Aplausos


Nada más alentador que un aplauso. Pero cuando se repiten por compromiso la vanidad de aquell@s que los reciben se convierte en un monstruo devastador.


María Gladys Estévez.

viernes, 18 de junio de 2021

INCERTIDUMBRE, DE MARÍA GLADYS ESTÉVEZ - RELATOS( Para Yony que se fue muy joven) Volveremos a vernos.

Mi Reina.

 " Texto publicado en el año 2014, he querido dejarlo hoy aquí otra  vez"





Nos conocimos un día a primera hora de la mañana en la estación de tren que lleva a Baluba. Yo no estaba de muy buen humor, pero ella me sonreía y eso suavizó mi carácter. Cogimos el mismo tren y casualmente el mismo destino, o eso pensé, porque ella hizo lo posible para coincidir. Más tarde me di cuenta de ello. Sabía que se sentaría a mi lado, yo, lo deseaba.

Me pidió un pitillo y volvió a sonreír, le dije que no fumaba, pero ella no dejaba de sonreír y uno de sus dedos se introdujo por entre mi pelo: Un pelusa, dijo. Tenía el dedo humectado y dejó su rastro en mi frente. El recorrido a Baluba había comenzado, y el de nosotros también. Empezamos a mirarnos y a recorrer cada centímetro de nuestros rostros: Los labios, los ojos, la barbilla… , Había soplado delicadamente mi flequillo rizado y sin darnos cuenta, yo, había introducido mi mano por debajo de su falda y tanteaba y llegué a su sexo libre y uno de mis dedos se deslizaba por él llegando fácilmente al clítoris erguido, duro. Ella hacía lo mismo, su mano entró debajo del pantalón y separó el calzoncillo y se apoderó del pene, sí , era suyo, era el pene que había estado buscando, era su juguete. No hace falta decir que me puse como un loco apasionado, sin nada que pudiese frenar ese lujurioso encuentro. Yo sabía que ella no tardaría mucho en tener un orgásmo, al igual que yo. De modo que su mano agitaba el pene lascivamente. Se mordía los labios y gemía. Yo, debí pensar que ese clítoris era un pastel de moras, porque mi dedo frotaba mas y mas rápido aquel templo de placer, aquel río de melaza.

Tenía las piernas separadas y jadeaba mientras hacía lo posible porque yo explotara y llenara todo de mí. Así permanecimos un buen rato, hasta que ya ninguno de los dos pudimos evitar lo inevitable. !Sí, así , así, mi reina!

El cuarto de Alfonsina.

 



Lo que realmente parecían luciérnagas era la ristra de luces que adornaban la habitación. En las esquinas, en el techo, en las paredes; incluso en la cabecera. Una cabecera ancha y alta. ¿Se repetiría el mismo sueño?, probablemente eso pensó, y lo volvió a pensar casi todas las noches cuando se disponía a dormir.

El miércoles amaneció con la luz esplendorosa entrando por la ventana y esparciendo la habitación de una curiosa estela, como si alguien adrede quisiera que ese día fuera el día. Alfonsina cumplia años, cuarenta y cinco. 

La tarta de merengue con cerezas ya estaba en la salita. Todo preparado. Nena, la señora que llevaba la casa se había ocupado.


Alfonsina despertó sonriente, y más cuando vio aquel dulce de los cielos.

La botella de champaña y las copas. Pero el cuarto de Alfonsina gritó y gritó. Quería tenerla allí encerrada. Hasta su muerte.


jueves, 17 de junio de 2021

La alfombra Persa.

 


Pero en consecuencia debió pensar que los floreros repartidos por el salón, deberían tener el mismo tamaño, aunque no las flores. 

Llevarían rosas, jazmines, lirios, claveles, y lluvia, una fuente de color lila adornaría cada jarrón. 



La otomana abarca todo el recorrido de la encimera, que está repleta de adornos: figuras chinas, un ramo de violetas. En la esquina un retrato sepia. Cada jueves habría una reunión. Eran amigas desde mucho tiempo atrás. Aunque en muchas ocasiones sólo era por no dejar la costumbre, por reír un rato, y también llorar. 

Eran mujeres que se habían criado con el encorsetamiento de una sociedad que fustigaba, en vez de que cada cual tomara su camino, sus prioridades, preferencias, oficios etc...



A Beba le gustaba estar descalza ,y si alguien lamía los dedos de los pies, era como ver a Dios, o algo así. 

Por eso la gata estaba entrenada para ello, y a cambio una lata de ricas sardinas, o la dejaba cazar ratones en la noche en el amplio jardín. 




Anabel lo hizo, además le gustó. Cada dedo fue succionado con una esmerada suavidad. Beba se evadió, le palpitaba el corazón muy fuerte, el modo en que actuaba Anabel era indescriptible. Se miraron a los  ojos, mientras sucedía semejante maravilla.

Dejó que siguiera y alcanzó el ombligo, allí se entretuvo un rato, besando, y lamiendo, besando y lamiendo. 

Beba llevaba una camisola de color violeta, de seda. Bastó un gesto para que Anabel se la quitara, suavemente sin quitar la vista de ella.

Alcanzó un pecho, ahora se había puesto de pie, y se reclinó para besarlo. Beba no se movió. Ahora serían los dos pechos y el juego ya no era juego.

Mientras las demás mujeres observaban, ellas se besaban con movimientos suaves, zigzagueando. 

Pero sucedió: ambas mujeres desnudas en la gran alfombra persa, una encima de la otra hicieron el amor. La taza de té de una de ellas se cayó al suelo, la gata sonreía.

Una danza amorosa, perfecta. Los cuerpos excitados.  Comenzó el jadeo.

Sucumbieron a un orgasmo tan grande como un piélago de estrellas.



Sus gemidos ahora eran gritos de placer, una a la otra, y así sucesivamente. Durante dos horas permanecieron en la alfombra repitiendo una y otra vez, salivando, amándose.

Cuando terminaron se volvieron a besar, y se abrazaron: piel con piel, hermosamente, si.



 




Quimeras, nada más.

 

Yo no sé de plagas que musiten,

alrededor de asfódelos.

No sé actuar sobre actos que no quiero,

mejor dormir, dormir (revelar mi yo).

Esperar a las mariposas en verano,

de sus alas tornasoladas del vaivén 

del vuelo, un beso se escapa. (labios que se encuentran, bocas que se besan).


Esperar, esperar, y escuchar una marabunta de elefantes con coche,

todos quieren pasar delante.


Yo no sé de plagas que musiten alrededor

de asfódelos.

De estación en estación en el andén cuatro,

allí estabas, allí se fueron quimeras.



miércoles, 16 de junio de 2021

Quizá un marchito deseo.



Mírame, aquí sospechosamente infeliz,

al esperar un trote, miles de trotes,

se rompió el cordón. Dijeron que fui una loca.

Nada ha pasado por entre las venas que cubre

mi piel. (Quizá un marchito deseo).


Mírame, aquí sospechosamente infeliz,

al querer entender el camino que me tocó.


No sé vivir de otra manera. (Un círculo me rodea).

Cual es mi lugar, preguntas incesantes desde

el vientre.


Arrojarme definitivamente. Deshacerme de piel y huesos.

 



 

La muerte de las mariposas.

 


Naturalmente que iría, iría sin pensarlo. Había que cruzar una distancia corta hasta el faro. 

Sólo es un resfriado, le dijo alguien. De todas formas habrá que visitarle. El farero ya tiene muchos años, vive solo.

María era enfermera del hospital del Santo Espíritu, y se ofreció con placer para ayudar al farero

De modo que una vez llegado al faro, María tocó una campanilla que pendía sobre la puerta de rejas, pasó dos minutos, o tres, y Braulio abrió con una amplia sonrisa, de esas sonrisas que parecen el batir de alas de mariposas. Cojeaba de una pierna: en su juventud un tiburón quiso merendárselo, y le seccionó casi toda la pierna, dejando un muñón. Nunca quiso recomponerlo. Una muleta le acompañó desde entonces.

Con sorpresa, María antes de recorrer el interior del faro, había visto un cello apoyado en un silla de mimbre; Braulio se percató de ello y lo mostró, incluso se lo dio para que pudiese tocar su espléndida madera. De el colgaba una piedra de ámbar y dentro una mariposa blanca solidificada. El cordón que la sujetaba era una tira de cuero envejecido.

Pero yo vine para atenderlo, porque me han dicho que tiene usted un resfriado.


¿Un resfriado?, dijo el farero. Y siguió hablando de ello.

No es nada. Quizás un poco de charla me vendría bien ya tomo miel y té para los refriados. Y mírame no son tan mayor.

A propósito de eso, María, con una pequeña sonrisa le preguntó qué edad tenía.


Pues tengo la edad que quieras, la edad que quiera la vida, los años, la edad que sea cuando toco el cello. Tengo edad, eso es todo, replicó.

También tengo la edad en que Azorín el gran tiburón me arrebató la pierna, volvió a decir.


Pero vamos acompáñame a ver el mundo de forma diferente, subamos hasta arriba. Cuando María vio el esplendor que tenía ante sus ojos creyó que la habían engañado con respecto a su vida, con respecto a todo.

La magnitud de aquello no se podía comparar con nada. 

El horizonte se dibujaba perfectamente. Entre el Cielo y el mar había una complicidad tan fuerte que, incluso elegían el color, los diferentes tonos, cuando el Sol desplegaba sus dedos.

Es un petrolero, dijo Braulio.

María le preguntó que si pasaban frecuentemente por aquello lares.

Claro, si, y barcos de pesca, y chalupas. Yo también tengo una, y me alimento de los pequeños peces: sardinas, chicharros, etc...

Huele a algo que no puedo describir Braulio, puede ser a incienso no se. 

Huele a vida, a mar, a estaciones. Huele a todo, y nada, le dijo el farero.

 

Tomaron té y se quedaron un rato contemplando el Olimpo.


María estuvo en el faro todo el día.

Un concierto de cello para ella, exclusivamente para ella.

El farero apartó la piedra de ámbar con mucha delicadeza y tomó el cello. 

Pasados unos minutos la imagen que creía ver ahora era distinta: un muchacho que, mientras hacía que la música brotara de sus dedos, cerraba los ojos. Un muchacho sin edad, una inspiración desconocida. 

Cuando el farero terminó el concierto siguió con los ojos cerrados, en silencio. Mayestático.

María pudo ver que en la piedra de ámbar no sólo estaba la mariposa, ahora habría una más.

Al despedirse observó que nadie había, y que no pudo abrir la puerta, y que no había mar, ni horizonte, ni Olimpo.

"En en año mil ochocientos noventa se había cerrado el faro después de la muerte de Braulio".








 

Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...