volvió a pensar casi todas las noches cuando se disponía a dormir.

El miércoles amaneció con la luz esplendorosa entrando por la ventana y esparciendo la habitación de una curiosa estela, como si alguien adrede quisiera que ese día fuera el día. Alfonsina cumplia años, cuarenta y cinco. 

La tarta de merengue con cerezas ya estaba en la salita. Todo preparado. Nena, la señora que llevaba la casa se había ocupado.


Alfonsina despertó sonriente, y más cuando vio aquel dulce de los cielos.

La botella de champaña y las copas. Pero el cuarto de Alfonsina gritó y gritó. Quería tenerla allí encerrada. Hasta su muerte.


jueves, 17 de junio de 2021

La alfombra Persa.

 


Pero en consecuencia debió pensar que los floreros repartidos por el salón, deberían tener el mismo tamaño, aunque no las flores. 

Llevarían rosas, jazmines, lirios, claveles, y lluvia, una fuente de color lila adornaría cada jarrón. 



La otomana abarca todo el recorrido de la encimera, que está repleta de adornos: figuras chinas, un ramo de violetas. En la esquina un retrato sepia. Cada jueves habría una reunión. Eran amigas desde mucho tiempo atrás. Aunque en muchas ocasiones sólo era por no dejar la costumbre, por reír un rato, y también llorar. 

Eran mujeres que se habían criado con el encorsetamiento de una sociedad que fustigaba, en vez de que cada cual tomara su camino, sus prioridades, preferencias, oficios etc...



A Beba le gustaba estar descalza ,y si alguien lamía los dedos de los pies, era como ver a Dios, o algo así. 

Por eso la gata estaba entrenada para ello, y a cambio una lata de ricas sardinas, o la dejaba cazar ratones en la noche en el amplio jardín. 




Anabel lo hizo, además le gustó. Cada dedo fue succionado con una esmerada suavidad. Beba se evadió, le palpitaba el corazón muy fuerte, el modo en que actuaba Anabel era indescriptible. Se miraron a los  ojos, mientras sucedía semejante maravilla.

Dejó que siguiera y alcanzó el ombligo, allí se entretuvo un rato, besando, y lamiendo, besando y lamiendo. 

Beba llevaba una camisola de color violeta, de seda. Bastó un gesto para que Anabel se la quitara, suavemente sin quitar la vista de ella.

Alcanzó un pecho, ahora se había puesto de pie, y se reclinó para besarlo. Beba no se movió. Ahora serían los dos pechos y el juego ya no era juego.

Mientras las demás mujeres observaban, ellas se besaban con movimientos suaves, zigzagueando. 

Pero sucedió: ambas mujeres desnudas en la gran alfombra persa, una encima de la otra hicieron el amor. La taza de té de una de ellas se cayó al suelo, la gata sonreía.

Una danza amorosa, perfecta. Los cuerpos excitados.  Comenzó el jadeo.

Sucumbieron a un orgasmo tan grande como un piélago de estrellas.



Sus gemidos ahora eran gritos de placer, una a la otra, y así sucesivamente. Durante dos horas permanecieron en la alfombra repitiendo una y otra vez, salivando, amándose.

Cuando terminaron se volvieron a besar, y se abrazaron: piel con piel, hermosamente, si.



 




Quimeras, nada más.

 

Yo no sé de plagas que musiten,

alrededor de asfódelos.

No sé actuar sobre actos que no quiero,

mejor dormir, dormir (revelar mi yo).

Esperar a las mariposas en verano,

de sus alas tornasoladas del vaivén 

del vuelo, un beso se escapa. (labios que se encuentran, bocas que se besan).


Esperar, esperar, y escuchar una marabunta de elefantes con coche,

todos quieren pasar delante.


Yo no sé de plagas que musiten alrededor

de asfódelos.

De estación en estación en el andén cuatro,

allí estabas, allí se fueron quimeras.



miércoles, 16 de junio de 2021

Quizá un marchito deseo.



Mírame, aquí sospechosamente infeliz,

al esperar un trote, miles de trotes,

se rompió el cordón. Dijeron que fui una loca.

Nada ha pasado por entre las venas que cubre

mi piel. (Quizá un marchito deseo).


Mírame, aquí sospechosamente infeliz,

al querer entender el camino que me tocó.


No sé vivir de otra manera. (Un círculo me rodea).

Cual es mi lugar, preguntas incesantes desde

el vientre.


Arrojarme definitivamente. Deshacerme de piel y huesos.

 



 

La muerte de las mariposas.

 


Naturalmente que iría, iría sin pensarlo. Había que cruzar una distancia corta hasta el faro. 

Sólo es un resfriado, le dijo alguien. De todas formas habrá que visitarle. El farero ya tiene muchos años, vive solo.

María era enfermera del hospital del Santo Espíritu, y se ofreció con placer para ayudar al farero

De modo que una vez llegado al faro, María tocó una campanilla que pendía sobre la puerta de rejas, pasó dos minutos, o tres, y Braulio abrió con una amplia sonrisa, de esas sonrisas que parecen el batir de alas de mariposas. Cojeaba de una pierna: en su juventud un tiburón quiso merendárselo, y le seccionó casi toda la pierna, dejando un muñón. Nunca quiso recomponerlo. Una muleta le acompañó desde entonces.

Con sorpresa, María antes de recorrer el interior del faro, había visto un cello apoyado en un silla de mimbre; Braulio se percató de ello y lo mostró, incluso se lo dio para que pudiese tocar su espléndida madera. De el colgaba una piedra de ámbar y dentro una mariposa blanca solidificada. El cordón que la sujetaba era una tira de cuero envejecido.

Pero yo vine para atenderlo, porque me han dicho que tiene usted un resfriado.


¿Un resfriado?, dijo el farero. Y siguió hablando de ello.

No es nada. Quizás un poco de charla me vendría bien ya tomo miel y té para los refriados. Y mírame no son tan mayor.

A propósito de eso, María, con una pequeña sonrisa le preguntó qué edad tenía.


Pues tengo la edad que quieras, la edad que quiera la vida, los años, la edad que sea cuando toco el cello. Tengo edad, eso es todo, replicó.

También tengo la edad en que Azorín el gran tiburón me arrebató la pierna, volvió a decir.


Pero vamos acompáñame a ver el mundo de forma diferente, subamos hasta arriba. Cuando María vio el esplendor que tenía ante sus ojos creyó que la habían engañado con respecto a su vida, con respecto a todo.

La magnitud de aquello no se podía comparar con nada. 

El horizonte se dibujaba perfectamente. Entre el Cielo y el mar había una complicidad tan fuerte que, incluso elegían el color, los diferentes tonos, cuando el Sol desplegaba sus dedos.

Es un petrolero, dijo Braulio.

María le preguntó que si pasaban frecuentemente por aquello lares.

Claro, si, y barcos de pesca, y chalupas. Yo también tengo una, y me alimento de los pequeños peces: sardinas, chicharros, etc...

Huele a algo que no puedo describir Braulio, puede ser a incienso no se. 

Huele a vida, a mar, a estaciones. Huele a todo, y nada, le dijo el farero.

 

Tomaron té y se quedaron un rato contemplando el Olimpo.


María estuvo en el faro todo el día.

Un concierto de cello para ella, exclusivamente para ella.

El farero apartó la piedra de ámbar con mucha delicadeza y tomó el cello. 

Pasados unos minutos la imagen que creía ver ahora era distinta: un muchacho que, mientras hacía que la música brotara de sus dedos, cerraba los ojos. Un muchacho sin edad, una inspiración desconocida. 

Cuando el farero terminó el concierto siguió con los ojos cerrados, en silencio. Mayestático.

María pudo ver que en la piedra de ámbar no sólo estaba la mariposa, ahora habría una más.

Al despedirse observó que nadie había, y que no pudo abrir la puerta, y que no había mar, ni horizonte, ni Olimpo.

"En en año mil ochocientos noventa se había cerrado el faro después de la muerte de Braulio".








 

martes, 15 de junio de 2021

Un viaje con olor, y sabor.



 Alguien había cerrado la verja. Se escuchó un chirrido, como si a sus tablillas les hubieran golpeado con un látigo. El señor Hibernan se había percatado de todo. La casa perfectamente limpia. Las alarmas puestas. El jardín: rosas, jazmines, asfódelos, un melocotonero. De vez en cuando el agua fluiría por los pequeños tubos que rodeaban en  Zigzag las perfumadas flores. Dilara pasaría unos días fuera. Quizás en Roma, o tal vez, en Canarias. Eso ya lo pensaría, porque si de una cosa estaba segura era de no tener que preocuparse por algún sitio en concreto, de modo que esta vez iría a Canarias. 

Desde Esmirna a Canarias, ese fue su opción. Cuando tenía unos quince años había estado con sus padres y abuelos; pero quiso volver.

Tenerife le pareció buena elección. Luego visitaría a las otras islas restantes.

Acompañada por un guía se había recorrido la isla: El Teide, Garachico, Icod de los Vinos, San Juan de la Rambla. Teno alto. Buenavista del Norte. La isla baja: desde allí pudo ver increíbles acantilados y el mar, un mar inmenso que rodeaba la isla como un cálido abrazo besando todo su esplendor.

El puerto de La Cruz le gustó bastante: hoteles, calles con historia al lado del mar. Casonas que ya habían visto la vida de los antiguos moradores. 

La ciudad de San Cristóbal  de La Laguna, cuidad de los Adelantados, una joya patrimonio de la humanidad. 

Igualmente visitó Santa Cruz de Tenerife, una ciudad que saluda al mar.

Más al sur: los Cristianos, las Américas, Fañabé etc...

Arriba en la montaña: el pueblo de Vilaflor, el más alto de España.

Masca se halla majestuosa desde allí se puede ver a la isla de la Gomera que parece pender del cielo, y por casi toda la isla el padre Teide: un volcán amado por los canarios. 

El guía le había dicho que habían infinidad de senderos, algunos eran como estar en el cielo. 

Anaga, un macizo hermoso rodeado de picudas montañas, y cuando la niebla besa cada pico, envuelve todo de una capa elegante procurando que la vida alimente tanta belleza.


Dilara se había acomodado en un hotel de la parte sur de la isla.


Después de haber visto toda la isla, caminado senderos, y pueblo por pueblo, nada se le había escapado, incluyendo la laurisilva de monte de las Mercedes, se alojó en el hotel Arenas del Mar. Estuvo una semana. 

Definitivamente había sentido un gran placer y felicidad. Dispuso de una cama balinesa al lado de la piscina que más bien parecía un lago con nenúfares: manso, cristalino. 

¿Le apetece algo señora?. 

Lo pensó pero no lo dijo( las noches fueron amantes abrazados).


Un vodka con naranja, pero deje la botella por favor.


Dilara se llevó todo de aquella isla, incluso a él...







lunes, 14 de junio de 2021

La vida es algo más que esperar la muerte.

 


Y decir: la vida es algo más

que esperar la muerte.

De recuerdos se llena un baúl,

cartas, retratos, besos en papel.

Ómnibus en mi cabeza y suena,

sueño que allá en la parte de atrás,

estás y observas el paisaje, oteando

un libro...

Y no quiero que se vaya porque estás,

ahí.




A veces los lunes.

 

Y resulta que es lunes, que una se queda sentada observando a las personas: algunas suben por las escaleras, otras toman el ascensor, (es como viajar a gran velocidad, llegar primero), cada cual toma su asiento. Lo primero que hacen es tomar un café y leer la prensa. Hay días que merece la pena saber lo que ocurre o ha ocurrido, otras, no. 

Realmente a esas horas tan tempranas no hay demasiada prisa, por lo que se quedan unos veinte minutos, e incluso hay charlas: ¿Qué tal el fin de semana?, ¿Has viajado?. ¿Has practicado  cado senderismo?, y muchas preguntas más.

Cada cual responde a su modo. Algunas personas responden y explican con todo lujo de detalle. Sin embargo, otras, se limitan a contestar lo mínimo, nada más.

Pero qué día más bonito, el sol ya ha salido, y sus rayos iluminan todo. Delante de la cafetería el tráfico va en aumento, y es que todos tenemos que hacer las cosas del lunes: trabajar, ir al colegio con los niños; aquel horno de pan huele estupendo; y el café es un aroma necesario por las mañanas, y más cuando es muy temprano. Sorberlo, una delicia, despierta los sentidos, aunque algunas personas les gusta más un té con tostadas.

Y  llegó el momento en que me preguntaron: ¿ Y el fin de semana?. Bien, dije. 

Te invito a un café.


Gracias pero prefiero un té.


viernes, 11 de junio de 2021

Y de esos tristes llantos.

 

Y de esos tristes llantos,

que en lo profundo del mar

queda la ausencia de ángeles

dormidos.


Y de esos tristes llantos

en lo profundo del mar

queda el vacío, maldito vacío,

del monstruo que cercenó las alas

castigo terrenal y divino.


Y de esos tristes llantos en los 

profundo del mar queda nada,

nada por volver a vivir...


"Hasta siempre angelitos".

Los pájaros dormidos

 

No es que, como ya había quedado escrito, que Marlene nunca se le habría ocurrido dejarse ir, abandonar este mundo que le encantaba. Cada día dejaba en su diario lo que le gustaba, o no.

La experiencia de los días sucesivos, y los que habían pasado dejaba claro el amor que sentía por la vida, su vida, y la de sus amigos, y familia. Como quiera que aún en las adversidades, postulados, la ambigüedad de la realidad, normalmente daba la razón, con el cigarrillo en la boca, abanando las moscas que a veces parecían un ejercito de aviones sobrevolando sobre todo a punto de dejar caer las bombas; por lo que casi siempre asentía.


Tuvo muchos amigos: amantes, entre ellos hombres y mujeres.

Era voluptuosa en el amplio sentido de la palabra. Atrevida, intuitiva, generosa. Pero más de una vez había mostrado su otro lado: en agosto de mil novecientos diecinueve, y en defensa propia, mató a un hombre, pero no se arrepintió, no no sería así. El muy cabrón, como ya había dejado escrito en su diario, estaba a punto de asesinar a un matrimonio de avanzada edad para robarle el dinero. Se cuestionó en su momento se había bien, o no pero no pensó más y lo hizo.

Años más tarde hasta sonreía socarronamente al volver a leer la noticia en la prensa que guardaba en una de las gavetas de buró. 


Viajó por casi todo el mundo: Australia, Japón, Italia, Canarias, Argentina, etc...

Tenía en su casa un cuadro que el pintor amigo suyo, Paolo Mancini le había regalado y  que lo había titulado: Los pájaros dormidos. Pasaron un verano en Italia: inolvidable.

Un idilio en el que ambos degustaron como cuando un buen vino riega los labios y toda la piel. Se despidieron con un beso amoroso, un beso largo y cálido.


¿Le sirvo la cena?, dijo Anatolia.


Si, por favor, si, y vino, gracias, replicó.


Pero ese día en su diario sólo había dejado escrito: Los pájaros dormidos.

Con setenta años decidió desaparecer, lo hizo: se dejó ir desde su propio abismo, al fondo del barranco.


¿Quiere desayunar señora?, dijo Anatolia.


Pero nadie había, sólo Anatolia la seguía viendo.


¡Claro que si!, jajajaja... y se vistió de vida, de días amados, de pájaros dormidos....



miércoles, 9 de junio de 2021

Y si por querer quiero.

 


Y si por querer mecer-me ,

en aquel árbol . (un árbol frustrado).

como cuando se llega al Cielo.

Y si por querer quiero,

de esa estampa no poder olvidar.

Y si de mecer-me que sea

en sus brazos.

De su pecho un remanso se respira,

y yo ahí dormida percibiendo,

su perfume.


Y si por querer quiero,

que regrese la nostalgia,

esa, que a veces duerme en el infierno.

Y si es en llamas yo también quiero,

querer quiero.


Por querer tener que olvidar,

que son un montón de palomas,

que no puedo tener.



Una cesta de mimbre repleta de membrillos

 

Tal vez iría a coger membrillos con pasos acompasados. La esbeltez de su cuerpo, la pamela, las sandalias, todo eso era un complemento perfecto. La cesta de mimbre repleta de frutas, y los rayos del Sol que ya habían abrazado todo crearon un ambiente cálido.

Como quiera que a esas horas de la mañana el cielo esplendoroso de un azul intenso, sin nubes, proclamara un día más la libertad de poder ir más allá que no fuesen  los mismos lugares, (Vivir en una jaula probablemente),  haría que dejara la cesta en el suelo, y se quedara mayestática contemplando el piélago. Se habría quitado la capa para despojarse de, quizás un ancla, la ligereza se había sentido en sus hombros...

Como cuando la juventud rociaba su rostro como una lluvia fresca, y Román siempre a su lado, eso nunca lo olvidaría.

Le dijo que si. El paseo en moto había sido un descubrimiento.

De modo que fueron muchos más paseos: al bosque, al mar. Largas conversaciones hasta casi anochecer. 

No te cases nunca, le dijo Román.


Sonrió, sonrió por esas palabras, ese consejo de adolescente.


Pero qué fue del señor Armando, y de la señora Eloísa, se preguntó cuando regresaba con el cesto repleto de membrillos. Fue uno de esos momentos en qué extrañó la vida de ellos, cuando justamente ponía un pie en el primer peldaño, luego irían tres más hasta llegar al porche. 

A las personas se les extraña, y mucho, sobre todo cuando son excelentes vecinos, cuando comparten algo más que una charla. Meriendas, cenas, paseos por la gran avenida de impresionantes palmeras, que por Navidad parecen luciérnagas. 

Las visitas en la casa de cada cual. Incluso viajar juntos. 

Claro que los echaba de menos. Ahí estaba, sentada en uno de los bancos, con el abanico en las manos. Sobre la mesita una jarra con zumo de limón.

Incluso echaba de menos aquellas fiestas de disfraces: las risas, las copas.

Estuvo una hora, sentada, pensando, incluso durmió un rato, un sueño de esos que no son profundos porque podía escuchar a los pinzones azules, a los gatos, y algún chiquillo que lloraba porque no le daban sus golosinas preferidas. Ese modo de dormir es dejarse abandonar en brazos de alguien.


¿Quieres ir más lejos?, dijo Román.


Claro, hasta el cielo! hasta donde tú quieras primo!. 




martes, 8 de junio de 2021

Se me olvidó el chocolate de tus dedos recorrer mi piel.

 

Al pasar el tiempo en esta tarde tranquila que a lo lejos se divisa la gran montaña, un volcán descarado, altivo, hermoso, he querido escribirte una carta, esta carta que reposa en el buró, como cuando los besos se incendiaban para luego dormir en nuestros labios. He querido hablarte, si, hablarte de esta manera y llenar el folio de pespuntes, de esos que parecen hilos perfectamente hilvanados, he querido incluso mejorar la letra, y que ninguna palabra para ti se salga de ningún renglón. Todo perfecto, inmaculado, como cuando se ve el ave circundar el cielo, mi cielo, tu cielo.


Si supieras que cuando nos despedimos dijiste que habías perdido tu reloj de pulsera, pero que ya habías comprado otro, pues fui yo aquella mañana calurosa ,cuando ambos dejamos la habitación. Momentos antes lo había cogido, y guardado en mi bolso, ahora lo tengo justo al lado mientras te hablo con letras e imagino tu sonrisa tus manos, todo tú. Late igual que tu corazón: acompasado, delicadamente tú.


Nunca más supimos el uno del otro, pero el recuerdo se hace un jardín de magnolias, un lago cristalino, el devenir de aquellos días calurosos como el de esta tarde que perpetúa si cabe aún más lo que se quedó. Se quedó un propósito.

Quedaron aquellas noches de sosiego al dormir abrazados, exhaustos al no dejar ni un milímetro de nuestra piel sin acariciar, sin besar, sin beber. No hubo lágrimas al despedirnos, no hizo falta, solo bastaba con habernos tenido unos días que fue una vida entera: dicen que en el cielo una vida entera es un pestañeo, ay, pero que me estoy poniendo romántica, y pienso que sigo siendo aquella joven de ayer. Esta tarde soy la muchacha descalza soy un pozo de ilusiones, y al pensarte te vienes, te vienes derrochando ese perfume que me atrajo: el de tus ojos mirándome, tus zapatos tan limpios y tu pelo perfectamente peinado, ¿Qué pensabas, que yo no había reparado en ti?.



El espejo de enfrente me devuelve a la realidad, pero qué importa eso ahora. Igual estarás tú pintado de canas el cabello, pero con la misma sonrisa perturbadora de entonces. No sabes cuantas veces he dibujado tus labios al pensarte, al pasear por puente de madera que crujía de los miles de pasos de transeúntes. 

Dicen que se a apolillado, pero aún sostiene las prisas o las pausa de quienes lo transitan, a mi me sigue gustando porque debajo fluye el río que fuimos amándonos cada día.



Me pregunto qué será de tus días, probablemente seas feliz, igual que yo. Tendrás una familia que te quiere, igual que yo. 

Después de todo tenía que ser de esa manera.


Por aquel entonces el ruido éramos los dos. El viento y la lluvia éramos los dos.

Los trenes éramos solo tú y yo abrazados en el vaivén y al despertar una estación, una vía donde no había nadie, solo el rastro de nuestros pasos en el andén.


Tengo un café humeante justo al lado de tu reloj, lo dejo adrede por ver cómo se extingue el calor que desprende, el olor, el reguero de partículas aromatizando la habitación. Es tan confortable tenerte aquí, a mi lado, en mis letras, en tu reloj; en el café que tomábamos mientras reíamos, sorbo a sorbo, como cuando tumbados en el colchón al paladear la esencia de dos: arribándonos en el mismo puerto, el de dos cuerpos temblorosos con el sudor en la frente de amarnos.


Gratamente volví contigo en cada renglón y tú conmigo hasta el final del papel. Sería injusto dejar de darte la mano, que te alejes y te pierdas detrás de aquel horizonte. No lo voy a permitir. Sería una traición de verbos conjugados en el candor de la hierba, y tu nombre, porque todo fue a propósito de todo.


Con las prisas de hoy en día se me había olvidado tenerte también con aquel vino rojo: verte con los ojos brillantes de juventud. Se me olvidó el chocolate de tus dedos recorrer mi piel.


Quizás ni llegues a leer mis letras, pero fíjate que esta tarde se me antojó volverte a ver...




Te recuerdo ahí sentada en la infancia cuando me miro al espejo.

 



Te recuerdo sentada en la infancia,

bebiendo agua de la tajea.

Te recuerdo sentada en la infancia,

perpleja, descubriendo el mundo.

Ese olor que no se desprende de 

mi memoria: tierra mojada; mullacas,

jazmines. Y aquella higuera repleta 

de frutos y debajo una planta de hojas

lanceoladas. Cuando la lluvia caía se 

quedaban a vivir en ellas, miles de gotas

redondas, y tomaban el mismo color.


Te recuerdo sentada en la infancia,

al borde de la piedras que lindan,

donde los tizones, y los pies de niña

descalzos.


Pero aún me duele la piel quemada,

y me duele la ausencia de respuestas.

Cada lágrima por un castigo se bebía,

como un trago de resignación.


Te recuerdo ahí por prados verdes,

cañas de azúcar.

Los niños no saben de hoy, ni de mañana.

Román fue mi primo robado por la vida,

Las meriendas, los paseos. ( y apenas en la adolescencia: un viaje en moto). 


Te recuerdo ahí sentada en la infancia,

cuando me miro al espejo.

Hoy sigo llevando a mi niña,

por siempre.

Una jauría de sueños,

hicieron que lo que siento en estos 

momentos se olvide: prohibido.


Es irresistible el aroma que desprende,

y llega, y vuelvo a desear- te.

Pero no, no es posible lo que nunca

pudo ser...








viernes, 4 de junio de 2021

Ya es tarde y no puedo volver.




 Y sigo bogando por entre manglares,

y pagaré a Caronte, (una moneda de plata).

Pero no sé qué hago aquí en esta selva

enmarañada de insultos. Todo se vende,

todo se compra.


Ya es tarde no puedo volver,

a las jugadas del destino.

El tiempo pasó su cruel factura,

cuando creí que era la misma,

no lo fue. Soy otra piel, mil veces se ha mudado.


Y sigo bogando por entre manglares,

por ver si entre aguas tú,

tu bello rostro, tu boca. Unos ojos que 

embrujan. 

Yo no puedo volver, no puedo....



La caída de las hojas en otoño.



Se preguntó porqué desde primera hora de la mañana ya había bullicio en la ciudad, en las calles y callejones, en las casas; en los mercados. Allá una ambulancia atravesando el puente a toda velocidad, las madres y los padres con los niños de la mano cruzando la vía para ir al colegio. 

Los vendedores en el mercado con su mercancía preparada, alzando la mano para atraer. La lonja repleta de los brillantes lomos de los peces.

Hermenegilda se colocaba el mandil, y un gorro blanco, estaría contenta porque el puesto del que era dueña tenía mucha variedad de alimentos: quesos, verduras, frutas, dátiles, membrillos. Varias clases de embutidos. También ofrecía comida peruana: ceviche, causa rellena; lomo saltado, anticuchos, ají de gallina entre otros. 

En la lonja regateaban por el pescado, un atronadora puja por llevarse la mejor mercancía. Fuera, las gaviotas revolotean porque es hora del desayuno. El sol se despliega alumbrado grandiosamente todo. Como si brotase una gran fuente cristalina de perlas irisadas.

Pero se siguió  preguntando lo mismo. ¿Por Qué tanto estruendo?.

 

Sus hojas caían delicadamente, hojas ocres, amplias. Era la hora de volver a la tierra. Pero era un magnífico árbol, de esos que ya no se encuentran, (maldita tala), pensó. Mientras tanto se recreó en ellas, las hojas que reposaban en un manto cálido, cómodo, perpetuo...

 



jueves, 3 de junio de 2021

Eleonora siempre llegó tarde a cualquier lugar.

 

Una lágrima resbaló por las mejillas, y bordeó la nariz para acabar en el arco  de Cupido; se hizo un lienzo repleto de lágrimas, destellos que parecían los dedos del Sol cuando avanzan hasta traspasar los cristales de cualquier ventana, o buhardilla. Leonora era muy sensible, y eso pasó cuando una noche en compañía de Guzmán vieron una película romántica.

Eleonora siempre llegó tarde a cualquier lugar. Una mujer despistada y distraída, aunque muy inteligente, y persuasiva. Tenía un vestidor que era la envidia de cualquiera que estuviese en su casa, y se adentraran con sus rostros de sorpresa, sin nada que decir, solo enmudecer. 

Ella era quien le hacía un guiño a la vida y no al revés. Vivió la noche como si cada día fuese el último, transgresora, pero al mismo tiempo mimosa, y sensual. Tuvo muchos amantes. Disfrutaba de ellos en la arena negra de la playa en la madrugada al salir del Rik. Casi siempre ebria porque era el único modo de poder soportar un mundo que no entendía, un mundo que no era para ella. 


¿Sabes si tiene familia?.


No, no tiene familia ni amigos, dijo alguien.


Pero mira qué bonita se le ve, parece dormida, volvió a decir.


¿Crees eso?


Claro que si, ¿es que no la ves?.


Ahí con su preciosa melena castaña, sus labios, sus manos tan blancas, y delicadas. 

 ¿Me traes el tul por favor?


Si, claro.


Es que le voy a cubrir su bello rostro.


¿Y porqué?


Coño, mira que haces preguntas.


Es por verla inmaculada.


Murmullo: si claro, inmaculada. La hija de perra que me robó a mi hombre...




miércoles, 2 de junio de 2021

Del Cairo a Londres.

 


Y formuló la pregunta a aquel nosequé quien Matilde halagaba tantísimo. Una pregunta directa y bien pensada, tanto que tuvo que pensarlo un rato. 

Probablemente llueva o eso al menos han dicho, le dijo; porque acto seguido vendría la pregunta. 

¿Es cierto que usted es amigo de Halim?.

El bigote de aquel nosequé se levantó en armas, como si de una guerra se tratase.


Señora mía ha acertado usted, si soy amigo de Halim, y muy buen amigo, señora mía, alzando el dedo en jirones. Llevaba una chaqueta verde oliva, unos pantalones de franela ocre, y unos zapatos muy elegantes, y caros.


Del Cairo a Londres. Halim vivía en Londres desde hacía mucho tiempo, no había perdido las costumbres de su tierra, pero se había integrado muy bien en el mundo occidental.

Tanto que hablaba en inglés perfectamente, y adoraba a los Beatles, y comer pizza, y café caliente todas las mañanas.

Incluso había sido funcionario público, pero cuando se jubiló se dedicó a lo que más le gustaba: pintar cuadros, captar paisajes, ríos, incluso una vez pudo plasmar en un lienzo la cantidad de lágrimas que una mujer derramó por quíen sabe qué, fueron tantas que Halim hizo que se llenara el lienzo de ellas, como una gran mariposa batiendo sus alas.

Matilde ofreció bebidas, y algo de comida. El ambiente era muy agradable. No llovió.


Y se quedó insatisfecha, porque quería saber más de Halim.

Más cuando pudo ver que llevaba una una Glock, que limpiaba con un paño delicado.

Matilde la miró y le hizo unas señas (que guardara silencio).

Y no llovió, nunca.






 

Y desde esta mi calma.

 


Y desde esta mi calma

pretendo que al dejar de serlo,

sea pues un terremoto que deje

huella.


Y desde esta mi calma

gritar alto lo que deseo,

girasoles en mi almohada,

y el olor de su piel a mi lado.


Que no sea más que un sueño

cuando despierte

porque volveré loca el alma,

allí en el olvido.




De girar en el viento la gaviota,

por querer beber del piélago.

Es como yo que desea de su boca,

ese beso imposible.








viernes, 28 de mayo de 2021

Lo malo fue que hubo por entonces una guerra

 Por aquellos días el viento soplaba tan fuerte que las sábanas habían sido arrancadas de cuajo de la cuerda de esparto; se habían perdido por entre los huertos de trigo, algunas, habían quedado prendidas a ellos, como si hubiesen deseado eso, abrazar la gran espiga y quedarse ahí  para siempre. Antonio tenía un padre, una madre y ocho hermanos, todos habían venido al mundo bendecidos por el amor de aquella pareja de jóvenes que acordaron vivir para siempre juntos, en lo bueno, y en lo malo…



Lo malo fue que hubo por entonces una guerra, tan cruel como todas las guerras; de modo que la vida se hacía muy difícil de vivir. Había  por entonces muchas  carencias y los piececitos de los niños empezaban a quedar al descubierto, cuando acudían a la escuela por el camino a la Cuesta, y, los abrigos empezaban a escasear en sus menudos cuerpecitos y el viento que se empeñaba en soplar casi todos los días durante mucho tiempo bamboleándolos de un lado al otro de los cañaverales. Lo más que deseaban los chiquillos era tener unas nuevas alpargatas, y en la  misa de las diez y cuando entraban en el templo de Dios y se sentaban juntitos, y cuando el saludo, y el salmo de entrada del sacerdote y de los monaguillos,  pidiendo todos juntos el perdón por los pecados, con sus manitas juntas y bien apretadas, los hermanos ruegan al Señor un buen par de alpargatas nuevas. ¡Ah los niños en su mundo, los sueños son solo suyos!, dijo la madre mirando al padre…



Un muerto en mi espalda



Llevo puesto un muerto

en mi espalda,

Ay, que pena me da el 

muertecito.

Y que a estas alturas

no sepa cómo soy,

lo que no me gusta

y lo que me agrada.

Pero ay, señor qué pena, penita

me da el muertecito,

Y se pone guapo cada día

para que yo lo vea,

y lo sienta

A veces oigo cómo llora

llora penas, penas y penitas.

Si él supiera cómo soy,

lo que no me gusta y lo que sí.


Te llevo años en mi espalda,

ni pesas ni nada.

Muertecito de mi corazón

Si es que hasta te quiero,

te adoro. 


Loca soy de remate,

ando descalza

con el rostro manchado,

de todo. 

De tugurios mi cuerpo supo,

de amores, de penas, 

y adioses.

Hasta en la playa

borracha te dije: te deseo.

Muertecito mío yo quiero,

que esperes

pa cuando yo llegue.



 



 

Y si fue una promesa olvidada.



Y si fue una promesa olvidada,

qué más da. 

Cuando nunca fue promesa,

solo inquietud, pasión, sexo.

Hoy recorro las baldosas del

mercado por ver si en aquella

esquina aún te vienes

en cualquier olor, sonido, pasos.


Y si fue una promesa olvidada

qué más da, si ya sabía que

nada fue, pero fue un regalo

una dádiva. Llevo lluvia en mis ojos.







Roque de Agando (La Degollada)

 

Habrían unas cuatro casitas dispersas. Las ventanas y puertas de un verde lechuga. El sauce, explayado acogía a todo el que quisiera acomodarse bajo sus ramas. 

Secundino Acosta, el maestro, daba las clases a los muchachos debajo del árbol. Era una clase, que hoy en día sería virtual, pero en aquel tiempo los olores, la brisa, se percibían de modo natural. Secundino Acosta les hablaba un poco de todo: de la historia de la isla, de los corsarios, de Hautacuperche el guerrero aborigen gomero: las batallas por defender la tierra ocupada por los conquistadores.

No faltaban clases de matemáticas, literatura. Todo lo que Secundino Acosta sabría lo transmitía a aquellos chiquillos que acudían como los pajarillos, en bandadas. A mitad de mañana un zurrón lleno de gofio y leche para todos.

Así pasaron aquellos días, que luego se convirtieron en años.


Secundino Acosta era de Tenerife, pero su voluntad fue que al llegar su muerte quedara en aquella tierra de guarapos, debajo del Roque de Agando, en el barranco de Benchijigua.


¿Sólo un padrenuestro?.


Si, ya saben que Secundino Acosta nunca quiso más de una cosa...

jueves, 27 de mayo de 2021

Conclusiones de cómo veo la vida, o quizás estoy loca.

 


Sigo enemistada con la vida,

no veo más que inmundicia.

En los mercados. En las calles,

Tuve que mirarme al espejo

por ver si era realmente yo.

No, no quiero esto, no puedo,

no puedo seguir fingiendo que

me gusta...

Dijeron que era el mío un caso

raro. ¿Qué es raro?.

Hace tiempo se cruzó en mi vida

un precioso aliento, 

un beso largo,muy largo.

Un querer dejar que aquello

fuese verdad.

Pero no. No pasó. 

Yo no puedo seguir fingiendo

la enemistad con la vida...

De modo que me escondo,

en cualquier retama.

Abandonada a la suerte 

que deseo...


No se puede subestimar los sueños.

 

En realidad lo que había experimentado fue un sueño, aunque en esos momentos pensó que era real: las codornices picoteando en el manto de tierra y matas, y los pájaros en las ramas.

Pero se hallaba sumergida en un apacible lago. Era agua, todo.

Avanzó lentamente, podía respirar. Y por un rato nadó  en aquellas aguas cristalinas, juncos alrededor, ranas.

Llevaba el vestido de seda, el mismo que tenía en la fiesta de su cumpleaños. La melena se dejaba mecer, desplegada como un abanico; no tenía frío, era un entorno agradable, cálido, como cuando albergó en vientre materno. La ausencia de sonidos invitaba a quedarse allí para siempre. Siquiera había advertido el tiempo que estuvo, porque en realidad no había tiempo.

Mientras tanto en la casa seguían de celebración.


Vamos Lucía ahora a soplar las velas y pedir un deseo, dijo Morrison Acosta.

Pero Lucía no estaba.

Los globos llegaron al techo, los confetis alfombraron el suelo.

Los aplausos se postergaron.

La tarta de merengue era un farolillo que alumbraba la sala.

¿Han visto a Lucía?, volvió a decir Morrison Acosta.

Pero ella nunca volvió. 


 


miércoles, 26 de mayo de 2021

Una noche de sueños.

 


Hay bancales de peces allá no muy lejos. Están felices porque sus lomos son plateados brillan mucho, dijo. Brillan tanto que parecen rayos de sol, volvió a decir.


Aun estamos en el desayuno, y el café con leche, y las tostadas y la mermelada, y aquel cesto de fresas debe estar delicioso, murmuró alguien. Y debía de estarlo, porque parecían esmeraldas, un pequeño cesto de mimbre lleno de esmeraldas, solo habrían de observar un momento y serían piedras preciosas. Sucede como la vida, que si una se detiene un rato, surgen miles y miles de imágenes, como cuando el humo se libera de las chimeneas y hace jirones a su antojo. A veces, estos, llegan al cielo, o se quedan en cualquier nube gorda. 

Estoy segura que muchas virutas de esas se depositan en alguna estrella, dijo Berta. Ciro rió, mientras se limpiaba los churretes de la mermelada, pero luego carcajeó. 

Berta salió al patio, se había molestado algo, si, por la reacción de Ciro, en cuanto a su teoría. Pero inmediatamente olvidó eso. 

Una rana inmensa croaba a esas horas, un nenúfar había sido usado en la noche para dormir, por alguien que no era precisamente un anfibio. Siquiera por algún insecto. El caso es que alguien diminuto había dormido plácidamente toda la noche, mientras escuchaba a Chopin.  Y es que las personas que duermen en nenúfares son tan bellas, quizás sean duendes, o hadas. El caso es que aquel nenúfar había acogido calidamente al misterioso huésped. 

Berta imaginó que los duendes y las hadas saldrían por las noches, y algunos también se cansaban, como les pasa a las personas. Por eso sería un duende o un hada. El caso es que Berta también sabía que no hacen demasiado ruido.  Ellos pasan, y casi ni se les escucha, caminan sigilosamente, y son muy como de azúcar, como terrones de dulce azúcar. O, quizás son como cuando una lluvia fina y limpia cae pausada sobre las baldosas de aquella calle, donde el colegio de los niños. 

Pero el mar y el cielo casi se unieron, porque Berta lo quiso así.

Mientras, los demás seguían con el desayuno en aquella mesa redonda y con un mantel multicolor.


Y entre la fina línea del horizonte surgió un tiovivo. Qué grandioso, dijo. Sería algo que solamente sucedería cada doscientos años, y tuvo la inmensa suerte de poder contemplar semejante belleza de la naturaleza…

Se alzó de puntillas para ver mejor. Se retiró el pelo de los ojos. 

Un tren de amarillo, una ballena azul que la miró a los ojos y  guiñó uno de ellos: Hola, soy yo, soy real, soy tu ballena azul. De pronto el tren de amarillo comenzó a dar vueltas alrededor de la ballena azul, algunas olas tuvieron que apartarse… Era una fiesta!

Berta se alzó tanto de puntillas que creció desmesuradamente. 

¡Ah! Qué emotivo, dijo. Ahora puedo ver muchos bergantines con sus velas al viento, libres. Ahora veo a los niños de la tierra. A tantos y tantos niños que, me cuesta contarlos, porque además de todo, aún soy pequeña y no llego a cien, de contar quiero decir.

Berta se había desaparecido, el tiempo se detuvo para ella, pero tuvo tanta, tanta suerte. Y es que contemplar la vida de tan chiquita y ver un tiovivo justo en la franja del horizonte y una ballena azul que le guiñaba un ojo. Y muchas cosas más, fueron como traspasar la línea de lo que solemos definir como real: Un parterre, el Olimpo. El cielo infinito. La música de Chopin suena esta noche, y yo paso página y mis dedos me llevan donde quieren, están posados sobre el teclado, juegan a escribir historias, cuentos. Sobre todo cuando pienso que no muy lejos se hallan unos hombres buenos, tranquilos, felices, y bendecidos por un universo, de corcheas y semicorcheas, fusas, semifusas, redondas y negras, y blancas.







Despedida en una carta.



Ese constante querer

que no se apague el fuego

pero se ha ido, solo cenizas.

Alguien arrojó una fuente,

por no seguir el tormento

de las llamas,(ardiendo en el pecho).


Ese constante querer

por mantener algo que no hubo

pero se ha ido, solo cenizas.


Yo arrojé una fuente

por no seguir el tormento.

Despido mis versos 

que son enjambres que duelen,

como embestidas de abejas y

me despido en una carta

quién sabe si llegará 

a su destino

El mio ya está escrito.



"Dijo para siempre".


"Si, para siempre".





 

martes, 25 de mayo de 2021

De las puras curiosidades.

 


Como sea que  en el amplio jardín ya refrescaba, como sea que algunas señoras se habían olvidado del echarpe, como sea que Álvarez Amado Pargo, ya iba por la tercera copa, y todo lo demás le importaba bien poco, allí en ese iluminado jardín se explayaban los dedos ocres de la tarde. 

Álvarez Amado Pargo el hombre de negocios con un bigote que se alargaba más allá del borde de los labios para caer hasta casi el cuello, y Eleonora Díaz, empezaron su larga conversación, pero las dos señoras, que casualmente eran las que no llevaron el echarpe, fingían que les agradaba la cantidad de flores que vestía en esplendoroso jardín: petunias, jazmines, violetas, claveles, rosas...

Pero en realidad tenían sus orejas bien puestas para escuchar lo que Álvarez Amado Pargo, y Eleonora Díaz  entablaban la conversación tan animadamente.

Siquiera advirtieron que la temperatura ya entrada la tarde y casi de noche, las había dejado con los labios morados, y la piel de gallina. La curiosidad pudo más. Al día siguiente fueron ingresadas en la clínica Augusto Rey por una neumonía. 

 

Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...