Aniagua
Blog de María Gladys Estévez.
martes, 25 de agosto de 2026
Relatos y Otras Inquietudes: La biblioteca de los sueños perdidos
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jueves, 30 de julio de 2026
Instinto.
La ponzoña te hizo enloquecer. Un aterrador grito salió fuera. Tu cuerpo aún conservaba los últimos latidos; bebí el torrente púrpura en un agitar de piernas que querían huir, esa lucha te unía cada vez más a mí helando el recorrido de tus venas que perdían la tibieza.
Átame, me pedías; lo supe por ese instinto que tengo. Tus pensamientos se quedaron en los míos, se acoplaron y la última lágrima tuya cayó en mi pecho agitado por el deseo y desenfreno.
Ese olor que desprendías llegó de lejos mientras anochecía, llegó y se coló dentro en el frío abismo de la oscuridad que había invadido lo que antes fue una mortal existencia.
Un hilo de vida se resistía, un último palpitar. Aferrada a tu cuello, ocultando mi rostro demoníaco desgarraba la piel devorando la maraña de redes donde antes fluía la vida.
Mi enfermedad fue tuya mis siglos se sucedieron con los tuyos. Lo avieso habitó. La voracidad incontrolada condenó lo infecto.
miércoles, 29 de julio de 2026
Relatos y Otras Inquietudes: El río que recordaba los nombres
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martes, 28 de julio de 2026
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lunes, 27 de julio de 2026
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viernes, 24 de julio de 2026
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sábado, 28 de marzo de 2026
Altos vuelos no tan altos.
El ramo de Kalanchoes es bamboleado por el aire del ventilador, Agripina parece abstraída y deja que su vista se escape por la ventana, como si se tratara de un estornino que se lanza al vacío en busca de otro lugar, otro, que le proporcione aires nuevos, algo diferente a esas horas de hastío, sobre todo, cuando la tarde se quiebra por las recurrentes discusiones de Ofelia y Ana…,
Ellas llevan dos décadas juntas, viven justo en la planta de abajo, tienen un loro verde que las remeda continuamente, a veces impresiona, porque pareciera una personita dentro de una jaula parloteando esto o aquello. El loro fue regalo de una de ellas, el día que decidieron unirse para toda la vida, pero jamás habrían pensado que el animalito se regodeara de ambas de aquella forma tan cínica, tanto, que estaban pensando en darlo en adopción, porque, Babalú, ya había adquirido ese don que tienen algunas personas para increpar, de modo que, cuando la una estaba separada de la otra, él, conseguía con sus burlas atormentar el corazón de cada cual, y esto hacía que terminaran en discusión, y el eco de sus voces chirriaban y se colaban por entre el ventanal, donde seguían los Kalanchoes abatidos, y, donde Agripina parecía totalmente anestesiada, seguramente ya habría sobrevolado la ciudad y el río, y podría ser que encontrara una gran bandada de estorninos, sería muy placentero, porque nada hay más hermoso que poder escapar de entre barrotes.
El timbre hizo que regresara y eso que ya había alcanzado un valle verde, de muchas hojas grandes, tanto, que parecían abanicos gigantes, se habría despedido pues de los demás pájaros y batiendo fuertemente sus alas volvería a la misma habitación, donde los Kalanchoes abatidos se movían ahora si cabe con más fuerza, como cuando un vendaval fustiga un campo de trigo; Agripina atusó sus plumas, dió unas monedas al muchacho de las pizzas, y cerró la puerta de un puntapiés, y pensó en dejar ese viaje para otro momento, ahora, irremediablemente daría buena cuenta a la cena, lógicamente con la letanía de Babalú…
Ya publicado.
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Ballade pour Sophie
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