jueves, 17 de octubre de 2013

Octubre

La llovizna ha dejado un reguero de perlas traslúcidas que cuelgan del pecho de todas las farolas. Un azul matizado recorre la línea del horizonte y miles de peces voladores salen a la superficie. Los rorcuales desayunan dos pisos más abajo y los delfines cuentan historias del día anterior, mientras surcan en bellos y ondulantes movimientos la inmensidad del piélago. Los pasos de los transeúntes llenan poco a poco los mosaicos salitrados, deambulan de un lado a otro, como si una ceguera repentina se instaurara en ellos; mejor dicho, como si una ceguera genética poblara sus ojos desde el nacimiento. Los ansiosos rayos de sol se internan por todos sitios, vespertinos dedos tocan con sus yemas iluminadas las alas de las gaviotas, el embarcadero repleto de chalanas, y traspasan las perlas traslúcidas y las colorea; también iluminan los rostros de un bermellón suave, qué lástima que no puedan verlo. Hay ninfas que repiten los vocablos que reverberan dentro de la lonja con sonidos burlescos. Hay rostros que parecen racimos de pasas, otros, de redondos cachetes insuflados durantes largos días de toda clase de encurtidos y azúcares y, que gesticulan a duras penas. Una jerga de locuciones se expande en ondas sonoras y se multiplican cuando estallan en las paredes, en las esquinas. Centellea el pescado sin aliento sobre los grandes expositores. Los faldones de las pescaderas se tiñen de púrpura a medida que avanza la mañana; fuera, el rumor de las olas se convierte en un coro de voces, que en avanzadilla, golpean simultáneamente los desdentados muros.

¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de...