Quiso
ser
no pudo
pero
si,
ahora,
dentro,
muy dentro,
como un patio árabe
Después de que sufriera la picadura de la serpiente encendió un cigarro, y supo que iba a morir. Se alojaba en una casa bonita, quizás algo más lujosa que las que habían alrededor. Acostumbraba a andar con los pies desnudos, con una blusa sin botones y un roído pantalón de manchas oscuras…
Ese día el desayuno se compuso de leche de camella, de albóndigas de pollo, y un poco de queso duro y ácido. Vivió en la aldea veinte años, de los cuales, cinco, estuvo grave a causa de la mordida de un león o leona, nunca lo supo. Celebró muchas navidades con sus amistades, y con una tía loca que visitaba el continente cada vez que se acordaba.
Pero la vida y las circunstancias hicieron que terminara de ese modo. Con el vómito anegando su pecho, con las manos frías, con los ojos de demonio maldiciendo a semejante mala suerte y cabronada.
Ha vuelto de regreso a su tierra, pero ahora es ceniza…
Soy una sombra
errante
un día
cubierta de piel
y huesos
llegué a soñar
cuando descalza
y desnuda
deposité
mi cuerpo
en la arena
negra
Y quise ver
si eran sus huellas
y se me antojó
que eran
ese racimo de uvas
que son sus labios
y su pecho tibio
quise que fuese
mi refugio
Anduve de esquina
en esquina
en las madrugadas
dejé que mi cuerpo
fuera besado
enterito
el alcohol
hizo que fuera
feliz
por un tiempo
Luego más tarde
ya ni me importaba
ir sin bragas
Y vuelvo
a desear...
y vuelvo
He gritado en muchos
silencios
nadie se ha percatado
siquiera yo
Me he escuchado
soy un raro espécimen
a veces debajo de la almohada
dejo lluvia
otras, besos.
Las gotas de sangre acabaron en el vestido. El alfiler se había clavado en la mano profundamente , tanto, que quedó en la superficie la perla irisada.
Dorotea perdió el color de la cara. Perdió el sentido, casi. El tren devoraba árboles, campiñas enteras, y ella apenas si podía levantarse del asiento y caminar por el pasillo para ir al servicio.
El vestido manchado y el rostro sin color. Se abstrajo por unos minutos aguantando aquella tortura de los demonios porque enfrente se hallaba él, lo primero que le había llamado la atención fue su boca, carnosa. Luego recorrió su torso y terminó donde los dioses degustan uvas dulces y llenas de licor.
Renunció estoicamente la decisión de ir al servicio para aliviar el espantoso dolor, porque el alfiler seguía ahí, torturando, anclado a su piel y profundamente hendido.
No lo pensó y ella misma lo arrancó de un tirón, luego la sangre se encaprichó en dibujar en sus muslos: parecía un tatuaje.
Se quedó sentada y abrió las piernas soportando la agonía, pero insistiendo para llamar la atención de él. Y lo consiguió, porque ahora ya no sentía pena alguna, siquiera se acordaba del maldito alfiler. Aquella boca carnosa besó el rio púrpura y la lengua sin riendas se había ido justo al centro y no paró hasta la próxima estación.
Se despidieron. Él, en el andén, ella, sentada, con la perversa sonrisa...
.
Hoy llueve intensamente, llueve sobre los tejados, en la plaza. Llueve en el mar.
La señora de la gabardina verde se ha caído, y se ha dañado las rodillas, que ahora sangran.
La observo desde mi ventana. Llora y se refugia en una marquesina.
Me pregunto quién será, cual es su nombre. Qué vida tiene. ¿Actriz?, ¿Escritora?. Tal vez.
Hoy pretendo escribir un relato pero la inspiración no aparece, seguramente se ha esfumado bajo los corales verdes, donde las hadas.
Pero claro está, que también puede ser la dueña de la tienda de sombreros que está cerca de aquí.
Está decorada con un gusto muy elegante. Hay sombreros de todos los modelos. Sólo para señoras.
Hace unos tres años compré uno. Tiene un lazo azul marino y la cinta a juego alrededor.
Es curioso que una se detenga ante la ventana porque llueve, y se observa el acontecer diario. Aquellas palomas se amontonan alrededor de la mendiga que esconde sus pies debajo de la capa.
El Teide lleva un sombrero. Es por eso que hay tormenta. Envuelto su pico de una gran nube.
Claudine teje y teje. Es una bufanda multicolor. Nada hay que la distraiga, de modo que sigue con la labor. Se refugia debajo del porche, canta una nana. Una y otra vez.
Se me antoja ver cómo caen grandes gotas de agua que son bolas cristalinas, y cuando llegan al piso rebotan. Y así durante largo tiempo.
Tomás toca el piano. Tomás tiene noventa años. Estuve hace mucho tiempo enamorada de él.
Detrás de esa piel arrugada hay otra, y otra, y otra, hasta que como capas de cebolla se puede ver a un joven alto y guapo. Vivió su juventud en otra isla. Fue a la guerra.
La mendiga se ha ido y las palomas también. Pero no deja de llover.
La bufanda de Claudine es cada vez más larga. Ha llegado hasta la marquesina donde la señora que se dañó las rodillas.
Ella también se ha ido.
Un batiburrillo surge en la entrada del edificio, es un grupo de amigos que charlan esto y aquello. Mientras no deje de llover permanecerán ahí.
Suena el teléfono, pero no tengo ganas de atender. Otro día será, me dije.
Me hubiera gustado mucho tenerlo aquí con este maravilloso día de lluvia.
Pero también se fue.
La última vez que nos vimos fue en un viaje que hicimos a París.
Te espero en el andén cuatro, me dijo.
Él es como el día y la noche. Es una barca que navega libre. Es chocolate negro para mi boca. Es un día nublado, la niebla que rodea es él.
Suena el teléfono de nuevo. Ahora si, quizás sea él.
Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...