martes, 26 de mayo de 2020

Ondas







Y se habría despertado con el mismo sueño de siempre. Un piano en medio de aquella sala. Una habitación, ni tan grande, ni tan pequeña, con las cortinas púrpura ondeando por la brisa que con sus dedos no dejarían de acariciar el terciopelo.
El incesante ruido de la fuente en el patio, como un chisporroteo de luces que se mecen, una y otra vez, al fluir el agua, ese ahogo de bienestar, que se propaga alrededor de la casa. El chip, chip, de un acuoso mundo dentro de una pileta, tan bellamente expuesto en el terrazo.

Un sigiloso topo rasgaría las vestiduras de la tierra, donde los plantones de rosas esperaban resurgir, este hallaría el modo de atravesarla con una maestría, que sin duda alguna, obraría el milagro de la naturaleza. De modo, que amén de todo eso, el ulular del viento sería grato para los que, en la noche no pueden conciliar el sueño, o eso creen, por querer inspirarse al mirar por la ventana, y ver, los abatidos lirios, y aquel naranjo que en vaivén se inclina varias veces, luchando por quedarse inmóvil, plagado de fruta olorosa. Alrededor la calle vacía. Siquiera alguien que se dignara salir. De manera que, habría un silencio angustioso de pasos aquí y allá. Porque es justo la hora esa de la madrugada en que, la quietud de las personas pesan, porque dormitan como si una muerte súbita se los llevara por unos instantes, para luego volver.
Como quiera que las horas de la noche tienen el color gris adornando los tejados de las casas, sobreponiéndose a los rayos del sol, hay ondas que en todo momento sobrepasan el límite que ningún humano pueda percibir, siquiera ser conscientes del estado en que se podría revelar su materia, algo que de momento pueda ser tangible, pero que como una fusión, se pueda volver intangible.

Quiso hacer un café corto para poder seguir sintiendo todas esas sensaciones, esos ruidos de la naturaleza, la quietud que sentía en el pecho, sobreponerse ante tanta belleza nocturna. Siquiera se habría dado cuenta que sus pasos sonaban como cuando algo cae al corcho,o a algo mullido.
Pero se detuvo. Un sollozo en la antesala hizo que retrocediera. Salió de la cocina y se acercó sigilosa hacia la persona que lloraba tapando su boca con un pañuelo por no gritar. Se quedó sentada a su lado para consolarla, pero siquiera advirtió su presencia, siquiera dijo nada, un desconcierto grande le hizo reflexionar el porqué. Dado que enfrente, justo enfrente se hallaba un cirio y luego, otro, y otro y como la joven no dejaba de llorar; ni caso alguno al querer consolarla, se acercó más hacia el foco de luz de los cuatro cirios, pero sus ojos salieron de las órbitas, sus manos frías temblaron, y no pudo gritar, no pudo: ella, con un sudario y un rosario, en el sarcófago, plácidamente dormida esperando la desaparición de su cuerpo.













lunes, 25 de mayo de 2020

La esquirla




El dolor me había despertado. La esquirla, clavada hasta el fondo, provocaba en mí  desasosiego, más que dolor, realmente podría describirlo como si la mordida de algo o de alguien, lejos de producirme daño, se había convertido  en un placer incauto, un placer indomable, porque la tuve toda la noche dentro.. 
En realidad fueron cuatro horas y media tendida en la cama. A veces cambiaba de postura: al lado izquierdo, al lado derecho; boca arriba, entre tanto alguna cabezada, entre tanto un sueño súbito, inesperado. Un sueño lleno de ojos, ojos que oteaban, ojos que miraban a un punto fijo. Ojos deseosos, ojos despistados, ojos, ojos, ojos...miles de ojos. El techo de la choza se convirtió en un lienzo lleno de conchas, conchas de colores, seguramente la esquirla que llevaba dentro, provocaba en mí por decirlo así, alucinaciones, pero era un sueño, o al menos eso pensé. Porque a veces la realidad se confunde con lo irreal, y por la cabeza pasan imágenes variopintas; surrealistas, imágenes juguetonas, o las peores pesadillas. La mente es maravillosa, verdad?.

El maldito oso hizo que corriera como una desalmada a la choza, hizo que mi corazón palpitara de tal modo que salía de mi pecho; de modo que siquiera advertí aquel duro trozo de astilla que ya llevaba en el muslo, cuando caí por aquel terraplén, el terreno venció y yo con el. Terminé arrodillada en  la acequia , con el barro hasta el cuello, porque llovía incesante, llovía latigazos de granizo, eso también provocó que mis nalgas se amorataran, me había quedado en purito arapo. A los vaqueros se le fueron los bolsillos traseros y con ellos, la tela, y debajo, mis nalgas desprotegidas. Castigadas por el azote de los granizos, que más bien parecían pelotas, en vez de granizos. Pues bien esos acontecimientos hicieron que entrara en la choza y me tumbara en el chamizo, y quedara inmóvil, y temblorosa, y con un susto en el cuerpo pensando que podría haber sido destripada por el oso, aquel oso pardo, peludo, inmenso: tenía hambre claro que la tenía, pero no iba a dejar que yo fuera su cena, de ninguna manera. De modo que el cansancio me había vencido, y siquiera tuve la precaución de intentar arrancármela, hubiera podido hacerlo, pero me dejé. 
Sentada en el chamizo observé que solo una pequeña punta asomaba, y tenía la pierna hinchada, y roja, y caliente; debió ser la fiebre, poca , pero fiebre. Me asusté un poco entonces. Como pude fui a un lado de la choza, donde tenía la mochila: unas galletas y una botella de agua era lo que llevaba, y desesperada bebí unos tragos; el resto del agua chorreó por el muslo, poco había servido, porque solo pude quitar algo de arenilla fina..

Pero pude sobrevivir, tuve la suerte inmensa de que un grupo de rescate pasara por aquel lugar, por casualidad, pero allí estaban. Como si en verdad supieran de mí, como si en verdad se hubieran apiadado de una mujer golpeada cruelmente por los chuzos de punta del granizo, unos chuzos, que dejaron unas nalgas doloridas, y una esquirla malvada, que solo pudieron sacarla de mi cuerpo en el puesto de socorro más cercano..










sábado, 23 de mayo de 2020

Algo



Soy vulnerable a muchas cosas y causas. Ayer anduve mal no tenía diazepam menos mal que the beatles se escuchó por toda la casa acaparan-- dome cuidadosamente. Fue un confort especial y dejé que los visillos ondearan a capricho, y me dije : ahora mismo me sirvo a mí misma una copa y lo hice.

Pero fueron dos o tres, o cuatro, qué más da si cuando una no pasa de la puerta porque está muy mal.

Luego escuché recitar a alguien un poema. 



"Es un verano atípico 

se escuchan llorar a los perros..

Alguien aplaude y alguien llora"

miércoles, 20 de mayo de 2020

Casa Azul




Maldijo mil veces mientras el cigarro se bamboleaba entre los labios, las medias tenían agujeros, uno, en la parte de la ingle y el otro a la altura del tobillo. El día anterior había preparado la maleta, pero tuvo tiempo para despedirse de los amigos, aquellos con los que vivió la adolescencia: guateques  a las seis de la tarde los sábados. Eran protagonistas de historias novelescas, algunos tomaban alcohol.

Había que esperar que echaran el vómito y luego alguien los acompañaba a casa, sanos y salvos. 
A veces eran activistas,  dependiendo del subidón de aquellos porros explosivos, hasta los gatos que andaban cerca se carcajeaban a su modo. El pelirrojo, nadie supo nunca su nombre, tenía una Montesa Cota, las chicas se repeinaban la melena, se ponían colorete, vaqueros y camiseta abotonada de flores para conseguir un paseo en aquel bólido de los demonios bien sujetas a la cintura del piloto. Eran las diosas del Olimpo.

Por entonces pasadas ya la treintena se produjo un acontecimiento inesperado porque lo que parecían protestas y movilizaciones reclamando derechos de la ciudadanía, se convirtió de la noche a la mañana en toque de queda.¡Toque de queda! Eso supuso un antes y un después. Muchos de los amigos ya tenían familia, costumbres que poco a poco se van arraigando, un sometimiento encubierto. El caso es que parecían felices, un trabajo, un piso, una televisión, hijos. Una vida plena en toda regla. Si un día amanecía nublado era que estaba nublado, y si amanecía con sol, soleado.

Unas cervezas con los amigos, reunión familiar los domingos, de vez en cuando a algún funeral, y alguna boda, con la seguridad de tener todo bajo control. El caso es que no parece mal, al contrario, es muy satisfactorio llegar a la treintena y presumir de todo eso. 

Es curioso cómo de repente cambia todo, te dicen que no puedes salir de tu propia casa a partir de una hora, te vigilan, te quitan el trabajo si es necesario, te embargan la cuenta, o simplemente se ríen en tu cara para que entiendas la supremacía, para que obedezcas.

El caso es que después de la despedida del día anterior, con la maleta preparada, y las medias rotas, se mudó al otro lado de las montañas a la Casa Azul.


martes, 19 de mayo de 2020

Bailar




En algún momento tuvo que entender qué pasaba. Las cosas se propician solas, pensó, porque era absurdo de lo contrario. 

¿La voluntad de una persona se puede anular?.


Supo que sí,  por aquel entonces estaba totalmente sometida, arrojada a los leones. "No". Era incapaz de decirlo porque el último bofetón hizo que brotara un morado y además de eso un desconcierto brutal, una onda expansiva que la llevó a otra galaxia. 


De modo que las cosas a veces no son lo que parecen y viceversa. 

Uno, dos, tres, ¡Despierta!

Circunstancias




El avión despegó dejando una estela de humo que se esparciría  por el cielo como cuando se deja caer una bolsa de papel con chucherías desde lo alto de una escalera. La señora Pastrana siempre se preguntó a dónde irían a parar las pequeñas partículas una vez desperdigadas, por eso los miércoles después del desayuno tomaba un taxi al aeropuerto. El mercado podría esperar, y la reunión con las amigas también. Los miércoles tampoco iría a misa, ya había hablado con el párroco y los pecados los dejaría para los sábados. Comulgaba y era como bañarse en un río, quedar completamente limpia.

Mientras tanto el trasiego de éstos y aquellos: aquella muchacha llevaba una mochila con asideros para las chanclas, el señor de enfrente lee la prensa, en la cafetería hay una fila de taburetes y tres mesas. Es lugar de expansión para tomar algo, un rato memorable, porque casi nunca las personas omiten eso, parar en la cafetería del aeropuerto.Probablemente sea por comodidad, o por curiosidad, el olor a café atrae y el de la bollería más.

La señora Pastrana observaba todo eso, además de la estela de los aviones. Era obsesivo, como cuando alguien  se lava las manos varias veces al día y el rostro, y vuelta a empezar.

En los alrededores habían unas casitas de colores de una sola planta, con un pequeño jardín. Todas del mismo color y de igual tamaño. Se preguntó oteando cómo podrían dormir con el estruendo de los aviones, se preguntó también si en los jardines habrían rosas, y jacintos, algo de verdura, o incluso un aguacatero, o eso le quiso parecer.






Ondas

Y se habría despertado con el mismo sueño de siempre. Un piano en medio de aquella sala. Una habitación, ni tan grande, ...