Seguidores

viernes, 5 de agosto de 2016

Medias lunas de fuego





La lengua de fuego y humo se explaya, como si se tratara de un dragón, que enfurecido sobrevuela la copa de los árboles y se arrastra igual que una serpiente por los troncos y por las retamas. Deja todo impregnado de veneno ardiente. Los lagartos y los pájaros han muerto. Y los hombres gritan aquí y allá y, lamentablemente se haya un cuerpo sin vida en medio del horror.

A pesar de todo es claro que la vida sigue en otro lugar. La evidencia de las personas en las playas; las familias riendo y los niños jugueteando con las olas chicas que llegan a la orilla.

La calle real está invadida de estorninos, quizás huyendo del creciente humo que se cuela por entre las rendijas de caminos y de esquinas.
Alguien se quita los zapatos para refrescarse en la fuente. Las señoras que tienen sus puestos donde empieza y termina la calle, parlotean y enarbolan las manos para atraer a los transeúntes. Melquiades se atusa el bigote y lee la prensa, el párroco se dirige a la tienda del toldo rojo para tomar un gran vaso de horchata de chufa. Debajo de los flamboyanes se hallan cuatro bancos desvencijados, pero con su señorial sello. Por el suelo algunas páginas sueltas con pipas de calabaza para las palomas y en la charca acaban de vaciar un paquete entero de migas de pan para los patos y algunas galletas pequeñas y redondas y azucaradas. Y qué curioso que casi siempre hay un cisne entre ellos, pero no es un cisne negro, tampoco es un cisne blando. Es un cisne, sin color alguno.

La teta de Irinea está a punto de explotar; el pequeño succiona ávido mientras acaricia el pecho, sus deditos son dátiles dulces. Es extremo, muy extremo el momento tan sutil y delicado entre los dos.

La vieja sube como puede la escalera de piedra, ya casi ni le importa el tiempo que pase hasta llegar al último tramo, ni le importa si alguien se gira o no para ver de qué modo tan decrépito adelanta uno, y otro pié. Es curioso que en ese recorrido largo tañen las campanas, una, dos, tres, cuatro, cinco... Son las once de la mañana y aún el fuego no tiene adversario. La nube de humo atrapa con sus garras la calle y todo desaparece. Parece un conjuro...




domingo, 31 de julio de 2016

Latitud

No era un campo de asfódelos lo que me llamó acusadamente la atención. Eran rocas, pequeñas rocas al lado de los pinos.
Erosionada se hallaba una de ellas y dentro abarcaba un lago de agua, como si en verdad la roca recogiera conscientemente el agua de lluvia de la noche anterior, pero el agua que cae de las ramas de los pinos, si, esa que parece una lágrima gigante y detrás de esa lágrima, otra y así hasta formar un lago en la panza de la pequeña roca.
Pero lo que  me dejó perpleja no era todo eso. No eran los pinos ni las pequeñas panzas de algunas rocas negras de lava, no. De ningún modo había sido eso.
A una se le detiene el corazón y se olvida de respirar o viceversa, cuando atina a ver a dos tizones pequeños y no sólo eso, a muchas abejas, todo juntos, todos acudiendo al lago para sorber el agua. Qué divina sonrisa y qué manera tan sencilla y difícil de descubrir a los años de una, otra vida, otro mundo.
Cada cual iba a por lo necesario: Los lagartos abrevaban y siquiera se detenían unos segundos para, con sus lenguas recoger todo el líquido cristalino y fresco del lago y componía el trasiego de ellos. De los lagartos y las abejas, que supuestamente necesitaban el pequeño lago, para hacer la miel. Iban y venían, iban y venían. Todo un mundo al lado del mío, justo a mi lado: Un mundo paralelo.

martes, 26 de julio de 2016

El encuentro






Las gotas de sangre acabaron en el vestido. El alfiler se había clavado en la mano profundamente , tanto, que quedó en la superficie la perla irisada.

Dorotea perdió el color de la cara. Perdió el sentido, casi. El tren devoraba árboles, campiñas enteras, y ella apenas si podía levantarse del asiento y caminar por el pasillo para ir al servicio.

El vestido manchado y el rostro sin color. Se abstrajo por unos minutos aguantando aquella tortura de los demonios, porque enfrente se hallaba él; lo primero que le había llamado la atención fue su boca, carnosa. Luego recorrió su torso y terminó donde los dioses degustan uvas dulces y llenas de licor.

Renunció estoicamente la decisión de ir al servicio para aliviar el espantoso dolor, porque el alfiler seguía ahí, torturando, anclado a su piel y profundamente hendido.

No lo pensó y ella misma lo arrancó de un tirón, luego la sangre a borbotones se encaprichó en dibujar en sus muslos: Parecía un tatuaje.

Se quedó sentada y abrió las piernas soportando la agonía, pero insistiendo para llamar la atención de él. Y lo consiguió, porque ahora ya no sentía pena alguna, siquiera se acordaba del maltido alfiler. Aquella boca carnosa besó el rió púrpura y la lengua sin riendas se había ido justo al centro y no paró hasta la próxima estación.

Se despidieron. Él, en el andén, ella, sentada, con la perversa sonrisa...



miércoles, 6 de julio de 2016

De los amores perdidos









La  llevaba atada a la muñeca, como si se tratara de una pulsera de diamantes, era de esas pulseras de hilo entrecruzado formando una trenza y de varios colores. Cuando se la quitaron para las pruebas se quedó grabada en la piel, igual que un tatuaje, la pulsera de sus amores, de sus días de esplendor, el regalo más bonito que jamás había recibido.

Al ladear el cuerpo salió de los labios un hilo de sangre que pronto llegaría al suelo de tabillas de madera, era espeso como la melaza casera.

Alguien miraba por la ventanilla y arqueaba una de las cejas intentando ver mejor lo que sucedía dentro. Había dormido sola esa noche. El lo sabía muy bien, por eso quería saber qué había pasado.
También lo sabía el alcalde. Un abogado y un fiscal de la zona, es decir los que habitualmente acudían a las vistas del Juzgado del pueblo.

El médico forense se presentó unas horas más tarde. Con corbata y un sombrero gris de fieltro.

Le tomó el pulso a sabiendas de que la vida se había esfumado horas antes, pero era menester, era el protocolo, o la necesidad de querer que en algún momento diera un respingo, o balbuceara algo.

Realmente deseaba que ella abriera los ojos. Que le sonriera o se carcajeara con alguna de sus ocurrentes historias, aunque algunas hirieran mortalmente por su alto contenido en cianuro. Siempre le decía eso: Tus historias tienen un alto contenido en cianuro. Qué labios y que forma de mover las caderas cuando la tenia cerca...


Cuando hubo terminado, y sin que nadie se percatara de ello, le peinó la melena y luego sacó otra pulsera entrecruzada de hilos de colores: ¿Te gusta esta mi amor? Le dijo.





lunes, 6 de junio de 2016

Incertidumbre




Fue imposible desear no permanecer allí. Su pecho ardía como si una espada lo hubiera atravesado.
Ese día las palomas se amontonaron en el patio, justo al lado de la capilla, eran tantas, que casi no se podía caminar. El mar permaneció calmo todo el tiempo, y el sol esculpía con sus rayos los rostros sombríos de algunos, sobre todo los que se hallaban detrás de la cristalera.

Se contuvo por un rato, incluso ofrecía algo de beber o de comer, con el gesto amable, pero con el dolor en los ojos; pero todo era tan irreal. Lo sabía, y sabía que de un momento a otro estallaría de rabia y de pena, y los rizos del cabello se desmoronarían como el serrín cuando cae en diminutas partículas de polvo.

La criatura nació una tarde de mayo, un hermoso niño de ojos negros y pelo rubio.

-Hola mi amor, le dijo. Soy tu mamá, prosiguió.

Se sentía muy dichosa a pesar de lo agotada por el parto, pero eso era algo insignificante para ella, realmente la felicidad inundaba la habitación y la sonrisa se explayó, como un bostezo. El pequeño lloraba. Ella lo acercaba a su pecho con mucho cuidado para amamantarlo, luego se cruzaron la miradas.

El regreso a casa causó una expectación increíble. La cunita blanca en una esquina de la habitación y al lado el ropero. Se había preparado unos días antes meticulosamente, a falta del tul para cubrir. Luego llegaron los seis angelitos muy bien guardados, cada uno en una caja. Seguramente habrían de adornar el capazo y la cuna; eran muy bonitos y poco vistos, porque se cocieron literalmente en el horno; luego, una capa de pintura azul y para las alas, un color ocre suave. A Lilia le gustaba eso de hacer angelitos con el sobrante de pan duro.

El eco de aquellos días felices resonaron en su cabeza como golpes de martillo, como cuando el herrero faena distraído de todo y se afana.

-¿Quieres el misal?, le dijo la señora, una de tantas que permanecían en silencio, como si en verdad aquel infierno le quemara siquiera un dedo de sus manos, pero allí permaneció hasta que hubo terminado la misa, luego, se fue. Todos se fueron.



-No, dijo. Y de nuevo volvió a mirarlo. Era tan bello, tan sereno dormía. Quiso romper con sus manos el cristal, y gritar, y correr y besarlo. Pero clavó las uñas en su estómago, y sangró su boca y quiso vomitar la cruel despedida...








martes, 31 de mayo de 2016

En presente y pasado, un bagaje.




Era curioso que pensara en el guayabero   cuando se preparaba para el baño; curioso de venirse esos recuerdos, que ahora se hallaban en un rincón de la memoria, un lugar casi inhóspito, pero al fin y al cabo, allí seguían.

Los ojos negros de Ermine, cuando se hacía limpieza en la casa, se quedaban de guardia toda la mañana en la esquina de la cocina, por si a alguien se le ocurría atravesar el largo pasillo, que terminaba a un lado, con un aseo pequeño, y al otro, un patio de piedras volcánicas  con un gran guayabero en el centro. Durante el tiempo de guardia no sonreía, y mayestática y seria y con ambas manos cruzadas, amenazaba con castigar a todo aquel que dejara la huella en el suelo húmedo.

Como un río alegre se fueron encadenando los pensamientos y, las imágenes fluyeron libres- Ermine, se dijo, qué lejos estás y que cerca de siento, volvió a decir, mientras se introducía en la tina, que se desbordaba de agua, tanto como las ganas de ella.

-Pero cuando la guardia había terminado, y la veda se había abierto, entrar en aquel patio de piedras volcánicas era tan agradable, como mirar las estrellas en verano. Hubo una vez, que se dio la circunstancia que el tiempo acompañó de tal forma, que florecieron los botones de guayabo y crecieron con una enormidad ilusoria. Todo estaba preparado para elaborar el dulce. Con pan de centeno, con bizcocho, con queso, se podía comer de cualquier modo. Aquella casa olía a flores del Olimpo.

Tomó la pastilla de jabón para oler el perfume, ya la esponja se había deslizado por el cuerpo  varias veces. Luego se columpió moviendo parsimoniosamente las nalgas. El agua estaba deliciosa.

Ermine era una madre de esas que nunca tuvo hijos, pero era una madre. En la mesa de la cocina con un mantel verde dejaba los dulces y dejaba los bizcochos.

-         Eres la primera en todo me dijo unos de los primos-

       -¿Porqué crees eso?- Le contesté.

       -Porque…  No supo qué responder. Éramos tan niños.

Pero las primeras son las primeras que se van, le dije. No me contestó, no supo.



Esas líneas las había visto en un viejo diario que unos momentos antes había ojeado, antes de sumergirse en aquel pozo de agua cristalina, y dejarse ir, como cuando los besos  se dejan caer como regalos por la espalda y el vientre. Separó los muslos y se acercó para mirarse el rostro y sonrió. No había muerto aún. Pero la carita de pecas ya no estaba…