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lunes, 23 de abril de 2018

Alisios



Allá por el año mil novecientos setenta y siete siendo yo una jovencita recuerdo aconteceres gratos, llenos de emociones, de ilusiones, de esas intensas vivencias juveniles que se quedan grabadas para siempre en la memoria, en que, unos dos o tres días en semana unas primas, y yo, solíamos acudir a casa de mi querida abuela Isabel, que residía en un camino llamado las mantecas en el barrio de la Cuesta.
Esta noche pasada soplaron los alisios, de forma diferente, un tintineo de notas musicales se expandían hacia todos sitios. Ese viento amable, mesurado, que acuna como cuando una se adentra en un mar calmo y se deja llevar y abrazar, un viento que sacude una alfombra de vivencias, y dado el caso, quiero contar lo acontecido ese año en que aún pensaba que el mundo era aquel camino de las mantecas. Dado que la orografía de mi tierra hace que abunden múltiples pendientes naturales, el camino era una de esas pendientes, pero aunque hoy en día ha cambiado notablemente, aún sigue teniendo la magia que al menos, a mi me producía el recorrerlo hasta la casa de mi abuela. Por aquel entonces, los cipreses adornaban todo el trayecto, era una magnificencia contemplarlos, y cuando los alisios soplaban en épocas de primavera y verano se les podía ver mecerse arropados unos a otros, como si en verdad dieran la bienvenida, como verdaderos anfitriones. Las casitas pintadas de colores, algunas con terrazas y sus balaustradas, y portones lucían sobre todo por la mañana con ese color ocre que da el sol en su despertar, impregnando fachadas y azoteas de esa maravillosa luz de dioses.
El olor a café recién tostado y aquella cocina chiquita y limpia, y con encajes en las baldas como adorno, y el caldero al fuego con el potaje guisándose lentamente, sin prisas, como cuando una se detiene para observar aquella nube que se aleja adormecida por las corrientes. Todo en aquella casa era magia, los geranios en la azotea, los peldaños de la escalera con soportes y jazmines en ellos, Ver a mi abuela en la cocina con su mandil de cuadros, sus ojos verdes, su piel oliva, su pelo negro intensamente negro. Siquiera se le podía escuchar caminar por las habitaciones, o por el patio, con un guayabero espléndido, siquiera ahí, cuando delicadamente quitaba las hojas secas y daba la vuelta a la fruta por ver si ya maduraba, era tan sumamente silenciosa, sin prisas, un caminar de leve paso, tanto que a mi me parecía que casi ni rozaba la baldosa.

Una se va a la cama con ese dulce recuerdo y también se deja mecer al escuchar el viento alisio, cariñoso, dulzón como un vino de brumas de ayosa…


Aún en el desastre que causa un bombardeo en una ciudad matando personas, quemando casas, destripando ilusiones, aún con tanto dolor, pue...