Siempre

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miércoles, 4 de noviembre de 2026

domingo, 1 de noviembre de 2026

Ayer.

  

Ayer una bandada de pájaros

dejaron ciega a la Luna,

y los nenúfares en el lago

y los juncos, se durmieron

para siempre.

 

Ayer una bandada de pájaros

dejaron huellas, dentro, en mi corazón,

y los recuerdos volvieron,

lapidando lágrimas.

 

Ayer prometí mi ausencia

mi tan querida y amada ausencia,

¿Dónde se esconde lo que fui?.

 

 

 

sábado, 10 de octubre de 2026

Una vez Fridonia.

 







El general Teódulo se había auto proclamado jefe del estado. Atusando el bigote frente al espejo sonreía por el logro alcanzado. La soberbia se le atragantaba desde las entrañas hasta una sonrisa cínica y perversa. Mandó servir la cena: codornices guisadas con naranjas, cestas de hojaldre rellenas de paté de ganso , un buen vino mandado pedir expresamente desde las laderas vinicolas de Larnaca, coñac con solera y puros de la habana.
Luego vendría una de las sirvientas: una muchacha que no pasaba de los dieciocho años y haciendo un gesto de reverencia tuvo que aprobar los antojos de Teodulo, más por no quedar sin pan ni rancho, dado que algún dinero recibía de vez en cuando y que por esa causa sus padres y hermanos tendrían la suerte de calentar sus estómagos, que por tener que despojarse de la bata y el mandil, y dejar que la tomara como si fuese el postre. El general había sobrevivido a la guerra que había dejado a Fridonia en una ruina una hambruna sobrevino a la población: cartillas de racionamiento de alimentos, y lo peor la opresión por medidas políticas que cada día cambiaba a su antojo el general mientras jugaba a las cartas con sus camaradas. Se jugaba no su cuello, que hubiera estado acertado, se jugaba las cabezas de quienes habitaban el país. Si había que fusilar a alguien con la indolencia propia de un dictador, un sicario golpeaba con los nudillos en una puerta cualquiera y se llevaban al primer varón que estuviese dentro. Tan fácil como recorrer la calle hasta el peñasco para darle el disparo certero que reventaría los sesos y si el moribundo aún quedaba con algún hilo de vida se le remataba con otro disparo.
Se ha muerto de unas fiebres decía la viuda cuando los allegados preguntaban por él. Todos sabían, nadie decía nada, las palabras se quedaban dentro como una mala digestión. La rabia contenida y el miedo comulgaban a la par. El olor del muerto impregnado en la ropa que quedó en el hogar era lo único que la viuda tenía como consuelo, porque jamás supo de él y cada noche tenía que morderse los labios para que el chirrido de sus dientes de llanto no se escuchara en el silencio de las madrugadas por las milicias que rondaban después del toque de queda.

Un aire abrasador salía de los pulmones del general cada vez que pensaba, cada vez que se enteraba de que en el país en alguna casa o finca se reunieran los desertores de la opresión y el hambre, y para poder sosegarse pedía los favores de cualquier muchacha de la servidumbre: era de un gusto repugnante por parte del general andar a gatas alrededor de la alcoba y rebuznar con burla como venganza a los que proclamaran la libertad, mientras tanto la muchacha hierática y con frío esperaba los antojos de aquel hombre rechoncho de poca estatura que para aparentar la apariencia de un mandatario regio dejaba que el bigote se explayara encima de su boca como si lo hubiera mandado grabar a fuego, pero soñaba pesadillas a menudo habría los ojos los restregaba por si hubiera sido una alucinación se le hacia un cerco en la habitación cada vez más ancho de rostros pálidos, de cuerpos roídos de palos, de vómitos provocados por la tuberculosis, una amalgama de muertos desfilaban delante del general que ya casi no podía controlar sus sueños. No sabía cómo resolver esa situación que le descomponía los intestinos, y es que no es lo mismo ser general de Fridonia someter a un pueblo con latigazos de miedo, que enfrentarse a sus propios monstruos.

Aún hoy en día se debate en qué lugar poder dejar los restos del que fue el tirano.






jueves, 30 de julio de 2026

Instinto.

 


La ponzoña te hizo enloquecer. Un aterrador grito  salió fuera. Tu  cuerpo aún conservaba los últimos latidos; bebí el  torrente púrpura en un agitar de piernas que querían huir, esa lucha te unía cada vez más a mí helando el recorrido de tus venas que perdían la tibieza.
Átame, me pedías; lo supe por ese instinto que tengo. Tus pensamientos se quedaron en los míos, se acoplaron y la última lágrima tuya cayó en mi pecho agitado por el deseo y desenfreno.
Ese olor que desprendías llegó de lejos mientras anochecía, llegó y se coló dentro en el frío abismo de la oscuridad que había invadido lo que antes fue  una mortal existencia.
Un hilo de vida se resistía, un último palpitar. Aferrada a tu cuello, ocultando mi rostro demoníaco desgarraba la piel devorando la maraña de redes  donde antes fluía la vida.
Mi enfermedad fue tuya  mis siglos se sucedieron con los tuyos. Lo avieso habitó. La voracidad incontrolada condenó lo infecto.




miércoles, 29 de julio de 2026

lunes, 27 de julio de 2026

viernes, 24 de julio de 2026

sábado, 28 de marzo de 2026

Altos vuelos no tan altos.

 





El ramo de Kalanchoes es bamboleado por el aire del ventilador, Agripina parece abstraída y deja que su vista se escape por la ventana, como si se tratara de un estornino que se lanza al vacío en busca de otro lugar, otro, que le proporcione aires nuevos, algo diferente a esas horas de hastío, sobre todo, cuando la tarde se quiebra por las recurrentes  discusiones de Ofelia y Ana…,


Ellas llevan dos décadas juntas, viven justo en la planta de abajo, tienen un loro verde que las remeda continuamente, a veces impresiona, porque pareciera una personita dentro de una jaula parloteando esto o aquello. El loro fue regalo de una de ellas, el día que decidieron unirse para toda la vida, pero jamás habrían pensado que el animalito se regodeara de ambas  de aquella forma tan cínica, tanto, que estaban pensando en darlo en adopción, porque, Babalú, ya había adquirido ese don que tienen algunas personas para increpar, de modo que, cuando la una estaba separada de la otra, él, conseguía con sus burlas atormentar el corazón de cada cual, y esto hacía que terminaran en discusión, y el eco de sus voces chirriaban y se colaban por entre el ventanal, donde seguían los Kalanchoes abatidos, y, donde  Agripina  parecía totalmente anestesiada, seguramente ya habría sobrevolado la ciudad y el río, y podría ser que encontrara una gran bandada de estorninos, sería muy placentero, porque nada hay más hermoso  que poder escapar de entre barrotes.


El timbre hizo que regresara y eso que ya había alcanzado un valle verde, de muchas hojas grandes, tanto, que parecían abanicos gigantes, se habría despedido pues de los demás pájaros y batiendo fuertemente sus alas volvería a la misma habitación, donde los Kalanchoes abatidos se movían ahora si cabe con más fuerza, como cuando un vendaval fustiga un campo de trigo; Agripina atusó sus plumas, dió unas monedas al muchacho de las pizzas, y cerró la puerta de un puntapiés, y pensó en dejar ese viaje para otro momento, ahora, irremediablemente daría buena cuenta a la cena, lógicamente con la letanía de Babalú…


Ya publicado.

domingo, 1 de marzo de 2026

Relatos y Otras Inquietudes: La Llama de Lúmbria-1

Relatos y Otras Inquietudes: La Llama de Lúmbria-1: En el corazón verde de la antigua Galicia , donde la niebla se descuelga como un velo de encaje sobre los bosques y el mar canta viejas canc...

Comparto el blog de Gustavo García Pradillo.

domingo, 1 de febrero de 2026

Cómo si hubiera sido.

 Yo no hago mas que recordar-te,

en el siglo entero de ayer...
Bajo la luz y la sombra de mi silueta, tú,
eres un pasado que no estabas y eres un presente,
de esos de ahora, de esos de morderse los labios.
Eres un consuelo y desconsuelo por no serte para ti.


domingo, 20 de julio de 2025

De mis noches

  


Llegué a casa a media noche, los gatos paseaban por el tejado y los mirlos se acurrucan en las ramas del drago, y el algún cardón...

Un punta pies y la puerta ya estaba cerrada. Pero aunque ya me había deshecho de esos malditos y preciosos tacones, aún quedaba la falda de tubo y la blusa con lazada, y las medias. Y las ganas locas de una ducha caliente, una ducha de esas que acarician cada centímetro de la piel y se hace un río que lame el rostro, y casi fustiga la cintura, la espalda, los muslos y más.

Borracha de todo me vine, me vine con las ganas de alguien que no quiere desaprovechar siquiera un instante de loca vida, de parlotear esto o aquello. Una copa, otra, una mirada, otra. Un gesto...

Me senté y las medias se deslizaron como cuando las gotas del rocío recorren la hoja, verde, húmeda acariciando, y cayendo al suelo, hasta posarse en la baldosa perlada de cuadros negros...

Recogí mi pelo con algunas horquillas, luego bajé la cremallera de la falda, veinte centímetros de cremallera roja: se quedó en el diván llena de lentejuelas, unas blancas, otras negras. Abrí las piernas y bostecé, el cansancio ya me podía, igual que me podían las copas, el humo, el ruido, la música de aquel saxo y sus labios, gruesos, y su mueca provocativa, qué manera de hacer música, más que música diría yo.

Quise terminar de desnudarme, tenía ganas de dormir, de relajarme, el corazón aún palpitaba, inquieto.

Casi me arranqué la blusa, salió volando por la habitación y graciosamente quedó en la esquina de la ventana, me pareció una bandera ondeando. Me hizo gracia, sonreí. Pero el hipo me provocó una tos absurda, tomé agua.

Luego me tumbé en el diván, qué gusto! Qué paz!... descolgué una pierna, y la otra, en lo alto del sillón. Volví a bostezar. Un mosquito revoloteó y se pegó en uno de mis pechos, me picó, !dios si me picó! Pero le di tos tortas y fue peor , porque me la pillé de lleno, y grité, tanto que la luz de la ventana de al lado se encendió, la cortina estaba echada y pude verlo, al vecino, sonriente, lascivo, con una mueca en sus labios para nada despreciable...














martes, 7 de enero de 2025

Deletreame

 


Podría ser selectiva pero no es el caso. Yo me he ungido de ti con un Suntory entre mis piernas hasta que decidas. De modo que tienes el camino solo para ti. Me puedes encontrar en el tejado; columpiándome entre nubes, o en el mismo infierno. Deletréame, bebe, languidece. Hazme un murmullo o la reina del Olimpo, pero hazlo. A golpe de ese jarabe tuyo que se derrama entre mis piernas que tiemblan al verte venir apurando el whisky, lamiendo heridas; hazme volver al dorado.



sábado, 14 de diciembre de 2024

Del arrabal a la Luna

   

Cuando cae la tarde y el cansancio del día pesa como una manta de lana sobre los hombros de hombres y mujeres, y los niños ya están dormidos por el mecer de unos brazos, con las barriguitas medio llenas, se arremolinan junto al fuego los que han cumplido un día más con el trabajo. Se los lleva una luna gigante a soñar, y soñando se habla de la jornada, y se habla de los hermanos que dejaron atrás en otras tierras. Del puchero en que todos comen, con pan duro, y unas risas, y unos llantos; supura la remembranza un gusano que se arrastra por entre los pies de cada uno, y al acecho están de que nos les perfore las tripas, porque otra cosa no, pero hambre, si. Se miran a los ojos ¿Quién contará una historia? Dijo alguien con un mendrugo pegado a la boca. Se frotan las manos, se acomodan y una vez acabado el puchero, un cigarro humea y parece  una centella al reflejo de la hoguera; niña termina de amamantar a la criatura, le dice el joven esposo, y que duerma como un bendito, que ahora viene la historia y vente conmigo junto a la llama., y si te duermes mejor será, que ya basta por hoy las horas de servir.
Insisten y empieza la obra, una historia para sosegar el cansancio, para provocar el sueño: Antonino dice que las lunas a veces son traicioneras, porque aún con su luz blanca matan los sueños y también asesinas porque han matado al sol. Igual son las rosas, que engañosas muestran espinas. Mientras tanto se hilan palabras, se hilan , y durante velada crecen esperanzas. Pero suena un Tango, alguien con un bandoneón remendado, hace que baile la noche, la noche con perlas adornadas, con luces de la otra ciudad que tienen delante. Y unos jóvenes bailan abrazados a la esperanza, abrazados a sus tibios cuerpos, y relucen los rostros, y gira la vida, y vuelve un nuevo día de tangos, de trabajo duro, de olvidar por unas horas que allá se quedan las tierras, que un día dejaron porque se les secaba el alma, y la piel, de un caldo que no quitaba ni el hambre ni las lágrimas…

Reeditado.

sábado, 30 de noviembre de 2024

Las tardes.

 


 En la azotea tenía plantados preciosos geranios. Si sobraba algún espacio, menta y perejil.


La luz del sol por la ventana al mediodía se reflejaba en el techo; me quedaba despierta contemplando el carrusel de luces recorriendo la habitación medio en penumbra.

Los martes, y miércoles el pastor visitaba la casa, y la oración culmina las tardes.

No hay día en que no recuerde aquel entrañable hogar. Cierro los ojos, y contemplo   la cajita donde sigue su sonrisa.


lunes, 18 de noviembre de 2024

Mar en calma.

  


El constante goteo del grifo, el gorrión que se adentra por la ventana haciendo que el entablillado de la cortina se bambolee, hizo que despertara de un sueño emborronado, como cuando alguien se arrepiente y con un trapo hace desaparecer lo que quizás era algo bello.


Los interminables días en que parecía que la lepra se había instaurado en ellos, provocaron que esos dos días estuviera en su habitación, dormida, soñando: aquel mirlo y los dulces días de infancia en el prado con un sauce en medio. Los envidiables dulces por navidad.

Los besos y la protección en aquel hogar amable de olores inolvidables, el tic, tac del reloj de cuco, los pasos de mamá en la azotea con el mimbre de la ropa, que al deslizarse parecía música de dioses.


De modo que el goteo seguía y el gorrión estaba en la lacena.

Sonrió al verlo y dio dos pasos por si podía cogerlo en sus manos.


El panzón se dejó y las miradas se cruzaron. Un momento glorioso.


Tomó café y él las migas de pan, que aún se repartían sobre el hule.


¿De dónde vienes?, dijo.


De aquellas montañas donde la fronda, respondió.


-Pero eres muy chiquito para volar durante tanto rato-


Soy un Principe que ha venido para ayudarte-


Oh, pero qué hablas me mientes?.


No, dijo.


¿Cómo sabes que necesito ayuda?.



-Los Príncipes sabemos todo-


Pero los Príncipes reinan-


Yo, no.


Ya te dije que quiero ayudarte, no reinar-


Se giró porque el goteo era incesante y le molestaba mucho. (la medicación ayudaba, pero no tanto).



“La oscura espera.

De gotas incesantes

resbalando por entre

los pliegues de la piel.

…………...




Y cómo suena tu nombre

detrás de aquel océano,

como si de rugido de volcán

como si de relámpagos,

como si de huracanes.



¿Para qué espero si no vienes?


Los días se esfuman

bajo el tremar del volcán.


………………………………..





Y se volvió para seguir hablando con el panzon.


Pero no estaba.


El incesante goteo: chuiks, chuiks.


Regresó a los sueños: me gusta así, dijo la niña.(gofio con leche).


El columpio en el sauce, las golondrinas revoloteando en aquel cielo limpio, azul, de ocre al atardecer.


El olor a café recién tostado, las placenteras tardes en el terrazo con los primos, los hermanos.


El columpio que la llevaba al cielo, una y, otra vez.


Pero nunca se despertó.









Ballade pour Sophie

Ballade pour Sophie

Se habían despedido el mismo día en que se encontraron, solo que, ninguno de ellos lo sabría hasta pasado unos años, en que, l...