miércoles, 18 de agosto de 2021

Al otro lado de la ventana

 



Llegué a casa casi a media noche cuando los gatos duermen y los mirlos se acurrucan en las ramas del drago, y el algún cardón...

Un punta pies y la puerta ya estaba cerrada. Pero aunque ya me había deshecho de esos malditos y preciosos tacones, aún quedaba la falda de tubo y la blusa con lazada, y las medias. Y las ganas locas de una ducha caliente, una ducha de esas que acarician cada centímetro de la piel y se hace un río que lame el rostro, y casi fustiga la cintura, la espalda, los muslos y más...

Borracha de todo me vine, me vine con las ganas de alguien que no quiere desaprovechar siquiera un instante de loca vida; de parlotear esto o aquello. Una copa, otra, una mirada, otra.

Me senté y las medias se deslizaron como cuando las gotas del rocío recorren la hoja, verde, húmeda... acariciando, y cayendo al suelo, hasta posarse en la baldosa perlada de cuadros negros...

Recogí mi pelo con algunas horquillas, luego bajé la cremallera de la falda, veinte centímetros de cremallera roja: se quedó en el diván lleno de lentejuelas, unas blancas, otras negras. Abrí las piernas y bostecé, el cansancio ya me podía, igual que me podían las copas, el humo, el ruido, la música de aquel saxo; y sus labios, gruesos, y su mueca, provocativa, qué manera de hacer música, más que música diría yo.

Quise terminar de desnudarme, tenía ganas de dormir, de relajarme, el corazón aún palpitaba, inquieto.

Casi me arranqué la blusa, salió volando por la habitación y graciosamente quedó en la esquina de la ventana, me pareció una bandera ondeando, me hizo gracia, sonreí, pero el hipo me provocó una tos absurda, tomé agua.

Luego me tumbé en el diván, qué gusto! Qué paz!... descolgué una pierna, y la otra, en lo alto del sillón. Volví a bostezar. Un mosquito revoloteó y se pegó en uno de mis pechos, me picó, dios si me picó! Pero le di tos tortas y fue peor , porque me la pillé de lleno, y grité, tanto que la luz de la ventana de al lado se encendió, la cortina estaba echada y pude verlo, al vecino, sonriente, lascivo, con una mueca en sus labios para nada despreciable...















Faltan sombreros rojos

 


Hoy crucé el puente que va al centro, a la calle del Castillo. Una mañana soleada a pesar de la lluvia del día anterior. El barranco de Santos con tantos años a cuesta queriendo llegar al mar, pero le cortaron el camino…

La torre de la Concepción inalterable. Las callejuelas, los transeúntes, el tranvía… El parque del Príncipe llenito de palomas y gente cansada, sentada en las viejas sillas de madera roídas por el tiempo. Gente sin sonrisa, gente callada… Gente triste, gente soberbia. El puerto con los grandes cruceros, descienden turistas ávidos de conocer la isla, copan la calle en poco tiempo, la calle principal, después de haber cruzado la Plaza de España.

Las persianas se recogen para que entre la luz de la mañana, los mirlos picotean esto y aquello.

Aquella dependienta sale al la calle para encender un cigarrillo, el humo hace giros y quién sabe donde terminará, si difumina en el aire, seguramente, si, seguro.

Pero ese gris de la gente no termina de convencerme. El gris de sus ojos, el gris de sus labios, el gris de sus pasos en las calles empedradas.

¡Ay!, y esas montañas que quedan atrás, qué hermoso paisaje.

Quien las hubiera visto sin barreras, sin los edificios sesgando su belleza milenaria …

Pero todo sigue igual: gris, un gris marengo para mejor definición. Los susurros de algunos transeúntes se escapan volátiles: que si tengo que comprarme un móvil nuevo, que si tengo que comprarme unas botas altas; que si la peluquería; que si tenemos que llamarnos más a menudo. Sería bueno organizar aquella excursión que teníamos pendiente, eso dijeron un grupo de amigos en la otra esquina de la calle .Habría que ver qué aparente entusiasmo había en aquellas palabras; pero todo queda relegado a otro momento, en otra ocasión, como si la vida se prolongara más allá de los años. Balbuceos aquí, allá. Felicitaciones por algún cumpleaños en lo alto de aquella tasca. El zigzagueo de un chiquillo con sus patines calle abajo, probablemente se dirige al colegio.

El policía comprueba si el mendigo se ha dormido para siempre lo mueve con el pie, por ver si respira, por ver si abre los ojos; la boca reseca, los labios partidos, la fiebre de la noche, las manos sucias.¿ Pero y los demás? Esas personas que suben y bajan la calle aún duermen, apenas si parpadean, buscan un café que les quite el bostezo… Trajeados unos, otros con sencilla vestimenta, pero el color no llega a ninguno. Sigue ese gris tan triste. Vuelvo tras mis pasos y de nuevo el puente, ahora veo los viandantes de frente, musitando algo, con prisas, sin mirar a nada, recluidos un día más en la calle, en el mundo que conocen, en el que quizás crean que están a salvo.


Y yo me pregunto ¿Dónde están los sombreros rojos? La libertad se pasea desnuda, y sólo un sombrero rojo puede cubrir la cabeza, por aquello del sol…







Sueños destruidos.

 

La luz del día entraba por el ventanal y también recorrió el pelo, ya suelto, ya libre, como si fuesen nidos de golondrinas en cada tirabuzón. Pero la lluvia de lágrimas se habían desbordado como un río caudaloso, sin medida, sin freno, hasta quedar dormida sobre la colcha de patchwork. . Aquella fiesta la había esperado unos meses antes, estaba segura de poder asistir, incluso ya tenía el regalo, un bello lienzo  que ella misma habría pintado con delicadas maneras, con entusiasmo e ilusión. Acostumbraba cuando empezaba un cuadro cerrar persianas y puertas, solo la música habría de escucharse, como cuando se hace un silencio apacible, como si hablaran las hadas. En este caso Schubert sería su inspiración, un agradable columpiarse debajo de un sauce, melodía de dioses.


Una ducha había emborronado el maquillaje, mojado el pelo, una ducha caliente, y después dejarse caer y quedarse con la cabeza gacha, gimoteando aún.


Antes de quedarse rendida y postrada en la cama, sucedió todo eso. La marchita tarde que cubrió de gris el esplendor de ella, el vestido que habría rasgado con unas tijeras, y dos horas antes relucía en la percha cubierto de tul, de flores, de primavera...

Los mitones se quedaron por el camino, apenas se había alejado de la casa, cuando supo que ya no habría sol. No germinarían los sueños, no habría agua para dar de beber a los camellos en un desierto, la tierra agonizaría, el día sería noche, tan noche como la eternidad. Y es que es tan cruel la vida a veces, las perspectivas ya no serían las mismas al contemplar uno de sus lienzos. La ceguera habría irrumpido igual que un dragón lazando llamaradas de fuego, destruyendo los sueños...

De esos momentos en que la veneración es la protagonista.

 

Discretamente quitaba el papel a los regalos, (Un momento convulso, una inmediatez sin medida alguna), aquella medallita plateada, con el signo del zodiaco, la llevaría puesta una infinidad de años, incluso, poco antes de haber cumplido los cuarenta, la habría dejado a buen recaudo, en un pequeño cofre. Igual con los libros, todos apilados. Con la veneración absoluta hacia ellos, folios y folios donde se descubría el sentido de la vida, el pensamiento puro, la transcendencia de los hechos, a quien los tuviera en sus manos, en cualquier parque, en una biblioteca. En la propia cama antes de dormir.

De modo que plegaba el papel como si se tratara de un mantel. A veces los dejaba en alguna estantería, o los guardaba en algún cajón. Por el mero hecho de saber que no se habían roto, que las flores pintadas seguirían ahí, algunos, parecían lienzos, con una belleza personal, como un cuadro de Monet.

Por lo tanto era incapaz de destruir la belleza, siquiera una mosca habría de caer en sus manos para morir…
















Ya no habrá sol


Por mucho que se empeñó en querer asistir a la fiesta de cumpleaños, por mucho que se había acicalado, la magia se había roto, como un frenazo en seco de un coche a punto de estallarse contra un muro. De modo que regresó a la habitación, no sin antes haber llorado como una niña y haber pateado la arena negra de la playa de Duque.


Se quitó el vestido, que se había arrastrado y dejado un surco en el mismo borde, donde iban y venían las olas. Estrepitosas olas, encadenadas olas. Llevaba un bonito recogido, que atado con horquillas y un adorno de plumas, realzaba su cabellera negra...

martes, 17 de agosto de 2021

Morenita con manitas de pequeñas palomas.

 


Puedo verla, en cierto modo es como si me hubiera trasladado a esa época, y en verdad así lo siento. Yo estoy al lado de la niña y la observo, es una criatura preciosa.

Lleva ropa que le queda bastante larga, el faldón hasta los tobillos, una sombrera enorme que le cubre el rostro, casi. Permanece arrodillada afanada en recoger los tomates de las ramas. Es tan chiquita. La miro con dulzura, con complacencia. Alguien se pasea alrededor de la niña, es el capataz. Con un solo gesto de él, la niña se acomoda mejor y recoge como puede más rápido los tomates, sus manitas ahora parecen pequeñas palomas revoloteando entre las matas, no tiene dediles, en casa, esta vez no hay trapos para esos menesteres, por lo tanto, a medida que pasa el día, se van enrojeciendo, su boquita se seca y bebe agua, tiene al lado un porrón que comparte con unas cinco niñas más.

Quiero abrazarla, quiero acogerla en mi pecho, qué lástima tan chiquita y trabajando.

Ahora el capataz se aleja, la niña mira los tomates con desconsuelo, tiene hambre.

Vamos coge uno, le digo susurrándole al oído, como si en verdad me hubiera escuchado así lo hizo, y debajo de la sombrera y con la cabeza gacha para que nadie la pudiera ver se comió el tomate, vamos coge otro! Volví a susurrarle, jaja es curioso, es como si en verdad me escuchara. Luego tomó agua como pudo porque el porrón pesaba demasiado, refrescó su carita los ojitos negros miraban a un lado y al otro por si volvía el aguilucho. La noche anterior su mamá le había curado unas pupas, y llevaba una venda alrededor de su tobillo. Una alimentación tan escasa provocaba en la niña esas incómodas erupciones., pero eran tiempos de pos guerra y pocos alimentos entraban en la isla y mucho costaba cosechar, y poco para los más pobres.

Ay pero que bonita es, me dije, mientras la veía con sacrificio hacer el trabajo de mayores, y pensar que en un futuro será mi madre...





Si supieras.

 



Al pasar el tiempo en esta tarde tranquila que a lo lejos se divisa la gran montaña, un volcán descarado, altivo, hermoso, he querido escribirte una carta, esta carta que reposa en el buró, como cuando los besos se incendiaban para luego dormir en nuestros labios. He querido hablarte, si, hablarte de esta manera y llenar el folio de pespuntes, de esos que parecen hilos perfectamente hilvanados, he querido incluso mejorar la letra, y que ninguna palabra para ti se salga de ningún renglón. Todo perfecto, inmaculado, como cuando se ve el ave circundar el cielo, mi cielo, tu cielo.

Si supieras que cuando nos despedimos dijiste que habías perdido tu reloj de pulsera, pero que ya habías comprado otro, pues fui yo aquella mañana calurosa, cuando ambos dejamos la habitación. Momentos antes lo había cogido, y guardado en mi bolso, ahora lo tengo justo al lado mientras te hablo con letras e imagino tu sonrisa tus manos, todo tú. Late igual que tu corazón: acompasado, delicadamente tú.


Nunca más supimos el uno del otro, pero el recuerdo se hace un jardín de magnolias, un lago cristalino, el devenir de aquellos días calurosos como el de esta tarde que perpetúa si cabe aún más lo que se quedó. Se quedó un propósito.

Quedaron aquellas noches de sosiego al dormir abrazados, exhaustos al no dejar ni un milímetro de nuestra piel sin acariciar, sin besar, si beber. No hubo lágrimas al despedirnos, no hizo falta, solo bastaba con habernos tenido unos días que fue una vida entera: dicen que en el cielo una vida entera es un pestañeo, ay, pero que me estoy poniendo romántica, y pienso que sigo siendo aquella joven de ayer, esta tarde soy la muchacha descalza soy un pozo de ilusiones, y al pensarte te vienes, te vienes derrochando ese perfume que me atrajo: el de tus ojos mirándome, tus zapatos tan limpios y tu pelo perfectamente peinado, ¿Qué pensabas, que yo no había reparado en ti?.

El espejo de enfrente me devuelve a la realidad, pero qué importa eso ahora. Igual estarás tú pintado de canas el cabello, pero con la misma sonrisa perturbadora de entonces. No sabes cuantas veces he dibujado tus labios al pensarte, al pasear por puente de madera que crujía de los miles de pasos de transeúntes. Dicen que se a apolillado, pero aún sostiene las prisas o las pausa de quienes lo transitan, a mi me sigue gustando porque debajo fluye el río que fuimos amándonos cada día.



Me pregunto qué será de tus días, probablemente seas feliz, igual que yo. Tendrás una familia que te quiere, igual que yo. Después de todo tenía que ser de esa manera.

Por aquel entonces el ruido éramos los dos. El viento y la lluvia éramos los dos.

Los trenes éramos solo tú y yo abrazados en el vaivén y al despertar una estación, una vía donde no había nadie, solo el rastro de nuestros pasos en el andén.

Tengo un café humeante justo al lado de tu reloj, lo dejo adrede por ver cómo se extingue el calor que desprende, el olor, el reguero de partícula aromatizando la habitación. Es tan confortable tenerte aquí, a mi lado, en mis letras, en tu reloj; en el café que tomábamos mientras reíamos, sorbo a sorbo, como cuando tumbados en el colchón al paladear la esencia de dos: arribándonos en el mismo puerto el de dos cuerpos temblorosos con el sudor en la frente de amarnos.


Gratamente volví contigo en cada renglón y tu conmigo hasta el final del papel. Sería injusto dejar de darte la mano, que te alejes y te pierdas detrás de aquel horizonte. No lo voy a permitir. Sería una traición de verbos conjugados en el candor de la hierba, y tu nombre, porque todo fue a propósito de todo.


Con las prisas de hoy en día se me había olvidado tenerte también con aquel vino rojo: verte con los ojos brillantes de juventud. Se me olvidó el chocolate de tus dedos recorrer mi piel.


Quizás ni llegues a leer mis letras, pero fíjate que esta tarde se me antojó volverte a ver...




Sé un lobo, sé un terremoto que deja huella.


Sé un lobo. 

La fuerza

La lucha por sobrevivir

en este mundo adverso.

Sé un guerrero

defendiendo tu casa.

Sé un río de aguas mansas,

de aguas turbulentas.


Sé ahogo por llorar lágrimas,

que se derraman hasta tus labios,

y recorren el curso de tu cuello.

Sé carcajada: explota como confetis.


Sé la fortuna de unos, la humildad de otros,

el espejo en que cada mañana,

ves la realidad de ti.

No rompas el pasado,

vive siempre

hasta el día de mudar la piel.


¿Dónde has encontrado eso?


¿Eso?.


Si, eso.


Creo que es un poema, o tal vez una reflexión.

A mi no me gusta, dijo.


Bueno siempre hay algo que se agradable.







 

Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...