miércoles, 27 de mayo de 2015

Necesito equivocarme muchas veces, es un acicate muy estimulante. Necesito ser consciente de lo que se advenga en la constante lucha con mi propio yo; admirar una obra musical o literaria y advertir los múltiples fallos que pueda encontrar en ella. Si, realmente necesito eso, errar, errar, errar…,

domingo, 24 de mayo de 2015

La velada

Posiblemente erraría en su modo de expresarse por la inmediatez en que se disiparon los que allí se encontraban, justamente en el salón que tenía baldosas, esas baldosas que cada día eran pulidas por trapos empapados en linaza, como si en verdad se tratara de mantener un lienzo en buen estado, sin opacidad, no permitiendo que un guijarro, o cualquier barro que se hubiese escapado de las botas del señor de la casa tiñera vastamente los caparazones de piedras incrustadas por las manos de aquellos a quienes un día bien avenidos, trabajaron por un buen plato de comida; de modo que hubo que silenciar el monólogo, que más que eso y en casi todo el contenido, profería radicales cambios de voz y que, razonablemente chirriaban en los oídos de los que allí se hallaban. No sería menester saber que la sordera de Don Armando entre otras cosas, provocaba tales reacciones, porque el tono de su voz se acrecentaba del tal modo, que hasta los aguiluchos del campanario cercano echaban a volar de sus nidos, volviendo al poco tiempo a ellos pasada la tormenta; a él no le bastaría con que los ojos de los invitados permanecieran abiertos, siquiera se había parado a pensar que en algún momento alguien se viera en la obligación de cambiar de postura, o, de un acto tan normal, como lo es el tenerse que llevarse un dedo justo al lado de la nariz para disimular algún comezón que otro, o el mero hecho de pestañear, o coger con verdadera gana la copa hacia los labios para saborear el brandy, no señor, a Don Armando lo que verdaderamente le privaba era que se le escuchara y aplaudiera, al fin y al cabo no era consciente de lo molesto que podría ser llevado un tiempo, escuchar su increpación, más que sus palabras Las hijas de Don Armando salieron al terrazo, Doña Esperanza permaneció dentro, junto a su esposo, siempre aliada a todo lo que su persona fuera, pero una larga y fina cuerda de bramante los había separado hacía ya mucho tiempo, así es, nada más, y nada menos que la pura realidad, pero eso se habría de ocultar toda la vida, como si cada uno de ellos al amanecer cubrieran el rostro con una bonita careta de porcelana fijada a la piel, y en las noches cada cual, y en el silencio de la habitación las guardaran en la gaveta de la mesita de noche, claro está, con sumo cuidado. Los demás invitados estuvieron un rato dando vueltas por el salón, apurando la bebida para despedirse, no sin antes aplaudir casi por compasión al anfitrión, que estoicamente aguantaba de pie, como si en verdad estuviera en una tarima alzando uno de los dedos afirmando, ofuscado, pero convencido de su repertorio; andaban de vuelta la muchachas, e hicieron señas a su madre para que anduviera al tanto, y provocara por fin que aquella majestuosa y chirriosa obra acabara sin más dilación, y haciendo que bajara su señor padre del ficticio entablado. Los pomos de la puerta giraron después de que todos se hubiesen ido. Y es que ni la sordera, ni las muecas de los invitados para que ese concierto disparatado terminara, pudieron convencerle de que él llevaría la razón dentro de la sinrazón, y más aún que la sordera hiciera de él un hombre más impertinente, si cabe...


lunes, 18 de mayo de 2015

El silencio de los domingos


La idiosincrasia no formaba parte de las costumbres de los señores y señoras que habitaban las casitas que se apoyaban unas en las otras en una línea recta, más bien eran los lazos familiares, los que realmente fueron los que se encargaron de que en cierto modo, surgiera en la cotidianidad de los días el conocerse, mitigar las penas con el consuelo y, sin lugar a dudas, también, un cierto cinismo, o querer saber algo más de lo que sucedía dentro de los hogares, cuando las puertas permanecían cerradas y los cerrojos echados…,

Preferiblemente los domingos eran uno de esos días en que la curiosidad por saber algo de cada cual propiciaba el encuentro en la casa que más flores llevaba en la fachada y en los parterres. Un coche enorme de color oscuro no tardaría en salir, porque el cochecito del bebé y las mantitas  ya se habían colocado en la parte posterior, y las lunas de las ventanas abiertas por el calor; pero eso no distrajo lo suficiente, también el domingo se convertía en un día silencioso, porque las dos naves comerciales cejaban su actividad y sólo los pajarillos acudían y siempre se llevaban algo en sus picos de las alfombras de cortezas de pan tostado o, los restos de algún bote de leche o refresco que, en el momento de desembalar se hubieran escurrido entre los palees; mientras las miradas se dirigían a los tulipanes blancos, y a los geranios, y las retamas de lavanda, una de las mujeres se atusaba el pelo inquieta y propiciaba una verborrea absurda con el fin de poder saber la verdad sobre algunos de los jóvenes de las familias, seguramente esa inquietud, esa curiosidad la hubiera dejado satisfecha todo el día. De modo que su mirada inquisidora y el modo en que jugaba con los dedos de sus manos, debieron descubrirla, si, eso pensó Eulalia, que observaba con agudeza todos sus movimientos, parece que está en trance, se dijo. No se habría conformado con la respuesta añadida, y siguió insistiendo, pero Eulalia se negó por completo a ceder a sus rogativas, a su detestable intriga, que no era otra cosa sino poder  tener un domingo extraordinario, y se hubiera ido doblando la esquina feliz por ello, porque alguien por fin confesara a sus  estúpidas preguntas o, a sus absurdas dudas, qué poco le llena la vida se volvió a decir Eulalia. El peso del mediodía disolvió la extraña reunión y es que no es cuestión de idiosincrasia, quizás costumbres, o vidas malsanas…,

viernes, 15 de mayo de 2015

Es una grave enfermedad descontrolada, es inclemente, es odio y dulzura. Yo deseo ese incesante goteo de perversidad: El amor.

jueves, 14 de mayo de 2015

Bajo la luz de una lámpara




A esas horas nunca duerme, durante la vigilia orbitan a su alrededor un montón de cuerpos estelares, muy brillantes, la hacen sentir la diosa de algún terruño, de esos que se despliegan a lo largo de los viejos caminos. Había pensado en poner un grupo de plañideras en la escena del velatorio, pero le pareció nimio, hasta le sacó una sonrisa algo tímida imaginando a esas señoras con gritos desgarradores por un puñado de monedas, y es que las personas se prestan a casi todo.
Conforme crea un personaje, u otro, retiene entre sus labios un lápiz, juega con él, lo mordisquea ávida, como si se tratara de la piel olorosa y atractiva de un amante, de modo que el cuerpo cilíndrico gira mil veces y al final de la obra queda totalmente espachurrado. Después de cien folios totalmente emborronados, surge la historia que ideaba en su cabeza, tras varias veladas en solitario, sin ningún sonido que pudiera distraer su atención, ni siquiera las ánimas se habían acercado a la ventana para no enturbiar el desatino que le provocaba escribir ciertas historias. Le había parecido buena, estaba satisfecha cuando terminó de escribir el último renglón: Los cirros abarcando el cielo, el dueño de la tienda de ultramarinos tan viejo como un volcán; las putas y los rufianes en la otra calle tres cuadras  más arriba, y los zopilotes revoloteando sobre las cabezas de las gentes para sacarle los cuartos, todo ello un enjambre de imágenes a su antojo, o quizás, la verdad…,

No quedan más que las sombras de los pájaros debajo del árbol, Con sus débiles alas desplegadas, con sus picos cerrados… No quedan ...