sábado, 24 de octubre de 2020

Pececillos fuera de la pecera


Algunas personas tienen peceras con peces dentro.

Alguna que otra vez me han dado ganas de cogerlos uno, a uno para liberarlos. Dejarlos en un pequeño lago o un río, no sé quizás me equivoque y no se adapten y mueran. Es curioso de qué modo nos acostumbramos a las jaulas. 


Esta noche es sábado y tengo ganas de divertirme.

Creo que me daré una ducha, arreglaré mi pelo. 

Maquillaré mi rostro, algo sencillo, pero que quede perfecto, eso me gusta.


Hace un rato unos amigos avisaron mediante whatsapp que me esperan en el lugar de siempre, en casa de Rizo.


Unos días atrás me he tatuado unas alas negras en una nalga, me gusta. Es un tatuaje pequeño.


Me falta coger un abrigo rosa chicle, y un bolso de tela con farolillos dibujados.


La noche está algo húmeda pero eso no impide en absoluto que tome un taxi , siquiera me importa si llueve más tarde, más tarde también sucederán más cosas.


Es un placer inmenso e intenso llegar justo a la hora bruja. 


Verlos esperándome. Las bebidas preparadas. El blues resonando en las paredes. De modo que en alusión a los pececillos creo que si, que la próxima vez que tenga la pecera delante mío los cojo uno, por uno y me los llevo en una bolsa con agua y ya veré, el caso es que sean libres.


¿Tienes hambre? Me preguntó Rizo.


Claro que si, pero primero me traes un whisky seco por favor, y cigarrillos.


Y llovió, y mucho.

 

jueves, 22 de octubre de 2020

Blues tóxico

 


En ocasiones tuve la idea del suicidio. Fue en la adolescencia. Ahora me jor me muero normalmente, o con lo que me de la gana.


Ahora sopla viento del suroeste. Ha llovido un poco.

Tengo los labios manchados de chocolate, en tardes lluviosas me gusta comerlo. Degustar en mi boca su sabor. Todo de el. 


Si llegaras ahora daríamos una vuelta en el tio vivo. 

Nos empalagamos los labios de algodones de azúcar.


Tú ríes por mis cosas, por el modo en que hablo, por el modo en que camino y bailo. Pero cuando estoy sobre ti callas y te muerdes los labios. 

Ahora llueve más fuerte. Quizás la próxima vez me vuelvas a buscar. Estaré donde siempre : en un mundo perdido, oculto. un mundo de verdad.



"Sé cúal es mi sitio

y sé que no me miras

cuando el placer corre a tu boca"


Yo ya viajé, ahora te toca a ti, mi señor.



lunes, 19 de octubre de 2020

Blues, infancia y demás

 

No haría falta alguna que, en domingo, tuviese que visitar a una amiga de la infancia, de cuando la niñez era un mundo hermoso dentro de tantos mundos.

Éramos muy felices.Correteando de aquí para allá. Merendando frutos cogidos directamente: una higuera repleta de ricos manjares.

Bebíamos agua de la tajea, un agua limpia y transparente. Y jugábamos a ser mayores; escuchábamos música de mayores y nos hacía serlo aún más. Eran unos guateques que se celebraban en la finca de al lado, de D. Román. Nos escondíamos para ver a los muchachos y muchachas bailar el twist. Y con botellines de fanta naranja y limón. 

Pero no pasó mucho tiempo en que nosotras también empezaríamos a ir a esos guateques. Ya éramos unas lindas muchachitas y acudíamos los domingos por la tarde. La música, los botellines de refrescos, pipas, caramelos... y algún beso en la mejilla. Pero ya a los quince años los besitos eran en la boca, y el cosquilleo en el estómago era demasiado. Hoy en día solemos hablar de aquellos tiempos, reímos a carcajadas por aquellas anécdotas tan divertidas y los comienzos esos de sentir algo más que unas cosquillas.


Por lo tanto quedamos un lunes para tomar algo.

Y claro está fue en casa de Rizo. 


¿Quieres un cigarro?,dijo Matilde. 


Si, claro, le contesté.


¿Y un whisky? volvió a decir.


Por supuesto que si! jajaja... . Me preguntó que de qué me reía y le dije que me había hecho gracia el modo en que había preguntado por la bebida.


De modo que, nos tomamos uno y luego más tarde vendrían unos cuantos más. A ella le gusta seco, como a mí. Sin hielo. 


La madrugada se me antojo un paraíso, no sé algo maravilloso. Sonaba un blues de Gary Moore. 

El piano esa noche se había quedado sin nadie que lo tocara. Pero la música de ambiente estaba estupenda. Tengo que dejar de fumar le dije a Matilde, si pruebo uno ya no puedo parar y mis pulmones van a protestar. Fui un momento al servicio, di un traspiés. Seguramente los amarillitos.

Me refresqué el rostro y el cuello. Ante el espejo estaba yo. El reflejo era mi propio yo, pero del modo en que siempre había deseado: sin barreras,sin tener que dar explicaciones a nadie, libre, totalmente libre y a veces algo salvaje. Alguien tiró de la cadena. ¿eres tú Mati?, no contestó nadie. 


Volví a la mesa y Mati ya había pedido otra copa, y Gary seguía sonando. 


A veces el modo que tengo de ver las cosas resulta algo extraño. Es como si habitara en un planeta diferente. Procuro adaptarme a este. 


Soñé una noche que una hermosa tela de araña cubría todo un bosque para protegerlo de aquellas personas que la única intención era de pisotearlo, de matar a las preciosas criaturas que lo habitaban. 

Dejar basura y más basura. En fin la verdad es que me pareció una idea fantástica lo de cubrirlo para protegerlo. 





Vivo en un ático en unos pequeños apartamentos del sur que no están nada mal. Tengo cerca el mar.


Tienes una carrera en la media, dijo alguien,

¿Qué? contesté.


Anda ven que con saliva se puede arreglar.






 


domingo, 18 de octubre de 2020

Blues y lluvia

 


Claro que, a veces me gustaba pasar por la bollería y cafetería, la que daba al parque, un parque atractivo y vintage, con su retreta correntina donde se daban conciertos bastantes interesantes; pero un día sin más quedó olvidado. Hoy está repleto de las hojas de este otoño maravilloso. Parece un colchón de plumas rojizas. 


Pero siempre volvía a Rizo. Volveré. Vuelvo. 


¿Bailas?, me dijo alguien. Estaba oscuro, pero le dije que si, aunque no veía bien su rostro. ¿no te importa que baile con el vaso en la mano?, dije.

No, claro que no, dijo.


Me sujetó muy fuerte como si supiera que deseaba eso, un buen estrujón, un acoplamiento como es debido. Yo busqué sus labios y lo besé. 

Dejé la bebida en una mesita mientras bailábamos.

Aunque deseaba volver a tomar un sorbo y dejarlo en esa boca preciosa. ¿te duermes? le dije, y me contestó que no, que sólo estaba a mi lado, callado, disfrutando de mí y de la música. Eso suponía que también el roce constante de los cuerpos le producía la inquietud de deseo, que ya empezaba a ponerlo nervioso. Yo también, le dije. No soy de piedra.


¿Llueve? , dijo.


¿Donde? , ¿fuera?


No, no llueve fuera dijo. Llovemos los dos.


Claro que llovemos, llovemos mucho...






sábado, 17 de octubre de 2020

Entre palabras

 


Del mismo modo un banco

vacío frente a la fronda

hizo que recordara que un

día alguien escribió cartas

donde hoy nada hay...



Ese espacio entre líneas

se hace un mundo.

todo es propiciado por el pensamiento.



Donde cubre la manta de la madrugada

se esconde lo bello. Placer



Pausadamente


estuve buscando el reflejo

de un sol efímero.




Las historias están para contarse, sólo que algunas, no.

Angelo

 


viernes, 16 de octubre de 2020

Blues y cacahuete y Moon River

 

También es cierto que me gustan otras cosas.

Por ejemplo ir a nadar a la playa. Las piscinas no me gustan. Ir al bosque a caminar. También me gustan los helados, me encantan, y la crema de cacahuete. 


¿Por favor, me sirves otra copa?, le dije al camarero del bar de Rizo, que no era otro sino el propio Rizo, es curioso pero eso para mí es magnífico porque siento que estoy como en casa.


Y se me olvidaba me encanta Moon River.


El cartero me regaló por mi cumpleaños unos pendientes preciosos. Caen en cascada y brillan como las estrellas. Caprichos del cartero.


Desde entonces son los únicos que llevo cuando voy a Riz. Si, claro ahora mismo te sirvo otro whisky, ¿doble y seco verdad?. 


Cómo me conoce. Claro como tú sabes que me encanta, de esos que cuando sorbes una o dos veces o tres, acarician la garganta con un ligero toque, como si fuesen unas uñas que se clavan ligeramente y, la verdad es que me gusta esa sensación.


Se dió la vuelta y en dos minutos ya estaba delante mío con la bebida en una pequeña bandejita y una servilleta. Gracias, le dije.


Me devolvió el agradecimiento sin hablar, sin gestos, sólo con una mirada como un cielo, con ángeles negros y blancos, en fin, esa noche me hubiera ido con él.


Cuando salimos, la reja bajaba despacito. La luna ardía de bella. Yo caminé, preferí caminar un rato. Me quité los tacones.

Sentí un placer intenso en los pies que acariciaban el asfalto. Lluvioso. 


Dieron las cuatro de la madrugada y volví a mi piso.


¿gatito?, ¿estás ahí?


¿gatito?

Pececillos fuera de la pecera