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martes, 21 de febrero de 2017

Faltan sombreros rojos





Hoy crucé el puente que va al centro, a la calle del Castillo. Una mañana soleada a pesar de la lluvia del día anterior. El barranco de Santos con tantos años a cuesta queriendo llegar al mar, pero le cortaron el camino…
La torre de la Concepción inalterable. Las callejuelas, los transeúntes, el tranvía… El parque del Príncipe llenito de palomas y gente cansada, sentada en las viejas sillas de madera roídas por el tiempo. Gente sin sonrisa, gente callada… Gente triste, gente soberbia. El puerto con los grandes cruceros, descienden turistas ávidos de conocer la isla, copan la calle en poco tiempo, la calle principal, después de haber cruzado la Plaza de España.
Las persianas se recogen para que entre la luz de la mañana, los mirlos picotean esto y aquello. Aquella dependienta sale al la calle para encender un cigarrillo, el humo hace giros y quién sabe donde terminará, si difumina en el aire, seguramente, si, seguro.
Pero ese gris de la gente no termina de convencerme. El gris de sus ojos, el gris de sus labios, el gris de sus pasos en las calles empedradas.
Ay! y esas montañas que quedan atrás, qué hermoso paisaje!...
Quien las hubiera visto sin barreras, sin los edificios sesgando su belleza milenaria! …
Pero todo sigue igual: Gris, un gris marengo para mejor definición. Los susurros de algunos transeúntes se escapan volátiles: Que si tengo que comprarme un móvil nuevo, que si tengo que comprarme unas botas altas; que si la peluquería; que si tenemos que llamarnos más a menudo. Sería bueno organizar aquella excursión que teníamos pendiente, eso dijeron un grupo de amigos, en la otra esquina de la calle… Habría que ver qué aparente entusiasmo había en aquellas palabras; pero todo queda relegado a otro momento, en otra ocasión, como si la vida se prolongara más allá de los años. Balbuceos aquí, allá. Felicitaciones por algún cumpleaños en lo alto de aquella tasca. El zigzagueo de un chiquillo con sus patines calle abajo, probablemente se dirige al colegio. El policía comprueba si el mendigo se ha dormido para siempre, lo mueve con el pié, por ver si respira, por ver si abre los ojos; la boca reseca, los labios partidos, la fiebre de la noche, las manos sucias.¿ Pero y los demás? Esas personas que suben y bajan la calle aún duermen, apenas si parpadean, buscan un café que les quite el bostezo… Trajeados unos, otros con sencilla vestimenta, pero el color no llega a ninguno. Sigue ese gris tan triste. Vuelvo tras mis pasos y de nuevo el puente, ahora veo los viandantes de frente, musitando algo, con prisas, sin mirar a nada, recluidos un día más en la calle, en le mundo que conocen, en el que quizás crean que están a salvo.

Y yo me pregunto ¿Dónde están los sombreros rojos? La libertad se pasea desnuda, y solo un sombrero rojo, puede cubrir la cabeza, por aquello del sol…



viernes, 17 de febrero de 2017

A veces la ceguera




A veces sucede que algunas personas se convierten en una amalgama hedionda, los olores se les escapan hasta por los ojos. Por no decir, que si una se fija un poco, la piel se les ve reseca, y las manos, se convierten en repugnantes patas de rata. Lo curioso es que todo eso es voluntario, es decir, la transformación tan desagradable que sufren, viene propiciada por  el gusto de flagelarse una y otra vez durante mucho tiempo, ignorando, que, la sanación y la libertad no se encuentra ahí fuera, en ningún parque por muy hermoso que este sea. No se encuentra en el océano, ni en las montañas; siquiera en las comodidades de la vida cotidiana. Aunque,  este o aquel, viva en un castillo lujoso, o una mansión con lámparas caras, obtenidas en los mejores mercados del mundo.

Sucede pues que una , una día cualquiera, se tropieza con una de estas personas, cuya acritud repugna solo por el mero hecho de hablar con ellas siquiera unos minutos.
Dicen que puede ser vanidad, falta de humildad, escasa recepción de lo que  les pueda suceder a su alrededor; en la cotidianidad de los días, y las noches, de los años que hayan vivido, o les quede por vivir.
Lo cierto es que en realidad, aún en esa visión tan lamentable que  pueda proyectar  su imagen, yo, personalmente considero que son individuos tremendamente desafortunados, que creyendo poseer la perfección en toda  la amplia definición de la palabra, recorren ciudades, calles y despachos.. etc.. sin saber que son esclavos de ellos mismos, que su propia voluntad ha sido subyugada hasta convertirlos en desperdicios humanos, en gente hipócrita y vana. Pero en realidad son los pobres del mundo, los que conviven con toda clase de alimañas en una jaula creada por encargo.
Esa pobre gente burda, con una verborrea hipócrita, se merece la compasión de los demás; pero amén de todo eso, hay días en que una, tiene que enfrentarse a todo ese montón de baba gelatinosa y repugnante, porque además de todo lo arriba indicado, son capaces de devorar una persona entera, igual que las serpientes.

Por lo tanto, compadecerse de ellos no es nada malo, al contrario, sería un modo de que , algún día se puedan dar cuenta de que esa jaula en la que viven, carece de barrotes y de puertas...




jueves, 9 de febrero de 2017

Gitanillo de aguas y murtas





Es menester aplaudir, cuando a una se le recrea la vista, en una hermosa avenida copada de jacarandas, la naturaleza se explaya de forma incontrolada adornando con bellos tapices lo que sencillamente sería un camino largo, un camino triste, sin adornos; esa es la fortuna, porque los dioses besan la tierra, acarician los lugares más impredecibles…

El tropel de pasos aquí y allá, los viandantes, cada cual a sus cosas, y de pronto, las campanadas de la iglesia, el incienso, el silencio, dentro…

Las cestas de mimbre en manos de las señoras, la fiesta de la huerta.”Bando e la Güerta “ .Una gran expectación. Las calles se glorifican: Portadores de banderas a caballo, tradicionales gigantes y cabezudos; música tradicional; El Jardín de la Constitución repleto de jóvenes vitoreando. La tradición de unos hombres y mujeres que aman su tierra…

En ese lado del mercado, justo enfrente, la sonrisa de un niño, un gitano moreno; un pelo negro como la pez; unos ojos con miríadas de palomas dentro.
Parece un diosito caído del Cielo. Mamá y papá le llevan de la mano. Le miran y sonríen, cómplices. Los ojitos se abren, cuando un potrillo pasa justo al lado, se inquieta y ríe, con la impronta de los niños, el tirabuzón que mamá peinó antes, ahora, se ha soltado, libre, y le cae en la frente, justo en medio. !Gitanillo de mi corazón!, dicen los que le ven. Tan lucido, con zapatitos nuevos, con pantalones de pana, con chaleco de hilos rojos. Ahora repiquetean las campanas, ahora la gente aplaude. !Viva la huerta!, dice el niño, con balbuceos. Le pica la naricilla, le dan caramelos, y una naranja, y llora, llora. La emoción de un niño es una fuente que mana pétalos de rosa; es un río desbordado. Llega la noche. El calor del hogar y el olor de la cocina, y lo vivaz de sus ojitos, y no duerme, porque sueña, el futuro, le espera...


miércoles, 1 de febrero de 2017






Y  Y sin embargo, lo que más adoro de un árbol son las raíces: Aunque viven debajo de la tierra son poderosas: El modo en que se aferran a la vida; la belleza de sus venas, el torrente de caricias que liberan constantemente; la pasión de ellas al entrecruzarse, igual que los amantes más deseosos. Un perfecto acto de la naturaleza, son los brazos de hércules. Una diosa hambrienta de la tierra.

jueves, 26 de enero de 2017

 

  Intemperie... el silencio de un atado de cirios..llamea..

 Doblan, campanas... triste.

Mi boca cerrada de gritos, de perversión..

Auxilio...

Dejemos que gire la tierra... ángeles

Amar ..falsedad...

Silencio, se van, se van...


miércoles, 28 de diciembre de 2016

El último deseo



Lo que en verdad hubiera deseado era escuchar una vez más a Moustaki.
Le métèque se colaba en sus oídos, igual que la lluvia cuando sin querer orada sin pedir permiso, quizás siempre intuyó que se sentía extranjero en su propia tierra, quizás simplemente nunca supo encontrar por así decirlo, el norte…
Espontáneo, impulsivo, algo descarado, pero con el suficiente conocimiento de haber realizado algo satisfactorio en la vida que llevó. Un hombre, un padre, un esposo, pero sobre todo, un hombre, con las tablas de la ley en sus manos. Los errores vinieron por sí solos; los triunfos, no, los triunfos fueron el resultado de los errores. Pero siempre se hierra y siempre uno sale complacido y satisfecho de esto o aquello. Querer destruir los folios de los días y los años a veces resulta fatídico, no se pueden borrar hechos, circunstancias que quizás han llevado por derroteros no deseados, pero ese fue el camino asignado.

Aún así, lo hizo. Una mañana cualquiera dejó que se escaparan los pensamientos, las ideas, los deseos, dejó que todo eso se mojara bajo una intensa lluvia, una lluvia que perforó el papel. Quedó bajo la tierra, en donde las raíces más bellas sobreviven. Pero quedó el desasosiego, quedó la responsabilidad sobre los hombros. La lucha interna de su propio yo. Rasgaba las tripas, una cruenta batalla entre ambos.
¿Qué quiso inmortalizar?, nada.
Alrededor de la mesa redonda, todos escuchaban atentos, la voluntad, si, realmente el deseo de un hombre ¿Eso le hizo pensar que se sentiría mejor?
¿Quería perderse? O quizás, encontrarse.
Es supo que yo lo sabía, dijo la señora, pero siquiera se movió de la silla.
Y es que el miedo a veces, subyuga, se convierte en un monstruo que saliva, cuando nos miramos al espejo, cara a cara…
La señora pensó: Que no sea una carta de gran envergadura, que no. Algo sencillo, pero él, no lo era. De modo que el caballero con corbata prosiguió la lectura. ¡Entonces lo he perdido! Volvió a pensar la dama con una leve sonrisa, pero se santiguó, si lo hizo, porque aquel hombre le había dado dos hijos, en realidad cada uno de ellos construyó sus sueños de modo y forma, que todo fluyera, como un gran río caudaloso, con los bordes repletos de hojas verdes, brillantes.

En esos momentos la gata había huido de la casa, estaba en el tejado, lamiendo sus patitas, esperando la presa, y es que los animales tienen una gran intuición, son como los gurúes.

Por unos momentos se hizo un silencio abrumador, de esos que no cabe siquiera un mosquito por las cabezas de nadie. Pero todos miraron la urna, era bonita, con detalles en relieve de luchadores Griegos. Dentro, todas las camisas, todas las chaquetas, todos los puentes rotos, quebrados por las sacudidas de la vida; algún bergantín, con su capitán al frente y con sus marineros, todos de azul, abotonados hasta el cuello. Se hallaban las tardes de merienda, los días con los amigos; las noches con ella. La juventud, la dicha comprar un billete y viajar alrededor del mundo, todo eso hecho cenizas, hasta su corazón, eso quiso, si, eso deseó, incomprendidamente así fue…

El señor de corbata estaba a punto de finalizar la carta, la última voluntad del difunto. Todos quedaron sorprendidos cuando el caballero les leyó los últimos renglones: ¿El retrete?, dijeron en voz alta, con los ojos bien abiertos. Si, dijo el señor, eso es, su voluntad es terminar en el mismísimo escusado. Que las cenizas se viertan en el.

Ese no es el modo idóneo de escapar, le dijo la gata, cuando por uno de los sumideros la voz del difunto pedía auxilio.

Pero nada de eso ocurrió, la familia jamás permitiría que aquel esposo y padre se escurriera por el inodoro, así sin más. Como si fuera lanzado por un tobogán, despreciado por todos. Una vez que las últimas voluntades del caballero fueron reveladas a la familia, la urna pasó de la mesa, al parterre de geranios. En invierno, la lluvia, en verano el calor…
¿Y si realmente deseó perderse entre la basura? ¿Entre montañas y montañas de basura?

viernes, 16 de diciembre de 2016

La ira



Lame el mar con las olas la orilla de diminutas piedras negras. Más atrás, las casitas de los pescadores, blancas, con luces en la fachada.
En la calle real huele a pescado frito, huele a turrón, huele a mazorca; los ventanucos cerrados, algunos con tachuelas como adorno. Brillan las tiendas adornadas: Campanillas; luceros; toda clase de accesorios para la navidad. También huele a incienso, es de aquella iglesia al final de la calle, como si presidiera una mesa bien adornada, con manteles rojos y blancos, con lazos en las esquinas. Allí permanecen los limpios de corazón, los que se dan golpes en el pecho; y las putas, y los labriegos. A veces, alguien se arrastra por los adoquines hasta llegar al altar, con la boca cosida, con las manos pegadas, con el arrepentimiento en la frente para que Dios lo vea. El sacerdote reparte obleas para la paz del alma, para quitar pecados. ..
La señora cruza la calle olorosa, lleva puesto un sayo de seda, los pasos elegantes, los mitones negros; las gaviotas sobrevuelan, danzan, como las bailarinas, ahora hacia un lado, ahora son un remolino, otean, por si alguna migaja de pescado frito se hubiera escapado de las bocas de los transeúntes.
Ahora golpea fuerte la ola, aquella que lleva en su pico un sombrero de espuma plateada, y llega agotada a la orilla, como cuando retozan los amantes, luego: El sueño, el silencio, el placer...



Cruzan dos nubes, son cúmulos, son enormes bocas negras, replican campanas
Acecha la noche, llueve. Ahora un rápido giro de las gaviotas deja atrás la estela de plumas, se van al mar, huyen...
Cruzan todos la calle, los cirios de la iglesia centellean, crepitan, como las hojas descaradas contra una vidriera. Los dientes del lobo es la noche, que culmina oscureciendo hasta los rincones. Azota, azota la tormenta. Los rayos quiebran los troncos de los árboles. Salpican lágrimas de agua en las baldosas,
corre un río de ellas calle abajo, la capa negra cubre los tejados, cubre la torre de la iglesia. Ahora un mar bravío enloquece, aúlla como las fieras, amenaza con hacer encallar ese barco, que rezagado pretende llegar a la orilla.

Y es la bravuconería de la vida, a veces...