Siempre

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sábado, 10 de octubre de 2026

Una vez Fridonia.

 







El general Teódulo se había auto proclamado jefe del estado. Atusando el bigote frente al espejo sonreía por el logro alcanzado. La soberbia se le atragantaba desde las entrañas hasta una sonrisa cínica y perversa. Mandó servir la cena: codornices guisadas con naranjas, cestas de hojaldre rellenas de paté de ganso , un buen vino mandado pedir expresamente desde las laderas vinicolas de Larnaca, coñac con solera y puros de la habana.
Luego vendría una de las sirvientas: una muchacha que no pasaba de los dieciocho años y haciendo un gesto de reverencia tuvo que aprobar los antojos de Teodulo, más por no quedar sin pan ni rancho, dado que algún dinero recibía de vez en cuando y que por esa causa sus padres y hermanos tendrían la suerte de calentar sus estómagos, que por tener que despojarse de la bata y el mandil, y dejar que la tomara como si fuese el postre. El general había sobrevivido a la guerra que había dejado a Fridonia en una ruina una hambruna sobrevino a la población: cartillas de racionamiento de alimentos, y lo peor la opresión por medidas políticas que cada día cambiaba a su antojo el general mientras jugaba a las cartas con sus camaradas. Se jugaba no su cuello, que hubiera estado acertado, se jugaba las cabezas de quienes habitaban el país. Si había que fusilar a alguien con la indolencia propia de un dictador, un sicario golpeaba con los nudillos en una puerta cualquiera y se llevaban al primer varón que estuviese dentro. Tan fácil como recorrer la calle hasta el peñasco para darle el disparo certero que reventaría los sesos y si el moribundo aún quedaba con algún hilo de vida se le remataba con otro disparo.
Se ha muerto de unas fiebres decía la viuda cuando los allegados preguntaban por él. Todos sabían, nadie decía nada, las palabras se quedaban dentro como una mala digestión. La rabia contenida y el miedo comulgaban a la par. El olor del muerto impregnado en la ropa que quedó en el hogar era lo único que la viuda tenía como consuelo, porque jamás supo de él y cada noche tenía que morderse los labios para que el chirrido de sus dientes de llanto no se escuchara en el silencio de las madrugadas por las milicias que rondaban después del toque de queda.

Un aire abrasador salía de los pulmones del general cada vez que pensaba, cada vez que se enteraba de que en el país en alguna casa o finca se reunieran los desertores de la opresión y el hambre, y para poder sosegarse pedía los favores de cualquier muchacha de la servidumbre: era de un gusto repugnante por parte del general andar a gatas alrededor de la alcoba y rebuznar con burla como venganza a los que proclamaran la libertad, mientras tanto la muchacha hierática y con frío esperaba los antojos de aquel hombre rechoncho de poca estatura que para aparentar la apariencia de un mandatario regio dejaba que el bigote se explayara encima de su boca como si lo hubiera mandado grabar a fuego, pero soñaba pesadillas a menudo habría los ojos los restregaba por si hubiera sido una alucinación se le hacia un cerco en la habitación cada vez más ancho de rostros pálidos, de cuerpos roídos de palos, de vómitos provocados por la tuberculosis, una amalgama de muertos desfilaban delante del general que ya casi no podía controlar sus sueños. No sabía cómo resolver esa situación que le descomponía los intestinos, y es que no es lo mismo ser general de Fridonia someter a un pueblo con latigazos de miedo, que enfrentarse a sus propios monstruos.

Aún hoy en día se debate en qué lugar poder dejar los restos del que fue el tirano.






jueves, 30 de julio de 2026

Instinto.

 


La ponzoña te hizo enloquecer. Un aterrador grito  salió fuera. Tu  cuerpo aún conservaba los últimos latidos; bebí el  torrente púrpura en un agitar de piernas que querían huir, esa lucha te unía cada vez más a mí helando el recorrido de tus venas que perdían la tibieza.
Átame, me pedías; lo supe por ese instinto que tengo. Tus pensamientos se quedaron en los míos, se acoplaron y la última lágrima tuya cayó en mi pecho agitado por el deseo y desenfreno.
Ese olor que desprendías llegó de lejos mientras anochecía, llegó y se coló dentro en el frío abismo de la oscuridad que había invadido lo que antes fue  una mortal existencia.
Un hilo de vida se resistía, un último palpitar. Aferrada a tu cuello, ocultando mi rostro demoníaco desgarraba la piel devorando la maraña de redes  donde antes fluía la vida.
Mi enfermedad fue tuya  mis siglos se sucedieron con los tuyos. Lo avieso habitó. La voracidad incontrolada condenó lo infecto.




miércoles, 29 de julio de 2026

lunes, 27 de julio de 2026

viernes, 24 de julio de 2026

sábado, 28 de marzo de 2026

Altos vuelos no tan altos.

 





El ramo de Kalanchoes es bamboleado por el aire del ventilador, Agripina parece abstraída y deja que su vista se escape por la ventana, como si se tratara de un estornino que se lanza al vacío en busca de otro lugar, otro, que le proporcione aires nuevos, algo diferente a esas horas de hastío, sobre todo, cuando la tarde se quiebra por las recurrentes  discusiones de Ofelia y Ana…,


Ellas llevan dos décadas juntas, viven justo en la planta de abajo, tienen un loro verde que las remeda continuamente, a veces impresiona, porque pareciera una personita dentro de una jaula parloteando esto o aquello. El loro fue regalo de una de ellas, el día que decidieron unirse para toda la vida, pero jamás habrían pensado que el animalito se regodeara de ambas  de aquella forma tan cínica, tanto, que estaban pensando en darlo en adopción, porque, Babalú, ya había adquirido ese don que tienen algunas personas para increpar, de modo que, cuando la una estaba separada de la otra, él, conseguía con sus burlas atormentar el corazón de cada cual, y esto hacía que terminaran en discusión, y el eco de sus voces chirriaban y se colaban por entre el ventanal, donde seguían los Kalanchoes abatidos, y, donde  Agripina  parecía totalmente anestesiada, seguramente ya habría sobrevolado la ciudad y el río, y podría ser que encontrara una gran bandada de estorninos, sería muy placentero, porque nada hay más hermoso  que poder escapar de entre barrotes.


El timbre hizo que regresara y eso que ya había alcanzado un valle verde, de muchas hojas grandes, tanto, que parecían abanicos gigantes, se habría despedido pues de los demás pájaros y batiendo fuertemente sus alas volvería a la misma habitación, donde los Kalanchoes abatidos se movían ahora si cabe con más fuerza, como cuando un vendaval fustiga un campo de trigo; Agripina atusó sus plumas, dió unas monedas al muchacho de las pizzas, y cerró la puerta de un puntapiés, y pensó en dejar ese viaje para otro momento, ahora, irremediablemente daría buena cuenta a la cena, lógicamente con la letanía de Babalú…


Ya publicado.

domingo, 1 de marzo de 2026

Relatos y Otras Inquietudes: La Llama de Lúmbria-1

Relatos y Otras Inquietudes: La Llama de Lúmbria-1: En el corazón verde de la antigua Galicia , donde la niebla se descuelga como un velo de encaje sobre los bosques y el mar canta viejas canc...

Comparto el blog de Gustavo García Pradillo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Cómo si hubiera sido.

 Yo no hago mas que recordar-te,

en el siglo entero de ayer...
Bajo la luz y la sombra de mi silueta, tú,
eres un pasado que no estabas y eres un presente,
de esos de ahora, de esos de morderse los labios.
Eres un consuelo y desconsuelo por no serte para ti.


Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...