martes, 31 de mayo de 2016

En presente y pasado, un bagaje.




Era curioso que pensara en el guayabero   cuando se preparaba para el baño; curioso de venirse esos recuerdos, que ahora se hallaban en un rincón de la memoria, un lugar casi inhóspito, pero al fin y al cabo, allí seguían.

Los ojos negros de Ermine, cuando se hacía limpieza en la casa, se quedaban de guardia toda la mañana en la esquina de la cocina, por si a alguien se le ocurría atravesar el largo pasillo, que terminaba a un lado, con un aseo pequeño, y al otro, un patio de piedras volcánicas  con un gran guayabero en el centro. Durante el tiempo de guardia no sonreía, y mayestática y seria y con ambas manos cruzadas, amenazaba con castigar a todo aquel que dejara la huella en el suelo húmedo.

Como un río alegre se fueron encadenando los pensamientos y, las imágenes fluyeron libres- Ermine, se dijo, qué lejos estás y que cerca de siento, volvió a decir, mientras se introducía en la tina, que se desbordaba de agua, tanto como las ganas de ella.

-Pero cuando la guardia había terminado, y la veda se había abierto, entrar en aquel patio de piedras volcánicas era tan agradable, como mirar las estrellas en verano. Hubo una vez, que se dio la circunstancia que el tiempo acompañó de tal forma, que florecieron los botones de guayabo y crecieron con una enormidad ilusoria. Todo estaba preparado para elaborar el dulce. Con pan de centeno, con bizcocho, con queso, se podía comer de cualquier modo. Aquella casa olía a flores del Olimpo.

Tomó la pastilla de jabón para oler el perfume, ya la esponja se había deslizado por el cuerpo  varias veces. Luego se columpió moviendo parsimoniosamente las nalgas. El agua estaba deliciosa.

Ermine era una madre de esas que nunca tuvo hijos, pero era una madre. En la mesa de la cocina con un mantel verde dejaba los dulces y dejaba los bizcochos.

-         Eres la primera en todo me dijo unos de los primos-

       -¿Porqué crees eso?- Le contesté.

       -Porque…  No supo qué responder. Éramos tan niños.

Pero las primeras son las primeras que se van, le dije. No me contestó, no supo.



Esas líneas las había visto en un viejo diario que unos momentos antes había ojeado, antes de sumergirse en aquel pozo de agua cristalina, y dejarse ir, como cuando los besos  se dejan caer como regalos por la espalda y el vientre. Separó los muslos y se acercó para mirarse el rostro y sonrió. No había muerto aún. Pero la carita de pecas ya no estaba…


viernes, 27 de mayo de 2016

Han llegado las mariposas






Textualmente, y punto por punto, le había dicho que la temporada de las mariposas era sagrada para ella; quería decir que por esos días nada habría de ocupar su tiempo, nada habría de frenar las ansiadas vacaciones.

Pero en realidad no eran vacaciones como tal, no. Eran los momentos que necesitaba para evadirse y dejar atrás casi todo. Ya tenía el billete de tren y ya tenía el equipaje preparado, una mochila, simple y llanamente, una mochila. Era bonita, tenía por fuera unos bolsillos de diferente color, y luego colgaban asaderas hechas de macramé para colgar las cholas y un rosario de perlas negras. Su bisabuela se lo dejó olvidado cuando se fue y ella lo tomó, con mucho cariño. Desde entonces lo lleva a todas partes, pero lo curioso es que había de estar siempre mostrado al todo aquel que quisiera verlo. Es una reliquia antiquísima y preciada. Pero pendía todo el tiempo, ya fuera en la mochila, ya en la esquina de uno de los barrotes de la cama.
Esperó que el cigarrillo se terminara de esfumar y aspiraba con premura. Entre sus labios daba gusto de ver el tabaco con la capa de papel cada vez más húmeda.

Fiona era una de esas mujeres que, en la primera impresión parecía común, es decir, ella no daba muestra alguna de vanidad, siquiera de querer aparentar y ni mucho menos ansiaba menesterosa llamar la atención. Eso si, tenía algo de temperamento en todas la carreteras de sus venas, eso no estaba mal del todo. No había pasado por el encorsetamiento de una sociedad impune con sus gentes, y si en algún momento habría sufrido eso de guardar silencio y obedecer, seguro que ya estaba totalmente borrado de su cabeza y también de su diario. Cinco páginas arrancadas con rabia.

Lo primero que hizo esa mañana fue buscar el billete del tren y guardarlo en uno de los bolsillos y también el rosario que inmediatamente dejó pendido en una de las cogederas de macramé de la mochila. Atisbó a lo lejos un bus rojo, y dudó si sería el suyo. Dudó hasta que llegó a sus pies la delantera roja y el dibujo de una gran mariposa azul en uno de los lados. Sonrió porque si era el bus. Soportó dos horas de sol intenso, llevaba una gorra muy bonita que la protegía de los rayos de un sol justiciero, si, era un sol que castigaba a esas horas de la mañana, era un fustigador, era un sol que daba latigazos y dejaba las llagas en la piel, como cuando los marinos eran azotados con el torso desnudo, en el cabestrante.

Habían pasado casi dos horas y se sentía muy bien, a penas una cabezada había dado y el libro que tenía en sus manos se había caído a su pies, pero lo tomó rápido, bostezó y sonrió. Nadie podía imaginar donde se dirigía, eso era un secreto muy bien guardado por Fiona, como cuando se guardan las cartas de amor en un cofre de plata con un lazo púrpura en medio.

El viaje acabó sin consecuencias de importancia. Unas siete horas de camino, pero para Fiona eso era como un paseo, y es que le esperaba el mundo de las mariposas. Llegó, se descalzó y se quedó dormida entre ellas, como si en verdad se hubiera mimetizado. Ahora era una hermosa mariposa blanca y tornasolada...


martes, 24 de mayo de 2016

Arroz meloso





El señor de corbata levantó la cortina del asfalto con la punta del bastón. La intención no era otra que ver el espejismo de un niño, de su niño interior; vivaracho, con una gorra de pana y pantalones cortos y algún juguete en sus manos. Hay personas que con ese gesto ya son felices, dijo la señora, que no le quitaba ojo, porque era curioso eso de rebuscar y encontrar al niño que se lleva dentro.

Probablemente ella también buscó detrás de los cuadros, o, también ,en aquel parque de recreos con la veleta impoluta de un madero noble que recreaba a un gran pájaro azul. Entre las niñas se hallaba ella, con la dulzura de una boquita angelical; por entonces era agradable estar allí, sobre todo porque el tiempo se quedaba congelado, como si alguien con una barita mágica hiciera eso, me refiero a eso de paralizar el tiempo. Seguramente las hadas por esa época se mudaron a vivir allí; de modo que siguió el paseo y pensó en comprar un hermoso ramos de lilas y algunas siempre vivas, y cruzó la avenida al mismo tiempo que se atusaba el pelo...

El aroma de la arrocería se colaba por la estrecha callejuela circundante al monumento de la madre, una de esas esculturas a medio hacer, porque daba la impresión de que a la madre le faltaba el verdadero espíritu, ese que suelen tener las madres, ese que se desborda hacia fuera, por los ojos, o por un gesto cualquiera, pero que, en este caso resultó algo ignoto para el artista.

Los comensales llevaban a la boca el meloso arroz acompañado de un buen vino de la zona. El tintineo de los cuchillos, y de los platos y de las cucharas se esparcían en ondas, como si en verdad fueran campanillas de esas ornamentadas de la India. Glorioso momento pues ese, con las papilas gustativas muy sensibles y los jugos gástricos queriéndose escapar y liberar la contenida sensación de bienestar. A veces pienso que un estómago es otro ser vivo que llevamos dentro, una casi perfecta simbiosis imagino que pueda ser, por decir algo...
Fuera, todo seguía su curso, el señor de corbata había llegado al fin al casino deseando ese puro que en casa le prohibían, y la señora entrada en años dejó de ponerle atención; en realidad había una similitud entre los dos: Ambos sentían la necesidad de reencontrarse consigo mismo, con ese niño de antaño, que podría hallarse debajo del asfalto y también en el parque de la veleta impoluta de un madero noble.

Era una estampa preciosa, pero me refiero a dos Araucarias que habían en la avenida y también ver cómo el meloso arroz, cálido y perfumado era devorado por unas cuantas bocas que parloteaban ésto y aquello, y algunas con los ríos del buen vino en las comisuras...
Tan elaborado y agradecido arroz, como el beso de un amante diría yo. Quizás excesiva comparación, pero es que a veces...





miércoles, 18 de mayo de 2016

Un modo de ver las cosas






Es curioso que el reloj justo enfrente se hallara sin vida. No habría de tener importancia alguna, al no ser porque, juraría yo, que hace unos segundos su manecilla pareció caminar hacia las en punto. Diría que es realmente interesante que cada vez que se quiera, unas simples manecillas giren a voluntad de cada cual.

El poder de la mente no tiene límites a mi modo de ver. Incluso la escultura de bronce de un hombre algo encorvado, con predilección de mirar hacia el otro lado, pareciera en algún momento fruncir el ceño y luego sonreír, y acto seguido quedarse tan quieto, como lo que es: Una estatua. En éste caso es de bronce y con algunos ribetes, sobre todo a la altura del pecho. Es decir, que es tan emocionante ver que la escultura cobre vida, y el reloj también, aún a sabiendas que ninguno de esos objetos tiene vida propia; quizás el reloj si marcara las horas como antaño, pudiera albergar vida, aunque eso de que un objeto tenga vida, no responde al modelo de definir lo que significa vida, porque no hay ningún equilibrio omeostático en ellos.

Pero me gusta pensar que un reloj por ejemplo tenga vida, un corazón que palpita a medida las agujas recorren punto por punto las horas y los minutos, y hasta los segundos. Hoy yo he querido ver como late ese reloj, que tanto tiempo ya, ha dejado de marcar las horas, un reloj abandonado en lo alto de la encimera, lleno de polvo y descolorido. Me impresiona que le mirara un rato y tomara vida un corazón ya muerto.

Incluso si me fijo más, puedo ver algunas de las imágenes que formaron parte de sus horas. Imágenes que desgraciadamente no fueron bien avenidas, por ejemplo, cuando el atentado de la capital de la ciudad, allá por los años setenta y que ocasionó una tragedia, porque el vuelo de avión que tenía que haber aterrizado en la isla grande, tuvo que buscar otra ruta y otra isla, y eso fue fatídico. El destino quizás. Por entonces el reloj siempre marcaba el tiempo con su tic, tac. Fue en esa ocasión en que se quedaron los gritos y el fuego y las ambulancias de aquí para allá, si, realmente en su tic, tac, quedaron las horas y las imágenes, para mi gusto, claro está.

La compañera de trabajo y calamidades añadió:

¿Y porqué te empeñas en ver esas cosas, y más cuando se trata de un simple reloj?

Se me escapó una media sonrisa y repliqué:

¿Y tú, es que realmente lo que ves ahí fuera es  la verdad?

Hoy el día se hace largo y me vuelvo a distraer un rato: El reloj que toma vida, y la escultura con el ceño fruncido, a saber si algo oyó...


lunes, 16 de mayo de 2016

Inclemencias y deseos






Es una tontería querer alejarse y terminar en un bosque, eso es una pérdida de tiempo para mi gusto, dijo Helena. ¿Porqué habría de ser una tontería terminar en un bosque?, se preguntó la otra mujer que se hallaba en el puesto de castañas y atenta y curiosa escuchaba la conversación.

Se había torrado dos dedos por causa de su extremada atención hacia las muchachas, cuando quiso sacar las castañas del asador; siquiera si había molestado en mirar.
Pensó la señora que estaba bien eso de adentrarse en un gran bosque y desaparecer por un tiempo, sobre todo ella, que llevaba una ingente cantidad de años tostando castañas, con lluvia extrema, con frío helado desde las montañas, con las yemas de los dedos de diferente tono a muchas.

Se había acomodado un rato soplando sus dedos maltrechos y tiznados, luego recreó su huida. Mayestática, permaneció todo el rato en que su pensamiento derrochaba las imágenes supuestas de ese gran lecho de retamas y, hasta un bello manglar en medio.
De modo que las muchachas ya se habían ido cada cual a sus asuntos; y sin embargo, el bosque cada vez cobraba más vida, el manglar restallaba de forma súbita y elegante, promovido en parte por las aves, que revoltosas buscaban en las ramas astillas para la construcción de los nidos, nidos que se multiplicaban a medida que cualquiera pudiera recrear su vista, cualquiera que tuviera la tremenda suerte de hallarse por un día en tan bello lugar. Casi no había hueco sin nido a lo largo del manglar.

Seguramente la señora tostadora de castañas hubiera introducido las manos en el agua exactamente igual que las raíces, eso sería renovarse casi por completo de las tediosas tardes de invierno, con la cara manchada y los sabañones en algunos de los dedos, y sobre todo la soledad de ella, aún en el vocerío de la gente para saciar las ganas de comer las orondas sabrosas castañas.

Por lo tanto para ella ese bosque sería la liberación y no la huida, sería tan maravilloso como convertirse en alguna de esas aves solitarias pero libres, o quizás formaría parte del manglar, o sería el agua limpia que rozaría con dulzura las alargadas ramas.

De modo que se colocó el echarpe, se enfundó los guantes roídos y sonrió. Al fin y al cabo no estaba mal eso de tostar castañas, aún en las inclemencias del tiempo...





martes, 10 de mayo de 2016

Designios





A la señorita Sefi le estaban robando las amígdalas, el temor crecía a medida que unas grandes manos y un aparato punzante y plata escudriñaba.
Las puntillas blancas del vestido pronto se empaparon de un color púrpura ingrato, además era su vestido preferido y también los zapatos blancos con lazos como mariposas.

La señora madre de la niña la sostenía con una calma aparente, y convencida de que aquella incursión era necesaria; de modo que se mostraba solícita y obediente a las indicaciones del médico. Todo lo contrario le ocurría a Sefi, que inquieta daba zarpazos, como un cachorro de tigre, casi. Aparentemente también una calma tensa y dolorosa al fondo del pasillo, en que algunos señores y señoras rezaban en la capilla de los Ángeles, arrodillados algunos, y otros menesterosos de obedecer salmos y alguna que otra verborrea de parte del párroco, que se alojaba en la última planta de sanatorio, justo en una buhardilla centenaria, algo retocada, pero con el olor de los cirios, el incienso, y fuera, pendiendo de las tejas en un armazón de cobre, una escultura de la Santa María, inclemente al frío o al calor, y sobre todo al paso de los años.

Un vómito súbito salió de Sefi y luego otro, y otro, y todo terminaba en un cubo de aluminio. Era escandaloso ver la sangre grumosa de pepitas rojas y restos de mucosidad. Era aterrador también ver a los médicos de un lado a otro, balbuceando ésto o aquello sin reparar en la expresión de los ojos de la señorita Sefi.

El consuelo se posaría sobre la niña más tarde, cuando en la habitación y junto a su madre, le tenían de sorpresa curativa un helado. En ese instante todos los terrores juntos se evadieron por la ventana y la niña se distrajo con tal premio, un helado que para ella tenía un color resplandeciente, igual que el sol, y es que nunca, nunca, había probado la golosina helada y cremosa.
Luego, ya en casa, las carantoñas de los familiares y los vecinos consintieron tanto a la señorita Sefi, que casi olvidó aquella trepanación injusta y sobre todo, porque los niños nunca ven lo que les pueda anteceder, y casi nunca sienten el miedo de antemano, salvo que, como ahora, la pequeña se viera asediada por aquellas inmensas garras que, para ella significaba el quitarle hasta las tripas.

Por la mañana alguien entró en la habitación y abrió las ventanas para que la luz se colara, y, de repente uno de esos rayos tocó la naricilla de Sefi y ella sonrió, pero en realidad le estaban ofreciendo otro rico helado, cremoso, como el de la noche anterior...




RELATOS - TODAS ERAN BUENAS, DE MARÍA GLADYS ESTÉVEZ

domingo, 8 de mayo de 2016

Todas eran buenas




¿Y qué decir de esa conversación de la operación púnica?, mejor asentir con la cabeza, y dejar que fluyan verdades o mentiras, al fin y al cabo, no era lo importante de aquella reunión. Tampoco habría de tener importancia si esa señora que se sentaba en la purita esquina, tuviera por costumbre comerse las uñas, que luego, disimulaba con mitones en sus manos, sobre todo cuando tenía que asistir a alguna celebración. Debía de haber pasado mucho calor con ellos puestos, pero la vergüenza podía más, y demostrar a los demás que tenía los dedos hechos un desastre porque siguiera podía lucir esmalte, eso para ella era peor que prostituirse. Claro está que no podía renunciar a esa enfermedad, esa de comerse una a una todas las uñas de sus diez dedos.

En unos instantes todo se había convertido en el muro de las lamentaciones. Realmente parecía eso, un muro enorme de lamentaciones, un bosque de grises matices, con una mesa enorme en el centro y las personas alrededor, con sus tazas de té en las manos.
Siquiera importaba que las criaturas que jugaban en el patio central recurrieran al consuelo a alguna de las madres porque sus rodillas fustigadas sangraban. Nada de eso tenía relevancia alguna.

¿Tanto tiempo ha pasado? Dijo Diana-

Tanto, tanto, tantísimo, respondió, por la sonrisa de su boca, era con un tono bastante cínico.

De algo le había servido estudiar en la universidad, creía ella, claro está, porque para responder mentiras o desviar una respuesta hacia un lado u otro, no hace falta ser titulado. De modo que con el cigarrillo entre sus labios volvió a contestar: Tanto, tantísimo…

Leonora tenía cinco niños y Diana no supo ser madre, o bien, la naturaleza no la proveyó de ese galardón o premio o, milagro. Como quiera que Diana a eso no le influyera en demasía, ya estaba al tanto de las reacciones típicas de Leonora.

Todo ese gran acontecimiento en ese bosque gris y alrededor de la mesa con las tazas de té en las manos y alguna pasta rancia, no era ni más ni menos, que la reunión de todos los meses, de unas amigas, que un día posiblemente lo fueron, pero que ahora, cada cual habitaba donde placía y reaccionaba como tal, y además los sentimientos ya lejanos, ahora se encontraban en un pozo profundo de iniquidad, egoísmo, y un largo etc..., de imprudentes mujeres, avariciosas algunas, otras muertas de dolor, y otras mirando al frente, como si nada hubiera pasado.

En fin, dijo la que portaba el escrito que casi era como un manifiesto, ya estamos aquí otra vez, celebrando la amistad y que perdure, amigas…
El chasquido de las copas al brindar se convirtió en un mal rayo dañino…





sábado, 7 de mayo de 2016



Pensé que podría suceder, pero todo quedó en un montón de ruinas,
en un castillo de papel...
Pensé...
Sucederá,
No.
_Mi sangre se seca.

miércoles, 4 de mayo de 2016

Niebla





La quilla de un barco, eso había pensado cuando se fijó en el receptor de solicitudes que se hallaba al lado del ordenador. En esos mismos instantes y con la música de fondo de un tango, recordó la historia de Isabel, cuando tuvo que ir al muelle a despedir a su hermano para la guerra, para una guerra de niños que llenaban el barco, algunos, lloraban.

Lloverán obuses, pensó Isabel, lloverán sobre sus cabezas y destruirán sus vidas, todo se borrará en sus memorias y las secuelas serían espantosas en los pocos que habrían de volver. Entre ellos, con suerte, regresaría su hermano, su adorado hermano, con un cabello rizado y con un bigote bien lustrado; probablemente llegaría a tierra con la vieja mochila a un lado del cuerpo, quizás con una sonrisa o tal vez, con la cabeza en otro sitio. Las guerras son crueles, y casi nadie que vuelve viene igual que antes, nada más basta observar los rostros alicaídos, amarillentos. Los ojos no tienen vida, ahora son opacos, y dentro de ellos se quedan por siempre los fantasmas que cada noche rasgaban los cuerpos, roían como ratas sus oídos, y las llagas se multiplicaban en las piernas ,y en los brazos y, en la comisura de los labios. Era una plaga infernal que se cernía sobre ellos y también en las casas y en las iglesias.

Las personas se vuelven enemigos de sus mentes, mascan todo lo malo que resuena en sus cabezas; enloquecen de hambre y de miedo en medio de la insoportable situación, que, por una razón u otra se acomoda dentro perforando hasta las entrañas. Regresó un día el hermano, pero ya llevaba el puñal clavado muy adentro, y los días venideros fueron tan malos como los de antes...Noches de insomnio y días con pesadillas. Lo tendría con ella otra vez, pero marchito.

Volvió a mirar el receptor de solicitudes y esta vez se había quedado la niebla, solo eso, al fin y al cabo las cosas llegan a su fin...





Se habre el telón

Se abre el telón El primer día te comen los nervios, si, si, te comen literalmente; y es que, cuando una se halla en el escenario...