Aplausos


Nada más alentador que un aplauso. Pero cuando se repiten por compromiso la vanidad de aquell@s que los reciben se convierte en un monstruo devastador.


María Gladys Estévez.

lunes, 12 de abril de 2021

Nekane

 Por aquellos años había nevado copiosamente y eso dificultaba las labores y los menesteres de los vecinos, que, aunque habituados a las bajas temperaturas y los duros inviernos, en cuanto se cruzaban los unos y los otros por las calles cubiertas de escarcha, nunca faltaba alguien que se pronunciara hablando del crudo invierno y del frío que calaba los huesos. En varios días la alarma no había avisado de ningún avistamiento de obuses; de modo que se respiraba cierta tranquilidad por aquellas tierras del norte, donde los álamos blancos ornamentaban plazas y paseos.

Las lavanderas se afanaban por terminar pronto el reparto diario de la ropa blanca para la posada, de la que era dueña Nekane, una mujer robusta, con el rostro moteado de blanco, igual que cuando un manzano se llena de hongos. Un día llegaron un grupo de milicianos y se hospedaron en casa de Nekane, dos de ellos no pasaban de los dieciséis años, los restantes ya cumplían en cierta medida con una edad propia para ser oficiales: dos capitanes y un general. Cada noche se reunían en la salita junto al brasero y fumaban habanos. 

Nekane procuraba que no faltara aguardiente y esos dátiles tan dulces que abarrotaban la despensa, por lo tanto y agradecidos de las atenciones de ella, y a pesar de su aspecto un tanto desagradable y por los años, que ya sobrepasaba esa edad gloriosa de la juventud, la llevaban a los goces de las caricias de cada uno, y Nekane no oponía resistencia en lo que para ella significaban aquellos momentos de renacer en sus propias carnes de los años juveniles. Los imberbes no descartaron su compañía en aquella fría habitación con ventanuco en forma de ojo de buey y por el cual se divisaban las montañas pertrechadas de gruesas capas de nieve.



Llegó un día en que los obuses aparecieron sobre el cielo gris del invierno igual que aves rapaces. Aquellos hombres y mujeres vivieron en la medida de lo posible que se pueda vivir, cuando se es azotado por látigos de fuego. Daba igual que en verano florecieran toda clase de azaleas y geranios, y que las calles del pueblo se quedaran desnudas del hielo; el paisaje seguía siendo desolador y el propósito del enemigo no menos desalentador…

La caída de las hojas en otoño

 


El ruido del ventilador hizo que despertara. Pensó que era la hojarasca que golpeaba en la ventana, una lluvia de hojas que se desprendían de los árboles, libres, para luego morir, fosilizarse en el suelo; pero fue el ventilador quien sacó de los sueños a Isabel. 

Después de unos minutos refrescó el rostro. Tomó un café, y luego un cigarrillo. Se quedó por unos minutos en los labios.

El manto ocre en el patio, el amanecer, el estar consciente de todo lo que sucedía, la llevó a un silencio profundo, un estado de paz, y sosiego. 

Desnudó su cuerpo aún joven. Miró al espejo y sonrió: recreó  la vista en sus pechos, sus pezones. Un ombligo donde tantas veces había servido de reposo, de gotas de rocío. Un rastro imposible  dejar de ver. 

Los susurros se colaron por todas partes de la casa. Todas las palabras que por aquellos días se dijeron ambos. Se recostó.

Abrió las piernas para abandonarse por completo. Al tedio, a lo cotidiano. 

Quiso llamar, lo quiso con toda su alma. Pero, no.


"Probé la dulce melaza de tu cuerpo,

ahora ya no sé que será de mi vida".

Con la piel de antaño.



Acaso dejé desde el albor

de los tiempos acariciar mi piel.

de dejar de remar, 

No dejé, dejé todo por estar,

con la piel de antaño.




Capricho fue los besos que no te di,

ni paz, ni gloria: una tormenta perfecta.

Y si te encuentro ahogado en un vaso de ron,

me quedo a tu lado, me retiro del mundo.


 

La buena vida

 


Casilda Camerina Celedonia de brazos cruzados contempló la noche desde el balcón que daba al parque García Sanabria. Siempre lo hacía. Le agradaba ese rato en silencio escuchando el rumor de la oscura, que apenas rozaba el suelo, y también dejaba susurros en al amplitud del parque. "Son los silencios de la noche, que aún en ese estado deja un bullicio por todos sitios, pensaba".

La ciudad por las noches se ilumina con brillantes luces que adornan los techos, balcones, edificios, y deja en el mar el reflejo de una Luna grande, más grande, más chica, menos chica...

Casilda Camerina Celedonia nació por casualidad, la concibieron sin ganas, sin pasión, sin amor. El día en que su madre la hecho al mundo con un grito horrible, se había liberado de ella, porque nunca fue madre, más bien  enemiga. Siempre le dijo que Jesús estaría observando por si se portaba mal, por si robaba, por si yacía en la cama con alguien.

-Jesús fue un buen hombre, un chico fantástico, libre, amoroso, respetuoso, pensó Casilda Camerina Celedonia- 


Lo sabía porque fueron tantas veces que yació con él, con ella. Y no, no era pecado, no, no.

El sonido del móvil al caer desde el quinto piso a la calle fue como machacar algo en un mortero: ajos, perejil, sal, tomillo, romero, pimienta.

Y como tuvo que salir a buscarlo, (se había salvado), se quedó en el parque por un buen rato pensando en todo. Una brisa suave la rodeo, como los besos, los tuyos...





sábado, 10 de abril de 2021

Puedo ser tu poema



Puedo despertarte en la madrugada,

refrescar tu rostro con el soplo de una brisa.

Puedo sacarte una sonrisa al recordar el primer beso,

y hacer que de tus ojos salgan lágrimas furtivas.

Que la inspiración te lleve y que tu pluma se derrame,

y llene un folio de nostalgias y de mares cristalinos.


Puedo besar tus labios y dejar ese aroma que un día

se quedó para siempre,

enredarme en tus sueños, navegar y llegar a tu puerto.


Puedo encontrar ese tesoro que llevas escondido,

para que escribas todos los versos de amor en las paredes.

Y colarme en tu silencio y saber por qué de repente,

se te acaban las palabras.


Puedo crear un amanecer limpio y brillante y

que nieve después.


Puedo ser tu poema y que suene la música más bella del mundo.


Puedo ser tu poema y hacer que me lleves contigo.


Puedo ser tu poema y dejar que sea primavera, o verano

un duro invierno o un otoño diferente.

Ser una silla confortable y dejar que llenes mi espacio, mientras piensas,

en el poema más hermoso de tu vida.


:

viernes, 9 de abril de 2021

De los olvidos

 



El zapato derecho, en el pie izquierdo, y una magnolia en el pelo. Sonríe ante el espejo redondo con marco de bronce, en el pasillo…A veces se vuelve,

Escupe en el bordillo de la baranda que llega a la azotea, con la cara de pilla, con el pelo negro como la pez; con las manos arrugadas y resecas. Como una niña traviesa escupe a las cabezas de las limpiadoras. Lavan la ropa en la piedra, le regañan. Sonríe.

Ella recorre el pasillo hasta el final, donde el patio, y vuelve tras sus pasos, una y otra vez, varias veces al día. Esa pared de recuerdos: retratos; un mar azul con olas; cuadros aquí y allá. Hay una mancha en la esquina, cerca del techo; ella se fija y sus ojos se abren sorprendidos, parece una luna, se dice, o quizás un farol de aceite, vuelve a decir…A veces la mancha es redonda, otras, con aristas,  es una luna o una lámpara de aceite...

Se ha olvidado de los geranios, se ha olvidado de comer. Se olvida. Pero llega al fondo del pasillo: el patio de geranios, con la silla a un lado, y los dedos del sol que se adentran, por la mañana, por la tarde. Gotea una lágrima, gotea otra, de sus ojos, pero sonríe, pero no sabe bien lo que sucede. Los niños están en la cocina con mamá y las voces se le antojan pinzones azules  en aquel árbol de su memoria, debajo de la gran roca, las casitas, blancas, con tejado; corren a verla, expectantes por si se gira, por si los conoce, algún gesto, un guiño, algo que haga que ella abra los brazos, para todos.

Pero no, nada, siquiera el pequeñito le es conocido, lo besa, pero no hay mueca. En su boca, hay silencio.

La llevan por la avenida, y cruzan la calle, a la tienda de sombreros, no quiere caminar, pero la llevan de la mano. Aquellas personas se sorprenden, al verla sonriente, con el mandil verde, de flores.

La papilla le sale por la esquina de la boca, es un hilo de baba que recorre el cuello, el pecho, y se queda en su regazo, como si fuera un tesoro, pero es una pasta sosa sin color, sin sabor. Pide pollo, pero nadie le da, siquiera un pedazo, ella lo ha visto, en la mesa, es dorado, con purpurina.

En el lomo de las sardinas hay un montón de pequeñas estrellas, sonríe porque es divertido, no sabe de dónde vienen, pero le gustan.

En el techo de la habitación aparecen de vez en cuando luminarias. No quiere dormir hasta que no se van.

Estas recorren casi toda la habitación, se deslizan por las paredes. Tienen pequeñas alas transparentes, y algunas se escapan por la ventana  cuando los postigos están abiertos.

Y tampoco quiere dormirse hasta que la tela de araña deje de balancearse…es un precioso jersey, con adornos, pero aún le falta la sisa, seguramente falta hilo, se pregunta.



Mientras duerme sueña con el barranco, con la gran roca. Un inmenso piélago de estrellas, arriba, en el cielo. Corre veloz como un potrillo, con las trenzas negras y dispares, con los zapatitos roídos. Los almendros en flor, la comida en la casa: gofio, papas barqueras, mojo, atún. El agua fluye desde la montaña, los cabritillos corren para abrevar. Los surcos en la tierra llenos de semillas. Los sueños de niña, el futuro.

Pero nadie sabrá lo que ella soñó, la noche anterior...






















Caracol, col, col.

 



Había sido meritorio por parte del caracol el largo camino hasta el botijo, toda una prueba de fuerza y constancia, probablemente cualquier otro en su lugar no habría podido terminar, seguramente se habría rendido a mitad de recorrido, porque casi siempre es en ese sitio casi fatídico, en donde la mayoría ceja en el empeño, y abandona, con la excusa naturalmente de sentir que las fuerzas le han abandonado casi cruelmente, eso le pondrá más énfasis cuando se trata de justificar algo, se dijo, mientras no quitaba ojo al molusco, que por nada del mundo dejaría de atenerse durante el trayecto.



Desde luego la música de fondo se preveía muy envolvente, acogedora; de modo que, nada más despertar y con un gesto simple había provocado tal situación, incluso se había acomodado, sorbiendo mientras tanto un triple seco, para eso tenía mucha bondad saboreando el regusto de la naranja, un lejano sabor, que, aún se prodigaba en la esencia, y que, a medida que los sorbos provocan casi un estado de inconsciencia, que ella deseaba, todo se magnificaba igual que  una orquesta, cuando cada cual sorprende al mostrar las notas, esas que alguien escribe con prestancia, con verdadero ahínco…



No dudaría que ese estado de embriaguez y que deseaba, la llevaría a postrarse para sí misma, queriéndose; hubo un momento en que la vista le devolvía un fastuoso paisaje, el rastro del animal se le antojo un cielo lleno de estrellas, y así era, porque ella tenía la cualidad de admirar las pequeñas cosas, esas, que a veces son difíciles de percibir, sin duda alguna además de un cielo, sería también el abrevadero de los amantes, donde voluntariamente  flagelan  sus cuerpos, entonces, el hermoso cobijo.



Por fin el botijo, la meta, y sonreía, porque allí se encontraba, para nada exhausto, para nada excitado...



Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...