domingo, 13 de octubre de 2013

Ecos

Es corto el recorrido para llegar a la cocina que  no tiene puerta. La tostadora de café endulza el hogar y los granos dan vueltas en círculo de izquierda a derecha o viceversa; y  los cristales ahumados  son igual que los ojos de  abuela, que a éstas alturas no tienen ganas de ver el mundo. A menudo la veo inclinada inhalando las pequeñas chimeneas que escapan del café trasudado. Tomy, recibe una pisoteada y sale huyendo escaleras arriba donde los geranios. Se acerca el invierno y una fila de hormigas recorre la pared de losa verde, y ya en suelo se apropian de las migas de pan de los bocadillos de la merienda, en el techo, brillan pequeños farolillos producidos por la reverberación del sol en las cubetas de agua cristalina,  afuera, en el patio. Las esmeraldas de sus ojos me miran sonrientes y al mismo tiempo  alarga la mano para ofrecerme un vaso de leche tibia, en ese momento somos cómplices, las dos.  La despensa lleva un vestido de cuadros azules que termina en una puntilla bordada,  dentro, el perfume de unas naranjas y de las guayabas acrecienta todos los olfatos.  
El molinillo de café tritura los granos  y es un ronroneo agradable lleno de romanticismo, ella vuelve a sonreír, ésta vez, sola.
En la mecedora de nogal se queda dormida, y regresa a tantos caminos recorridos, tantas noches de besos, y muchos días de lágrimas; desvelos y resignación.




¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de...