Aplausos


Nada más alentador que un aplauso. Pero cuando se repiten por compromiso la vanidad de aquell@s que los reciben se convierte en un monstruo devastador.


María Gladys Estévez.

lunes, 20 de septiembre de 2021

Mi muy querido ardiente.

 

Mi muy querido 

ardiente

lava

cubre mi cuerpo

todo el tiempo

me abrazas 

me sacudes

como si 

quisieras

quedarte

conmigo.

Pasear entre las páginas de un libro.

 

Pasear entre las páginas de un libro, un libro de cuentos: caminos aquí y allá.

Entre caramelos de café se había envuelto, como cuando una mano hubiera acariciado.

Ahora una hermosa higuera, ahora un tornado de estorninos. Una nube gandula sonríe.

A la izquierda juegan unos niños, cada uno con su cometa, la brisa es propicia.

Un ejército de hormigas desfila en el borde filoso, quizás algún trozo de pan de la merienda, quizás, entre líneas, e imágenes fosforescentes. ¡Qué revuelo!

Chocolates, duraznos, fresas, en aquella otra esquina ¡Qué bonito!

Aquí es donde se pliega el papel : un castillo azul, un puente, malvaviscos,¡ esponjita!

Arboledas. Un río pequeño que fluye, con sus peces y todo,¡ si hasta parecen de verdad!

Huele a cotufas. Un mastín ríe a carcajadas. Un búho duerme. Aquella carpa habla mientras recorre las aguas, algo sabrá, algo querrá decir.

Hay dos percheros. Son de la ropa de la bruja, es muy ordenada. La escoba, justo allí, en la parte derecha de una página, la siguiente página. ¿Cencerros?, si, lo llevan aquellos corderos, pero el perro guardián les ha desprovisto de ellos, porque los corderos deben ser libres, muy libres.

¿Falta una página? Si pero mañana, ahora sale la luna. Hay una luna grande.







Cuando ruge el volcán.

 


Está la montaña

rugiendo

como garras de  bestia.


Asoma ardiente la lava

a torrentes libera lo que 

la tierra desea.

Se apartan los pájaros,

lo pinos lloran.

Está la montaña

rugiendo.

Nada y nadie 

ha de detener

lo que la naturaleza es.


Asoma ardiente la lava

el ardiente cielo, 

mar ardiente.





viernes, 17 de septiembre de 2021

Hay un lugar inhóspito donde crece la lluvia y crecen los besos.


Hay un lugar inhóspito

donde crece la lluvia

y crecen los besos


Hay un cercado de amapolas

que embriagan, como estar contigo.


Hay mil suspiros ondeando al viento

como las cometas.

Hay infinidad de delfines 

que sonríen.


Hay un lugar secreto.

Donde la felicidad crece

en cada rama.


Hoy siento que algo ha 

merecido la pena...


 

Sony nació un veintidós de julio de mil novecientos doce.

 


Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, ahora iría pegada a su espalda, y el sentimiento que eso provocaba, era subyugante, un castigo desde que vino a este mundo…

Sony nació un veintidós de julio de mil novecientos doce. Cuando en aquel pueblo siquiera había algo de especial. Eso sí, un verde prado lleno de ovejas, algunas de ellas, viejas y cansadas, como sus dueños, que dormían justo al lado de ellas, en un establo, porque aquella casa, era un establo.


Sony se había criado como todos los niños, con una infancia normal, dentro de lo que se puede llamar normal; pero el sometimiento que imponían los terratenientes a los lugareños era descomunal, porque estos, se partían el lomo cada día, en esas tierras. Pero la suerte de Sony, fue malograda el día en que Malsis nació, si ese mismo día, porque a los pocos meses se había convertido en una rémora para ella.

Al principio a Sony le gustaba, porque era una chica compasiva, y sentía lástima de Malsis al verlo tan desprotegido, tan solo. Comenzó entonces la unión entre los dos, una unión perfecta, risas, salidas a merendar. Ir al prado verde y quedarse ahí toda la tarde.


Pero un día Sony se había llenado de pupas, unas pupas horribles en todo su cuerpo. La rémora era la causa de ello. Ya no podría apártalo de ella, ya no tenía fuerzas y sobre todo se sentía humillada y muy vieja. Pero ya sería demasiado tarde...




Amar, desear.


Ausencia

Besos

Corazón

Deseo

Paz

Inquietud

Benevolencia 

Aspiración

Armonía

Artimañas

Revolución

Catástrofe

Hondo

Espejo

Mimos

Yelmo

Regalar

Obtener

Amar

Desear

Prosperidad

Sol

Luna

Estrellas

Nubes

Cielo

Bruma

Algodón

Caricias

Revolcón

Aplausos



 

jueves, 16 de septiembre de 2021

¿Y si nos paramos un rato y pensamos algo?

 

Que si la fiesta hindú de los colores en Adeje, Tenerife, que si el tiempo que a veces parece machacar nuestros pulmones con ese desagradable siroco del desierto, esa tierra en suspensión, tan amarilla como el Sol, pero que tan mal nos viene, sobre todo a los que ya tenemos afectados los bronquios, o diversas alergias, que ya que hablo de ellas, ya hace bastante tiempo se vienen multiplicando. ¿Cambio climático? Pues la verdad si les digo no tengo ni idea, lo que está claro es que a veces se advienen tiempos non gratos. El caso es que la vida siempre sigue, quiero decir, que el tiempo y la vida...

Las noticias se suceden y se multiplican por mil, porque la vida es noticia pienso yo, la vida siempre ha sido noticia. Hoy en día una se entera de casi todo en el mismo día. He dicho casi todo, claro está. Porque ya se sabe que las cosas que no se quieren que se sepa,no se sabrán jamás, a no ser que alguien le de por hablar de más, o de menos.

Por poner un ejemplo: ¿Quién sabe si en verdad los extraterrestres conviven con nosotros?, según rumores se piensa que si, o por ejemplo: A cierta profundidad y debajo de la Tierra se hacen los experimentos más raros e insospechados de toda la humanidad, que si una raza nueva, que si un nuevo territorio por si viene un gran meteorito .

El caso es que a diario todo se sucede, son como las ondas de los sonidos que se explayan a cualquier lugar, en cualquier momento.

Así supongo que es la vida por fuera, por dentro ya es harina de otro costal. Ahh la vida por dentro, llena de autopistas cargadas de una sangre preciosa, neuronas, conexiones a esto y aquello; pero lo que más me gusta es el corazón: Se le atribuye que es el que conecta con el alma, bueno , así quiero pensarlo yo. Ese gran misterio que no se ve, pero que se escucha, basta detenerse un rato y en silencio, y es tan grande el que habita que llevamos dentro que me emociona pensarlo…

No quiero terminar sin antes comunicarles yo también algo, en este caso es la tradición de unas fiestas famosas aquí en Tenerife, en la comarca de Güímar. época de Carnavales se celebra en dicha comarca junto con el tradicional entierro de la sardina, una fiesta también pagana, que se llama El Carnaval del demonio. : Brujas, fantasmas .. se echan a la calle corriendo de aquí para allá desafiando a los presentes. Ya se sabe que las leyendas alimentan muchas historias, y como los humanos amén de sufrir y trabajar, y en la cotidianidad de los días, también nos gusta la diversión, dos o tres noches de risas, de correrías,etc..

¿Y me pregunto yo, qué hay de malo olvidarse por unas horas de las penurias, verdad?

Sea como fuere viva la vida, no? O no? Bueno ahí lo dejo…





Hubiera desaparecido de la faz de laTierra.

 



Quizás fue cobarde, porque en ese mismo momento hubiera desaparecido de la faz de la Tierra.

Trató de abalanzarse y dejarse caer, pero la hondura de aquel barranco era vertiginosa, y volvió sobre sus pasos, temblorosa, y hasta algo cohibida. La noche anterior lo había planeado todo, incluso la vestimenta que llevaría; pero era humana, si, y le sobrepuso el pánico, pánico ante las ganas de irse de este mundo…

Dos meses atrás había intentado quitarse la piel con la punta de un abrecartas, pero solo atino a despellejar tres dedos de la mano derecha, el dolor fue insoportable, más aún que tener que arrodillarse en la iglesia y arrastrarse hasta llegar al altar, donde un Jesús cansado le esperaba, para perdonarla, pero en vez de eso, se compadeció de ella. Verla en ese estado era una verdadera lástima: Penando por el pasillo, llorando por los días caóticos, con sus manos juntas y con un rosario que llegaba al suelo, con un crucifijo desgastado. Las personas se perdonan solas, dijo aquella señora en el último banco, estaba con un trapo dándole lustre a los asientos, si, volvió a decir, luego desapareció por entre los balaustres…

De modo que se puso contenta cuando de nuevo la piel creció envolviendo los tres dedos.

Pero la idea de irse no se le quitaba de la cabeza, aún con la invitación de unos amigos para pasar el día en un cerro de tantos que hay en Australia. Pero un cerro con una casa enorme, con un parterre lleno de Zarzos Dorados. Una noche, y otra y otra, con la luz de un luna gigante y el humo de las pipas alzándose al cielo, y las charlas de estos y aquellos, y el vestido de ella, elegante. El té rojo en la taza y la sonrisa de todos y el bienestar, y también los sueños. Pero nada de eso habría de interesarle. Siquiera contemplar desde el cerro, las vistas gloriosas…


Fracasaría siempre, pensó, fracasaría el querer irse. El dolor y el miedo, el dolor y el miedo siempre iban a impedir eso, salir del mundo, despedida como una gran bala. De modo que una idea le rondó por la cabeza, una idea que le gustó: a medianoche de esa noche de fiestas en el patio de la casa, salió con lo puesto y se dirigió apresurada donde los dingos. Allí consiguió irse para siempre, porque olía estupendamente, y su piel y huesos tan apetitosos...


De los días de los milagros

 


Me pareció un niño el primer día que lo vi, pero no lo era. Su rostro era pura bondad, sus rasgos suaves, delicados, con uno ojos que parecían caídos del cielo. No tenía edad por más que lo miré, no tenía edad. Una muleta le daba la seguridad suficiente para dar un paso, y luego, otro, y otro…

Pero no puedo olvidar su rostro. Una mueca graciosa en sus labios parecía dar la bienvenida al nuevo amanecer, tomó café. Despacito, sorbo a sorbo. Me incliné a mirarlo, porque el aleteo de manos de las compañeras impedían poder ver tamaña hermosura. Lo miré abstraída, perpleja; admiré su espalda, sus piernas, su cojera, su modo de sorber, siquiera oteaba alrededor. Sentado, callado, con la paz que muchos necesitamos. ¿De dónde venía? ¿Porqué esa resignación tan bonita?, la serena quietud de su cuerpo hacía que surgiera un cerco luminoso a su alrededor, brillante como una gran estrella.

La mañana alborotada el café repleto de personas hablando esto y aquello, ¡ah pero la bondad de él, su admirada presencia por mi parte!.

La ignorancia de los demás me gustó, porque ese hombre era un lienzo expuesto, ahí, para contemplar una belleza indescriptible, y yo fui la afortunada, si, fui eso y más, porque pude ver bien sus colores, cada pincelada; pude conocerlo; ahora giraría a un lado, ahora hacia el otro, era como un resplandor aquel lienzo. Un mar dentro llevaba, un océano repleto de peces brillantes… ¡oh … si, qué sueño, qué privilegio el mío!. Cada paso, cada gesto, cada sorbo, todo era confortable, como cuando una llega a casa, y se deja caer y se duerme, profundamente; un sueño, si, un sueño vertiginoso poder admirar a alguien que cae del cielo invisible a los demás...


Es la vida un prado donde nos han cultivado.

 

Es la vida un prado

donde nos han cultivado.

Somos las semillas que han sembrado,

aquí y allá.

Y va pasando el tiempo

que nada ha de perder,

y un día sin saber porqué

hemos germinado.

Nadie preguntó si el espíritu

que somos quería.

Y pasaron meses. (protegidos).

Sin saber qué era una flor, o un mar.

Y  nuestros pies los primeros

pasos dieron. 

Un día nos miramos al espejo,

y supimos de qué piel nos habían

envuelto.

Provistos de cabello, ojos, boca...

Y un día sin saber porqué

aquella envoltura como el papel 

se arrugó...

Y llegó otro día en que el corazón

del que nos proveyeron 

dejó de latir.

Y la paz inundó todo nuestro ser

y una luz besó nuestras manos.

A veces dijo alguien

nos cultivan

para vivir

en este mundo

por un tiempo. (tiempo que no existe)

A veces hacemos daño

otras no.

Somos demonios, somos ángeles.

Y no sabemos porqué.


Pero es una felicidad tan grande

volver, volver.

sin tener que mirarnos al espejo.

Sólo el silencio y una paz que 

inunda nuestro espíritu.







miércoles, 15 de septiembre de 2021

De los placeres

 



Sentirse abrazada con un cruce de miradas, resplandece el sol. Supura el deseo…

Jazmines en los tobillos, el velo se desprende y cae a la Baluch roja, el cuerpo se contonea, son las ondas de arena del desierto, son pechos dorados que ahora se besan con la suavidad del mejor de los afeites, se desliza la lengua zigzagueando y rodea la areola bronce, un gesto, placer, la alcazaba se cubre del gris plateado de la tarde, rezuman los cuerpos, gota, a gota, el abrasador deseo, brillan los muslos, delicada piel, el roce de las manos de él hasta llegar a la fronda del helecho, huele a azahar. Se agita el cuerpo tendido, vuelve un beso al ombligo donde reposarán las gotas de él, como un oloroso perfume. El rags baladi comienza, la pelvis es una serpiente que vibra, acercando aún más los labios, la lengua, susurros, pliegues de piel encontradas y acariciadas, un devenir de dos.

El recreo de sus juegos se ralentizó, palmo, a palmo, un gemido se escapa de ella, otro beso, y otro, y otro, Shhhhhhhh... con la palma de la mano cubre los labios sedosos, sigue la celestial danza, ahora suspiros, ahora gemidos, ambos cuerpos agonizan, se cruzan las piernas, el sudor es la saliva de ambos, cimbrea el ombligo, ese poso de virtudes. Es arrollada, embiste él, y se deja, se deja y aprieta, ya están unidos, se aviva el fuego, los brazos embellecidos de brazaletes se tienden en cruz, y vuelven para rodear el meloso placer de él, embiste, embiste y ella agoniza con él dentro, ahora rasga la baluch sus manos no pueden estar quietas, y no quiere, no quiere. Atenazados, amordazados, llega el clímax, se unen los labios se regalan los placeres, las lenguas, y otro clímax…



Texto reeditado.

El transcurrir de las cosas y causas.

 

El reloj de la iglesia, el parque, aquella tienda que lleva más de un siglo en pié con una fachada inmaculada como el primer día. Mariposas que van y vienen, ahora se posan aquí, ahora allá. Jazmines, gladiolos, hibiscos, iris azul, bletillas, un flamboyán con sus flores rojas, ribeteadas de gotas de rocío de la madrugada; un sinfín de olores y colores. Las marquesinas parecen damas elegantes adornadas con variopintos vestidos. Ahora las ardillas se pasean por las ramas del sauce, recorren el tronco y bajan a la fronda. En la hojarasca conviven pequeños insectos: hormigas, pequeñas arañas; cada cual con sus menesteres. Aquí hay un nido de hormigas, allá las grandes y vaporosas telas de araña se tienden como visillos transparentes a un lado y otro es un divino placer cómo se tejen y emparejan y se extienden a lo largo y ancho de un mundo aún por descubrir, un mundo dentro de otro y otro y otro…

Las caricias de los amantes, silenciosos besos, delicados. Se abstraen del fluir del tiempo, de todo lo que acontece, fragmentos de historias en cada portal, en las piedras redondas en las estrechas calles, que se han quedado fundidas y abrazadas al camino. El pequeño lago cubierto de nenúfares es un remanso de paz, un colchón de plumas, inamovible, como si de un lienzo se tratara.

Un brisa benevolente envuelve cada sitio, es un adagio besando ramas, flores, insectos, aquella plaza con mármoles; la tienda, el obelisco que señala un cielo azul pintado de algodones blancos, y entre algunos, una luz púrpura asoma, es el sol que despierta alargando sus dedos

Quise abandonar este mundo.


Quise abandonar

este mundo que al caer

la tarde donde los dioses

se embellecen,

y se esconde el sol,

Abrumada con la tristeza

de no haber podido de mi

vida romper el silencio.

Gritar, gritar.


Cobardía?

Lucha?

Valentía?


Y si fuera verdad

que en el otro lado

las hadas esperan

espera un manto

 verde de espumas.

Y si fuera verdad

y me marcho

buscando lo que quise,

justo ahí en la fronda.


 

Una historia sin final.

 



Por mucho que se empeñó en querer asistir a la fiesta de cumpleaños, por mucho que se había acicalado, la magia se había roto como un frenazo en seco de un coche a punto de estallarse contra un muro. De modo que regresó a la habitación no sin antes haber llorado como una niña y haber pateado la arena negra de la playa de Duque.


Se quitó el vestido que se había arrastrado y dejado un surco en el mismo borde, donde iban y venían las olas. Estrepitosas olas, encadenadas olas. Llevaba un bonito recogido, que atado con horquillas y un adorno de plumas realzaba su cabellera negra...

La luz del día entraba por el ventanal y también recorrió el pelo, ya suelto, ya libre, como si fuese nidos de golondrinas en cada tirabuzón. Pero la lluvia de lágrimas se había desbordado como un río caudaloso, sin medida, sin freno, hasta quedar dormida sobre la colcha de patchwork. . Aquella fiesta la había esperado unos meses antes estaba segura de poder asistir, incluso ya tenía el regalo, un bello lienzo de Monet que ella misma abría pintado con delicadas maneras, con entusiasmo e ilusión. Acostumbraba cuando empezaba un cuadro cerrar persianas y puertas, solo la música habría de escucharse, como cuando se hace un silencio apacible, como si hablaran las hadas. En este caso Schubert sería su inspiración, un agradable columpiarse debajo de un sauce, melodía de dioses.


Una ducha había emborronado el maquillaje, mojado el pelo, una ducha caliente, y después dejarse caer y quedarse con la cabeza gacha, gimoteando aún.


martes, 14 de septiembre de 2021

El mundo sin ella.

 

Y se habría despertado con el mismo sueño de siempre. Un piano en medio de aquella sala. Una habitación, ni tan grande, ni tan pequeña, con las cortinas púrpura ondeando por la brisa que con sus dedos no dejarían de acariciar el terciopelo.

El incesante ruido de la fuente en el patio, como un chisporroteo de luces que se mecen, una y otra vez al fluir el agua ese ahogo de bienestar que se propaga alrededor de la casa. El chip, chip, de un acuoso mundo dentro de una pileta, tan bellamente expuesto en el terrazo.

Un sigiloso topo rasgaría las vestiduras de la tierra, donde los plantones de rosas esperaban resurgir, este hallaría el modo de atravesarla con una maestría, que sin duda alguna obraría el milagro de la naturaleza. De modo, que amén de todo eso, el ulular del viento sería grato para los que en la noche no pueden conciliar el sueño, o eso creen por querer inspirarse al mirar por la ventana y ver los abatidos lirios, y aquel naranjo que en vaivén se inclina varias veces luchando por quedarse inmóvil, plagado de fruta olorosa. Alrededor la calle vacía. Siquiera alguien que se dignara salir. De manera que habría un silencio angustioso de pasos aquí y, allá. Porque es justo la hora esa de la madrugada, en que la quietud de las personas pesan, porque dormitan como si una muerte súbita se los llevara por unos instantes para luego volver, y quizás acomodarse en alguna postura más placentera.

Como quiera que las horas de la noche tienen el color gris adornando los tejados de las casas, sobreponiéndose a los rayos del sol, hay ondas, que en todo momento sobrepasan el límite que ningún humano pueda percibir, siquiera ser conscientes del estado en que se podría revelar su materia, algo, que de momento pueda ser tangible, pero que como una fusión se pueda volver intangible.

Quiso hacer un café corto para poder seguir sintiendo todas esas sensaciones, esos ruidos de la naturaleza, la quietud que sentía en el pecho, sobreponerse ante tanta belleza nocturna. Siquiera se habría dado cuenta que sus pasos sonaban como cuando algo cae al corcho ,o a algo mullido.

Pero se detuvo. Un sollozo en la antesala hizo que retrocediera. Salió de la cocina y se acercó sigilosa hacia la persona que lloraba tapando su boca con un pañuelo, por no gritar. Se quedó sentada a su lado para consolarla, pero siquiera advirtió su presencia, siquiera dijo nada, un desconcierto grande la hizo reflexionar el porqué. Dado que enfrente, justo enfrente se hallaba un cirio y luego, otro, y otro, y como la joven no dejaba de llorar; ni caso alguno al querer consolarla se acercó más hacia el foco de luz de los cuatro cirios, pero sus ojos salieron de las órbitas, sus manos frías temblaron, y no pudo gritar, no pudo: ella con un sudario y un rosario, en el sarcófago, plácidamente dormida, esperando la desaparición de su cuerpo.



¿La poesía es algo?


Pero dijo alguien

la poesía es algo?

Aquella persona 

es anti poesía.

Anti?

Poesía eres tú, dijo.

Mientras clavaba su pupila 

en la de él.

Dijo Bécquer , o algo así.






 

lunes, 13 de septiembre de 2021


 

Del verano y otras historias.

 



Era verano y las lagartijas se colaban por entre la madera del techo. Si una se quedaba mirándolas llegaba a pensar que podrían ser criaturas saliendo al recreo. Revoltosas, juguetonas, en busca de migas de pan, o de alguna golosina.


Una tarde mientras la señora Rosa dormía la siesta se había colado debajo de la colcha una de ellas. Recorrió rápido el cercado que llegaría al rostro. Se paseo por el borde de la nariz, por los labios, y por los ojos. Rosa bostezó y rascó suavemente. Pero no se despertó.


-¿Alguien quiere café?, dijo la señora Rosa.


Las tardes en la sobremesa además de jugar al parchís también tomaban café, y a veces galletas, unas deliciosas galletas de plátano.


-Si, dijo Ermina.


Probablemente se paseaban de aquí para allá, sigilosas, divertidas, y claro, volverían a deslizarse por entre las sábanas, y se apearían en el rostro. A veces las personas duermen profundamente, y al amanecer piensan que han soñado con lagartijas.


La casona era realmente hermosa. Había sido reconstruida porque durante la guerra había sufrido bastantes daños. El tejado por ejemplo( agujeros por algún bombardeo).


Pero había vuelto a brillar, como siempre. Una casa así no se puede arrojar a la basura.


Los trajinastes habían florecido y alfombraban todo el tejado.


Por aquel entonces (durante la guerra), los bisabuelos de la señora Rosa, habían vivido en la casona. Fue un regalo de bodas por parte del novio. (de un tío que se hallaba en otras tierras). Trabajaban la tierra unos veinte labriegos. Todos tenían unas casitas alrededor de la hacienda. Las había mandado a construir Jacinto el esposo de Eulalia (Bisabuelos de la señora Rosa).


Ya hubiera sido en verano, invierno y todas las estaciones, que parecía un palacio pendiendo del cielo.


¿Más café?, dijo la señora Rosa.


Si, dijo Ermina. ¿Y las galletas?, volvió a decir.






Más que hombres venían como autenticas pirañas

 




A mediados del siglo pasado supe que Raúl era familia nuestra. Un 

primo segundo, que mis padres habían conocido casi por casualidad, 

en Tabarca, en su viaje 

de bodas. Fue en una de 

esas calles que, durante todo el año olía a mar, mejor dicho, toda 


Tabarca llevaba 

impregnado el fastuoso aroma del mar; por aquel entonces yo no 

había nacido, pero ya 

estaba en camino, mi madre me llevaba dentro: Una preciosa tripita, 

redondita como un 


globo. Raúl había sobrevivido a la guerra, había sobrevivido a unas 

cuantas balas que 

zigzaguearon alrededor de su cuerpo joven, y delgado. Mientras unos compañeros de batalla 


se habían dejado las tripas en aquella esperpéntica escena. Llegaron 

a primera hora de la 


mañana unos cuantos militares y se llevaron a los muchachos, así, 

sin más. Quedaron las 



madres con el silencio en sus bocas, y en sus ojos, detrás de aquellas 

balaustradas. A Raúl le 

habían preparado un macuto con dos latas de sardinas y una hogaza 

de pan, sin tiempo a 

añadir nada más que fuera lo dicho.


Las botas se las dieron en   el barco rumbo a la guerra, porque él llevaba unas alpargatas ,las alpargatas que llevaron sus pies desde siempre. Aquellas botas le habían encarnizado la piel, porque no era costumbre llevarlas, siquiera las había visto en la vida; pero terminó acostumbrándose, igual que se había acostumbrado más tarde a matar hombres.

Por aquel entonces, Raúl llevaba una vida apacible, sin más pretensiones, y sin tener un mínimo de interés de salir de aquella isla, además de todo eso, nada sabría más allá de la infinitud de aquel horizonte, que miraba sin ver, y, que se definía perfectamente, como una fina y delgada línea, que separaba el cielo de la tierra.

Las olas lanceoladas rompían en la tapia de balaustres que rodeaba el muelle, cada cual a sus asuntos, esquinas con balcones en floración; calles estrechas y perfumadas de incienso: Costumbres. Aquel espacio en medio del mar es de Yemayá, decía la señora de los corchetes, y de los dedales, y pedrerías playeras.

Pescado frito decía alguien. Pasen y vean, decían otros.

Pero el muchacho subió al barco con pasos inseguros, con los ojos llenos de miedo, él, y unos cien chicos más. Pronto las gaviotas dejaron de seguir al buque, se quedaron revoloteando, arriba, por si algún rastro, aunque fuese nimio, las hicieran bajar en picado enterrando sus picos en el frondoso mundo marino.

A deshora llegaron a la guerra, a unas horas perdidas del tiempo, como si los relojes no existieran.

Pero eso poco importaba ahora, cuando ya habían desembarcado, todo estaría perdido. Vidas que latirían poco tiempo, un tiempo inestimable, pero allí valdría poco, tan poco como una vida.

Las noches frías como témpanos de hielo, envolvían los cuerpos de los muchachos ateridos: Manos, pies, rostros. Quijadas temblorosas, porque el lobo acecha fuera. El espectáculo de la barbarie azotando latigazos de fuego. Aquellas noches que Raúl nunca pudo olvidar, porque las llevaba todas en su cabeza. Porque ya nada tendría importancia alguna después de todo eso, siquiera aquel cura, mala persona, que le guiñaba un ojo cuando era chico. Un cura obeso, un cura molesto y cruel. Las viejas rezando enfrente y santiguándose, para que el párroco les diera el perdón y les guardara el secreto de cuando se deshacían de los fetos; o cuando confesaban la pestilencia de las bocas de sus esposos borrachos, y aún así, tenían que cumplir la vida marital. Hombres rudos llegados del mar.

Hombres cansados, con la piel curtida como el cuero, con las manos agrietadas de la sal. Insomnio, de noches negras y aguas turbulentas. Más que hombres venían como autenticas pirañas, con dientes que se clavaban en las espaldas de ellas, mortificando los muslos, y arremetiendo entre ellos. La sábila caía como una baba y resbalaba en lo pechos de ellas, que, con mucho esfuerzo disimulaban el asco. Por eso recurrían a la iglesia, al párroco que las aconsejara, que les guiara para ser buenas esposas; también por los fetos arrojados al mar, niños que fueron de otros padres, que quedaron en tierra, que no pudieron salir a la pesca por su fragilidad, o, por tener dificultad al andar.

Quedaron los inválidos, para resumir…

De modo que, todo tenía un porqué, y todo era santificado, y resuelto. Así eran damnificadas las esposas que llevaban embriones no deseados; así eran damnificadas, las que recurrían por deseo a la cama de alguna otra.

(Y es que a las personas se las llevan los demonios, y se las llevan los prejuicios. A las personas se les prepara desde chicas para obedecer, para tener que seguir con las costumbres; con las penas de otros, también. Al fin y al cabo, es difícil tirarse al vacío, y abrir las puertas de la libertad. Abrir los ojos y ver claro).

La noche más cruenta fue el día once, en la madrugada. Raúl no dormía apenas, estaba enfermo de los nervios, estaba tullido de pavor, de desesperanza, y las malditas botas, que arañaban por dentro como bichos hambrientos. Cayeron bombas aplastándolo todo, igual que un gigante devastando bosques y casas. Un grito, luego, otro, era uno de los chicos, que de golpe, le desaparecieron las piernas, trozos de piel y huesos esparcidos, como si fueran confetis. Tenía que arrastrarse hasta llegar al desafortunado, tenía que intentar al menos, darle un poco de calor humano, besar su rostro muerto, que sintiera por última vez algún resquicio de humanidad. De modo, que llegó, con dificultad, pero ahí estaba Raúl, pegado al cuerpo sin piernas, pero con un pequeño hálito de vida.

Fue la primera vez que besó a un hombre. Le besó las manos. Le besó la frente, los labios, porque en ellos algo tibio quedaba, luego nada. Lloró lo que quedaba de oscuridad, lloró junto a ese manojo de tripas. Maldijo mil veces, luego quedó dormido por unos instantes, sin saber siquiera qué hacía allí, sin saber el motivo por el que estaba en ese lugar, y porqué moría tanta gente.

Solo el estruendo de las bombas. Aquello no era de Ley, no. Aquello era una tropelía, había que destruirlo todo. Las campanas de las iglesias quedaron mudas, porque el rugir de los tanques, de la gran pirotecnia, solapaba todo, los gritos de los muchachos avanzando entre suelos atestados de rostros desdibujados. Una contemplación de aullidos despreciable.

En algún momento de calma, que no pasaba de unos minutos, o quizás media hora, se evadía para volver junto a sus seres queridos. Quiso imaginar a las gaviotas con giros asombrosos y el modo en que se lanzaban en busca de comida, eso le provocó una leve sonrisa. Se giró al otro lado del camastro: Ahora su madre le regalaba una sonrisa, amor de madre, balbuceó.

Un brote de fiebre le hizo despertar, el frío se lo comía, se había metido los dedos en la boca buscando algo cálido. Pero no había.

Después de todo, una vez acabada la contienda, pudo regresar, vivo, con alguna esperanza para los años venideros. De regreso a sus orígenes: Aspiraría el perfume del mar, de cada ola, de la espuma de ellas cuando se dejaban mecer en la arena. Caminaría por la playa, admiraría el hermoso espectáculo de los rayos del dorado al amanecer. Incluso tenía pensado en dormir en ella, una noche, y otra; trastabillar a consciencia, como si por una delgada línea caminase. Volar como los pájaros, libre y agradecido de poder sentir el pulso en sus venas, en la sien. Podría pellizcarse y sentir ese escozor, que casi da gusto. Le esperaría su madre, su perro Chusco, algún que otro vecino, o vecina del pueblo. La viejita de las chapas y las caracolas y las pedrerías de mar.

En el extremo sur de la isla se hallaba el faro: Un guardián iluminando los caminos del mar, donde se desplazaban los barcos, las chalupas, y el ferri. El farero duraba lo que su salud, y sus años. Luego le seguiría algún hijo, o sobrino. Pero era como ver al mismo siempre. Con la sopa en el cuenco, con los ojos fijos en el mar, cuidadoso de que la mecha de luz que se esparcía más allí de la línea del horizonte. Iría también a visitarlo, recorriendo la escalera de caracol a zancadas, y gritando que ya estaba allí, que la guerra había terminado. !La guerra se termino¡ habría dicho. ¡Estoy aquí farero, estoy aquí,! volvería a decir. Se abrazaron, se conmovieron. El cuenco de sopa saltó por los aires, al ver a Raúl, que aunque con los huesos pegados a la piel, se acercaba contento. Pasaron toda la noche hablando de esto, y aquello. Raúl le contó lo que pudo de aquellos años atroces. Le contó lo que pudo, porque el farero ya no tenía edad para tanta pena junta. A esas edades el sufrimiento y la ingratitud, y el poder para aniquilar a las personas, sobrepasa la mente de alguien que tenga muchos años. Le dejó una estrella de cuatro puntas. No por lo que significaba, era porque se veía hermosa, como si estuviera recién salida del firmamento. La plateada vendría como cada noche y el farero tendría un estrella en sus manos, y sonreiría. Ignorando lo que no pudo contarle Raúl, porque habría muerto de agonía.

Chusco no paró de ladrar y correr, hasta el día de su muerte. Era el perro más bueno jamás conocido. Era Chusco y Raúl, uno solo. Eso le valió al muchacho para poder cerrar los ojos y no tener aquellas horrendas pesadillas…

Mis padres habían elegido Tabarca para pasar su luna de miel. Ellos venían de Madrid. Un Madrid lleno de vida, con coches, a un lado, y al otro de las vías. Con tranvías. Con el jolgorio de las fiestas patronales. Tiendas de sombreros, tiendas de ultramarinos, algún escaparate con la última moda venida de París. Pero en el cielo, una vez que la noche tendía su manto, siquiera se podría atisbar alguna estrella, por muy fugaz que esta fuese. Por ese entonces era raro que las personas viajaran desde la capital, hasta aquella isla rodeada de un mar limpio, que regalaba olas, regalaba espuma blanca. Solo los vecinos nacidos en Tabarca ocupaban el ratio de población.

Y es que a veces las casualidades son casuales, y mucho. Porque mi madre, al cruzarse con Raúl, ya sabía que algún parentesco les unía. Por el modo en que caminaba, con un hombro más alto, que el otro, igual que uno de sus tíos emigrantes a Cuba. Sobre todo, porque la sonrisa era un calco de él. Mamá se sorprendió. ¡Eres tú!, le dijo. Yo soy Raúl, no soy tú, dijo con sonrisa pícara. Ella entendió. Ahora sabía que era el hijo de su tío, tenía que serlo, porque era una copia.

Papá murió en Cuba, dijo Raúl. Yo me regresé, no me gustaba la vida allí. Además mamá no podía estar con nosotros. El día que nos fuimos se me rompió el corazón al verla tan sola, llorando. Volví con unos dieciocho años de Cuba. Fueron cuatro años de duro trabajo, y papá no pudo resistirlo, aunque era joven, la anemia se lo llevó. Duro trabajo y escasa comida.

Pero pude traerme unos ahorros, que solo quedaron para una pequeña chalupa, alguna red, un par de herramientas. Gracias a eso, no faltó algo de comer. El caso es que, mis padres estuvieron en la isla unos siete u ocho días.

Han pasado muchos años de esos aconteceres, ahora recuerdo todo aquello con mucha ternura. Con ilusión. Hace dos días que estoy aquí en esta isla con faro y farero perpetuo. Hoy he visitado la tumba de Raúl y la de Chusco. Hoy pude ver, y oír claramente las historias de él, de cuando la guerra, de cuando de chiquito el viaje a Cuba…

Una hermosa tumba con mármoles, sin flores, con un pequeño crucifijo en una esquina, tallado.

Sin duda a veces los lugares unen a las personas, una unión que en este caso, también era de sangre.

Y yo, aquí esperando a Kontiki. Esgrimiendo hasta la última gota de aire perfumado del mar.
















Soy el vuelo del olvido.


Soy el vuelo del olvido,

y me gusta.

El despertar por querer 

volver,

y me gusta.


Soy una mujer 

que en un tiempo

abrazó la cárcel

de mi cuerpo.


Soy lo que no pudo ser.

 

Todas las pisadas.

 

Mientras duró la cena no hice más que mirar los colores que llenaban el cuenco sonreí porque el tiempo volvió atrás durante esos minutos. Giró  un torbellino en mi cabeza y otra vez estaba ahí la pequeña niña con churretes y cabellos desordenados, castaños, libres de trenzas o tirabuzones. Qué bien poder oler otra vez la hierba que se extendía en todo el prado. Brotes con lanzas al cielo, muy verdes. Trigales oteando igual que los soldados haciendo la guardia en los cuarteles próximos a nuestro barrio, qué hermoso poder ver el ramo de perejil que adornaba el rincón del poyo; el potaje preparado en la mesa con mantel de flores y las pequeñas bocas eligiendo qué cucharilla coger. El gran lazo que mi madre llevaba en la parte de atrás de su mandil, a papá cuando llegaba con su chaqueta oliva con cuatro bolsillos. Llegó hasta el olor de la tierra cuando se empapaba de agua cristalina que caía del cielo arrojada por una diosa que yo imaginaba por aquel entonces. Todas las pisadas de mis hermanos recorriendo la casa, abro los ojos y todo ha pasado, el reloj verde con pinceladas amarillas no deja descansar sus manecillas, igual que el tiempo.

viernes, 10 de septiembre de 2021

El vuelo de una mosca.



Hacía dos días que no la perdía de vista, de modo que ahí estaba observando el vuelo. Una mosca, si eso era.

No sé cuanto tiempo viven, se preguntó. Todo es relativo, pensó.

Como su vida y la de los demás. 

Giraba a un lado y otro de la habitación. Se posaba en la encimera, o en la mesita de noche, o también en la cortina  que ondeaba por la suave brisa. 

Mientras merendaba: mermelada de arándanos con mantequilla, té, y café. La mosca se había posado justo en su nariz. Ahí permaneció unos minutos limpiándose las patitas. 

Sabía que no podía apartarla y siguió con la merienda.

!Aleluya¡, dijo. El insecto se había ido. 


¿Quieres tomar el baño ahora?, dijo alguien.


Si, por favor.


"El agua está muy agradable me encanta, como cuando hace años nos duchábamos juntos Ángel y yo, se dijo".


Quiero fumar ¿Me das mi cajetilla por favor?.


Deja el tabaco es que ya no tienes bastante, mira cómo estás postrada en la cama sin poder moverte, siquiera te vales por tí misma.


Sé todo eso, y si, tengo bastante. Mis recuerdos, todo lo vivido. 

Pero aún sigo aquí y siento, y deseo.

Así que dame mi cajetilla de cigarros !ahora mismo¡






 




 

La discreción de Bernarda.

 



Por la disposición de la cesta pensaría que los tomates estarían listos para servir. Aliñados en platos blancos, con ajo y aceite. La señora Bernarda entraba y salía de la cocina, afanada, con un paño entre las manos, un paño algo sucio, porque quizás no se limitara a dejar en el fuego una sola olla, probablemente habrían tres fuegos lanzando sus llamas al mismo tiempo. Habría un solomillo en uno de los calderos, atado, con precisión, para que no escapara ninguna hebra que desmoronara el redondo aspecto, que una vez cocinado llevaría como adorno un ramillete de perejil troceado. Estaría al acecho, removiendo de vez en cuando. Y los otros dos fuegos con sus calderos llevarían trozos de boniatos, y en el último: tocino, verduras, hojas verdes…

Detrás, en el patio, un tropel de sábanas pendiendo, mecidas por una brisa de aire fresco.

La discreción de Bernarda a la hora de salir y entrar y de vapulear el paño era nula.


En las casas con cocinas grandes y con una gran ventana que da a un patio de naranjos y una fuente, sobran las razones por las que, y en este caso, Bernarda siquiera conocía lo que significaba ser discreta. Naturalmente que no lo era, tres guisos al fuego, y la felicidad en el rostro de ella. 


¿Porqué habría de ser discreta? No renunciaría a ese máximo placer, el de entrar en aquella cocina, y recrearse con los útiles: cacerolas redondas, otras algo abolladas, cucharones, y una larga y bella fila de cucharas y tenedores, y cucharillas, y cuchillos. Y su mandil, de un estampado peculiar, un mandil con figuras geométricas unidas en forma de anillos, cada uno de diferente color.




.





Tanto tiempo de mis ojos vendados.

 

Tanto tiempo

de mis ojos vendados,

mis oídos tapados.

Tanto, tanto.


Al ver cómo fue todo,

del mundo quise irme.

Al engaño sucumbí,

sin saber que era engaño.


Tanto tiempo de mis ojos vendados.

Y veo en el espejo mi yo de ahora,

la madurez se ha hecho mía.

Y hablé con ella,

y despertó.

Y hable con él

calló, calló...




jueves, 9 de septiembre de 2021

Costumbres de Ramón Casanova Hernández.

 



Deje que entre el aire, abra la cancela que en estos tiempos tan secos falta hasta el respirar, dijo el ama, que ya había preparado un caldero de comida, con el moño bien alzado, porque la cocina emitía además de buenos efluvios, unos vapores insoportables que hacían enrojecer su rostro hasta el nivel de un color purpura. Ramón Casanova Hernández siquiera la escuchó porque ya se había ido a las tierras arrastrando los pies mientras intentaba quitar algunos picos de higos chumbos de las manos, que habían sido la cena de la noche anterior. Los comía rebozados en gofio, por eso en la despensa no faltaba nunca: con leche, con higos, con potaje, con azúcar y pasas, bien amasado, o revuelto con el caldo de verduras.


¿Y ya está?


Si, mañana más-


¿Más?


Si, más, más, más….

Quizás ni llegues a leer mis letras, pero fíjate que esta tarde se me antojó volverte a ver.

 


Al pasar el tiempo en esta tarde tranquila que a lo lejos se divisa la gran montaña, un volcán descarado, altivo, hermoso, he querido escribirte una carta, esta carta que reposa en el buró, como cuando los besos se incendiaban para luego dormir en nuestros labios. He querido hablarte si, hablarte de esta manera y llenar el folio de pespuntes, de esos que parecen hilos perfectamente hilvanados, he querido incluso mejorar la letra, y que ninguna palabra para ti se salga de ningún renglón. Todo perfecto, inmaculado, como cuando se ve el ave circundar el cielo, mi cielo, tu cielo.

Si supieras que cuando nos despedimos dijiste que habías perdido tu reloj de pulsera, pero que ya habías comprado otro, pues fui yo aquella mañana calurosa, cuando ambos dejamos la habitación. Momentos antes lo había cogido, y guardado en mi bolso, ahora lo tengo justo al lado mientras te hablo con letras e imagino tu sonrisa tus manos, todo tú. Late igual que tu corazón: acompasado, delicadamente tú.


Nunca más supimos el uno del otro, pero el recuerdo se hace un jardín de magnolias, un lago cristalino, el devenir de aquellos días calurosos como el de esta tarde que perpetúa si cabe aún más lo que se quedó. Se quedó un propósito.

Quedaron aquellas noches de sosiego al dormir abrazados, exhaustos al no dejar ni un milímetro de nuestra piel sin acariciar, sin besar, si beber. No hubo lágrimas al despedirnos, no hizo falta, solo bastaba con habernos tenido unos días que fue una vida entera: dicen que en el cielo una vida entera es un pestañeo, ay, pero que me estoy poniendo romántica, y pienso que sigo siendo aquella joven de ayer, esta tarde soy la muchacha descalza soy un pozo de ilusiones, y al pensarte te vienes, te vienes derrochando ese perfume que me atrajo: el de tus ojos mirándome, tus zapatos tan limpios y tu pelo perfectamente peinado, ¿Qué pensabas, que yo no había reparado en ti?.

El espejo de enfrente me devuelve a la realidad, pero qué importa eso ahora. Igual estarás tú pintado de canas el cabello, pero con la misma sonrisa perturbadora de entonces. No sabes cuantas veces he dibujado tus labios al pensarte, al pasear por puente de madera que crujía de los miles de pasos de transeúntes. Dicen que se a apolillado, pero aún sostiene las prisas o las pausa de quienes lo transitan, a mi me sigue gustando porque debajo fluye el río que fuimos amándonos cada día.



Me pregunto qué será de tus días, probablemente seas feliz, igual que yo. Tendrás una familia que te quiere, igual que yo. Después de todo tenía que ser de esa manera.

Por aquel entonces el ruido éramos los dos. El viento y la lluvia éramos los dos.

Los trenes éramos solo tú y yo abrazados en el vaivén y al despertar una estación, una vía donde no había nadie, solo el rastro de nuestros pasos en el andén.

Tengo un café humeante justo al lado de tu reloj, lo dejo adrede por ver cómo se extingue el calor que desprende, el olor, el reguero de partícula aromatizando la habitación. Es tan confortable tenerte aquí, a mi lado, en mis letras, en tu reloj; en el café que tomábamos mientras reíamos, sorbo a sorbo, como cuando tumbados en el colchón al paladear la esencia de dos: arribándonos en el mismo puerto el de dos cuerpos temblorosos con el sudor en la frente de amarnos.


Gratamente volví contigo en cada renglón y tu conmigo hasta el final del papel. Sería injusto dejar de darte la mano, que te alejes y te pierdas detrás de aquel horizonte. No lo voy a permitir. Sería una traición de verbos conjugados en el candor de la hierba, y tu nombre, porque todo fue a propósito de todo.


Con las prisas de hoy en día se me había olvidado tenerte también con aquel vino rojo: verte con los ojos brillantes de juventud. Se me olvidó el chocolate de tus dedos recorrer mi piel.


Quizás ni llegues a leer mis letras, pero fíjate que esta tarde se me antojó volverte a ver...




Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...