jueves, 31 de octubre de 2013

Irene



En la habitación  un silencio sordo, en la cama postrada, ella, con su calidez. Entre sus pálidas manos lleva un rosario perlado, que alguien unos minutos antes había confiado.

Unos suspiran, otros lloran y, la luz de los cirios en la blanca pared  dibuja volubles siluetas angelicales. Fuera de la estancia, a través de la ventana vestida de tules negros, el decrepitar de las ramas del olmo blanco que arremete contra el ventanal como si quisiera entrar en la alcoba y, arropar con sus hojas el cuerpo inerte.
Ella, era la primavera, la mujer alegre, templada, que dejo mecer en brazos amorosos su cuerpo candente, vivo, tierno. Esa noche, esa misma tenebrosa hora, Irene  exhaló su último aliento, el viento cesó y  un perfume a lirios  inundo la estancia. Había muerto la mujer y se incorporó el ángel, que sutilmente se alejó y  allí quedaron los avenidos  rezando plegarias, sin saber que Irene se había convertido en lo más precioso, en el más bello y  sereno ser.

¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de...