martes, 14 de noviembre de 2017





Ayer me soporté bien. Anduve en la madrugada, como cuando una se escapa del cuerpo mientras duerme. Me soporté toda la noche, soporté dos botellas de champaña … Me hice río helado y luego confortable. Me amé, me amé, más tarde, cuando la luz del sol asomaba. Fue en el mismo tugurio, en la parte de atrás, donde la champaña en cajas… Me deshice del vestido y de las medias, me quedé amándome y un olor a sexo fue como un espray de lilas… al aire, en donde las cajas de champaña...

lunes, 13 de noviembre de 2017

Dominó, magnolias y más


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Allá por los años cuarenta, por los míticos bares de ahora y de siempre, ella era una estrella con una flor de magnolia en su pelo abundante y ondulado. Aún permanece invisible, la flor.
La noches donde las personas se arreglaban bien y cogían un taxi, para obtener una velada grandiosa, donde la estrella con la magnolia en el pelo bailaba perfectamente, sin vacilar, con sus vestidos brillantes y borlas como plata brillante, alrededor de su torerita de terciopelo. Aquí en los tiempos de ahora perseveran otras cosas en estos supuestos años en que la vida termina, porque el corazón se cansa. Esta tarde la pude ver de lejos, en el comedor forrado de láminas de madera por el frío, por si el frío les helara los dedos a los viejitos. Sabía que ella pensaba en el arroz que tenía delante en un plato blanco, que ya podría ser una docena de ostras con un champán, yo me relamí de su pensamiento, porque puedo escucharla desde lejos, porque la conozco y por aquellos tiempos yo todavía no había nacido, pero ya andaba por aquí, sin forma, sin aliento, pero estaba. Cuando llegué a la mesa me sonrió y se sorprendió, porque quizás el porro de mariguana en mis labios era algo novedoso; Ceferino come y come el arroz con pollo y tiras de pimiento, no quiero más arroz, me dijo. Claro que no querría, no querría arroz con pimientos, eso no era siquiera hambre para ella, solo un plato de colores en el centro y sus manos a los lados y una servilleta blanca alrededor del cuello y los granos en cadena uno a uno, hasta terminar la tela. La tela con arroz perfectamente podría servir de lienzo en las paredes, pero no era el caso.

De pronto la vi, con su ovillo de lana pero un ovillo del tiempo, manchado de pinta labios, de risas, de caminar por Gran Vía, con un chaparrón de mil demonios, con guantes de cuero en sus manitas jóvenes y pequeñas. La vi, si la vi como yo veo todo; sin embargo ella ni se inmutaba, solo se limitaba a mirarme, porque mi porro se apuraba o se detenía según yo quisiera. Y sonó Armtrong, y el patio de magnolias y los viejitos jugando al dominó y ella, tan viejita del tiempo, bebía agua en su vaso de plástico, porque los niños los dejan caer y se lastimarán luego, en este caso, no. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

Tendría que hacer girar el timón del tiempo, que sería como un remolino de horascas, con gotas de lluvia llorándolas a todas.
Tendría que quedarme siempre. inmutable y jóven. Con la piel sedosa y tersa, quedarme como estatua de sal.Sin pestañear, pero habría de ser así, de otra manera, no serè ayer, no.
El timón gira a gran velocidad, prudente velocidad, hasta dejarme ahí, en la nueva piel y en el nuevo amanecer,y mis pechos mimados, mis pezones besados, y esas noches de juventud ilusionada, pero también de una atroz adolescencia.
Girar el tambor para verme asolada? Llorada de lágrimas y en el espejo una niña con cinturita de avispa, con la sonrisa inconsciente de la terror verdad.
Tendría que hacer girar y girar el timón del tiempo por si en alguna esquina de la plaza del Príncipe y por ventura del destino, tú estuvieras ahí..mirándome, y yo sabiendo que tú estabas ahí, miràndote...
Tendría que morir para volver. Coincidir en un antro de rebelión..contigo.. contigo, contigo... con..

martes, 7 de noviembre de 2017

Mamá, casóme




Que ya es tiempo que lo haga, mamá, casarme. ¡Qué guapo es mi novio!, que tiene la ropa de soldado, con su gorra llena de estrellas. Son rayos de Sol sus ojos, si, mamá, si que son, son dos luceros también…

Suspira mi corazón por él y la noche es un vals de estrellas rodeándome. Su esposa quiero ser mama, si que quiero, quiero porque lo quiero, porque jamás querré a otro, ¡Dios me libre madre mía, Dios me libre!

Me dicen en sus cartas, madre, que cuando sale al patio, en el descanso de las guardias, se pone a cantar lo más bonito para mí, que añora España, madre; pero que vendrá pronto, que la guerra no es para él, que se muere de pena cuando caen sus compañeros de batallón al lado de él, que parecen marionetas con las tripas rotas y los ojos grandes, madre, grandes de terror.

Y que no le importa que la lluvia lo moje, madre, cuando canta en el patio ¡Qué amor tan bonito! ¡Soldado por su patria y a la muerte si es necesario, por valiente!

Me dice también que cuando no está en las trincheras, se consuela madre, con verme en la foto. ¿Te acuerdas madre? Aquella foto que me sacó el cura del pueblo, iba yo muy derecha y lozana, y guapa, y muy decente…

Que duerme con ella bajo la almohada, en las tiendas roídas, bajo la luz de alguna estrella, mientras pasa la noche para que vuelva la guerra en cuanto salga la luz del Sol. Un arroz con habichuelas le haría yo, para que no pase hambre, tan limpio lo pienso tener, que la gente se vuelva cuando paseemos por el parque, el parque de mi infancia. Un parque bendecido por Dios, lleno de mariposas de colores, una fuente con agua brillante, que se alza al Cielo, cuando la brisa de la tarde se hace fuerte. Coplas y más coplas sonarán, cuando pasemos delante del quiosco de flores, de la marquesina, eso si que será lo más hermoso, madre…

Que me cuenta en las cartas con el salero que Dios le ha dado, que me quiere a mi sola, que muere por tenerme en sus brazos, y que yo me sonrojo, madre, que soy mujer decente y buena. Pero un hombre es un hombre, y ha de ser lo que le complazca, porque para mí, nadie más en la tierra…
Anoche cayeron las bombas cerquita, me dice, cayeron como cuchillos, y mordieron como lobos hambrientos. Pero la valentía de mi hombre hizo que siquiera se inmutara, madre. Me dijo que nada de miedo pasó, que él es un hombre valiente, y, que si muere en la guerra, será por algo, porque a hombre y varón no hay quien le gane.

Sabrás, madre que fue torero, en su día, que no llegó a la fama, como otros, pero que mató a muchos toros, y que ya se había acostumbrado al olor a sangre, y también a los gemidos del animal, mientras lo remataba. Yo todo eso lo entiendo y me gusta que mi hombre sea así de valiente, por el modo en que rasgaba las tripas del toro, por el modo en que se comporta, cuando cerquita, muy cerquita caen las bombas. Él no llora como los demás, él siquiera reza un
padre nuestro, porque es un legionario como no los hay muchos, madre. Honor y hombría es él…

Ya no veo el día en que termine esa contienda, que siquiera se porque se lucha, siquiera se, porque se muere en ella. Ni que los niños lloren de hambre, ni que las madres tengan ni una gota de leche en sus secos pechos del miedo. ¿Dónde la has encontrado?

¿Qué cosa?-

La carta, Jimena, la carta-

Que me la dio la tía Inés un día, cuando visité el pueblo.

¡Qué pena de mujer la tita Bernarda!, se dijo la muchacha, mientras doblaba la carta y la guardaba en el pequeño cofre de plata, con pespuntes de oro fino. Todo preparado para la boda, con su novio flamante, y ella, con un velo que en cascadas llegaba al suelo, y para qué decir ese cante jondo que sonaba y las palmas que no cesaban, porque una boda, es una boda. Y es que a ella le gustó así, una boda formal, una boda sonada en el pueblo, con los mineros cantando fuera, en pleno mes de noviembre, cuando cae el relente, y la lluvia cala los huesos y empapa el alma…

Eso consiguió. Un hombre como es que más, un valiente venido de la batalla, entero y valiente. Suspiros de amor se advinieron entre los dos, ella, pura y sonrojada, él deseando tenerla esa misma noche.

En Cádiz fue la luna de miel, en Cádiz supo la novia lo que es un hombre. Entre fandangos y vino, se convirtió en su mujer, se la llevó el río, se la llevó. Un río que la devoró entera, que lastimó su pecho, que lastimó sus muslos, pero un río bravo y valiente.
¡Qué pena de mujer la tita Bernarda!, se volvió a decir.


Clara, Victoria, proclamaron la libertad de la mujer. Gritos de justicia. Sabias palabras. Pero ¡hay señor! ¡Qué pena más grande, ver a la tita Bernarda, en su tumba tan bonita! Rodeada de flores secas y amargas, y púas de rosa en sus manos, y su cara tan linda de madre reseca del tiempo, de barrotes, de mordazas en sus labios…

viernes, 3 de noviembre de 2017

Un historia con olor





Hay lugares con mucho frío, pero esos lugares tienen muchos lagos llenos de cisnes, lagos transparentes, apacibles, como cuando una madre da el pecho a su hijo, mientras ambos se dedican miradas llenas de amor…

Entonces en aquel café suena un violín. Una se queda ahí, escuchando, porque por un rato todo fluye: Fluyen las voces en susurros y, dicen esto, y aquello (Mañana nevará) , dijo alguien. Fluye el vaho de esos susurros. La música del violín se explaya como si grandes dedos delgados alcanzaran tocar los picos de las torres, o el tejado de las buhardillas. El muchacho tiene unas manos blancas y delicadas y sus dedos acarician sus cuerdas de tripa, tan mimado con el, que la música se desliza y envuelve todo.

Los sueños se pueden inventar, se puede soñar todo, igual que el violinista, que, lejos de las miradas y de los susurros, se aparta de todo, porque es tal la magnificencia de él con el mundo sensible, que crea sueños, los crea a cada minuto, que marca un reloj cualquiera, él es el poderoso soñador, ahora se detiene un momento, para cambiar de postura, quizás buscando la comodidad, quizás por realzar más aún las notas que se escapan caprichosas, creando un infinito lugar hermoso, como un parterre repleto de flores, de toda clase de flores...



Entonces los nubarrones desaparecen, y un sol espléndido nace allí, en aquella fina línea que separa un mar y un cielo. Las blancas manos, la juventud de su piel, la música que crea, los sueños, sobre todo, los sueños.

jueves, 19 de octubre de 2017

Porque fue un dieciocho de agosto, de 1936 que le mataron el corazón a un poeta grande, Federico García Lorca.

Hoy yo quiero fingir que le conocí en Soller, en la hermosa isla de Palma de Mallorca, el puerto de Soller, donde se llega si una quiere, por un manto de frutales, entre los sabores,  y olores de los hogares.  Porque fingir, en ciertas ocasiones, no es malo, al contrario, fingir una historia es tan bello como escribir un cuento.
Podría haber sido en La Habana, podría haber sido  Nueva York​, pero ha sido en este pequeño trozo de España donde Federico se quedó un otoño, solo un otoño que pareció una eternidad, para él y para mí.
 Una noche, a eso de las tres de la madrugada andaba yo trastabillando por una de las callejuelas de adoquines, de piedra redonda, y blanca, y que todavía sonaba una guitarra a esas horas, y que yo llevaba puesto aquel collar de caracolas, que llevaba descalzos los pies y que se yo, cuántas más cosas debía estar haciendo a esas horas de la bella madrugada…
Y que a esas horas, había una luna grandota y brillante, como el lomo de los peces. Él, con sus ojos negros, con la juventud de sus manos y de todita su piel; él, con los folios llenos de versos de canela, de versos de lirios; de amores; él, con las manos llenas de letras, como cuando los poetas las llevan a cuestas, que ni pesan, que no agravian, que duelen pero un dolor soportable, un dolor de penas que llenan espacios, antes en blanco, ahora con trazos de colores.
Y nos miramos ambos a la luz de la grandota. Yo a él  por guapo, él a mi, por que si, porque tenía el destino de conocerlo, y porque yo era así de loquita, así de veleta y así de noctámbula, por ser de área costera y por ser nacida para ello. Para bordear las madrugadas de antro, en antro.
Fingiremos pues que aquella noche en cierto modo quedamos prendidos, de nuestra belleza, de esas dos almas que se buscaban, y que, sin apenas rozarnos los labios, nos dimos un beso, ese que se queda tatuado en pequeños pigmentos, incrustados en labios sedientos…

¿Y que más te gusta de tu tierra chiquillo? Le dije. Y el me respondió:
El rinconcillo, en La Alameda y los cipreses, y... Se quedó mudo. Se quedó quieto… Me quedé a su lado, nos dimos la mano y entre los adoquines sonaban las tapas de sus zapatos, y entre adoquines mis pies descalzos a nada, sonaban a nada. Pero el otoño ese fue más que un otoño, una vida entera entre los dos. Porque supe de él, cómo se escriben los poemas, que se sienten tan adentro, que se ven los campos cómo lloran cuando no llueve, que  se escuchan los gritos de la injusticia, los gritos del hambre, las bocas cosidas, del miedo, porque no hay libertad. Y sobre todo qué maestro de palabras de amores...

Una noche de esas mías en que pierdo los estribos y soy más libre que cualquiera, una noche de esas, cruzamos el puente de madera donde duermen los patos, y ahí, al otro lado, una albufera callada, con la grandota alumbrando nuestras siluetas, una noche de esas en que yo, ya no sé quién soy, porque soy lo que siempre había querido ser.
 Él, y yo, cruzamos el puente de madera… él y yo, casi ni caminar podíamos, porque el pecho de ambos ardía, si, ardía de juventud, de vida, ardía libre, ni sosiego, ni nada, ni paz, ni angustia: A sorbos bebimos de los dos…
Y por seguir fingiendo esta historia, que es un cuento, de esos que no se olvidan, porque yo, a él, lo quise allí, en un otoño de ocre, allí, entre los juncos y las callejuelas… donde mi vida le pertenecía a la noche y al mismísimo diablo, si habría hecho falta.
Me habló de sus letras, me leyó sus versos de purito almizcle, de hojas tristes, de los cipreses muertos de miedo.
 A cigarrillos y sorbos de quina y genciana, se difuminaba la noche.
¿ A por otra moreno? Le dije. A por otra, me dijo. Y temblaba su cuerpo joven, su piel suave, mi boca lo  bebía todito. ¿Qué quieres que te lea esta noche, mujer? Me dijo con voz dulce y aterciopelada, como diría un ángel, con sus alas blancas y relucientes- Lo que tú quieras chiquillo guapo, te escucho, te escucho…respondí.
Y se volvieron a quedar atrás las horas de la madrugada-
 A carcajadas de alegría terminamos aquella última noche, la noche de Federico, y la mía.
 Una, vagabundea por los mundos de dentro, y se mira las rodillas, que sobresalen de un vestido que huele a amor, y huele también a noches de penas, y a noches de humo, de bocanadas de humo ceniciento.
Y una se mira al espejo y ríe, porque si, porque el licor ha recorrido por dentro, y porque aquella noche, aquella noche fue la última noche de un cuento, que no fue, pero que pudo haber  sido, porque los amigos que se quieren de verdad se guardan los besos, a manojos, y se llevan lágrimas compartidas. Allí, en Soller, con sus barquitas blancas y sus callejuelas de piedra.
Grande es el poeta que siente de verdad el amor en toda su magnitud…









sábado, 30 de septiembre de 2017





¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de un árbol. quién? Nadie es capaz de ello, nadie que no sepa que cuando algo se escribe no es por dejar palabras huecas- Es a veces un agotador camino, un delirio de espejos, de voces, que revolotean sobre las cabezas. Manchar un amanecer de amarillo, por ejemplo. Ensuciar la noche con un incesante e inquieto ir y venir, por cualquier pasillo..Mancharse las manos de sangre de letras. Sonreír porque en un instante llega, llegan, llegan las letras de ayer.. de hoy. El silbido de un viejo tren avisa que hay que empezar, de cualquier forma. Trastabillando si es posible por el estado de ebriedad, si, realmente es eso.
¿Pero quién?¿Quién da un paso adelante, para probar que no están cuerdos? Esa locura es como estar en el vientre, aún con los ojos cerrados, embelesados entre la cálida y protectora bolsa de agua.
Toc, toc, toc, Alguien llama a la puerta. No. Nadie a estas horas.. son las palabras que quieren salir. Muertas, vivas, locas, atrevidas, asesinas, perversas, provocativas. Letras que en realidad son el espíritu que reclama, el que pide ayuda, Tiene que salir! Ha de brotar y llenarse todo de cuervos, y aves preciosas.. Escribo, escribo..duermo: Delirio.

Háblame



Como cuando noviembre chirrìa, cuando la lluvia cae a torrentes,
por las sólidas paredes se adentran las manos de agua...

Un violín hace eco y retumba más que el trueno, más que los aplausos,
de unos pocos absurdos gentiles...

Como cuando noviembre viene y se queda en los retratos sepia, que aún,
permanecen colgados en la misma pared de musgo, de años...

Háblame, no dejes de hacerlo... sienteme que me llego aprisa a tú. Háblame, aunque sean
dos líneas de odio, de rechazo...

Como cuando noviembre chirria, cuando la lluvia cae a torrentes...


jueves, 21 de septiembre de 2017



No quedan más que las sombras de los pájaros debajo del árbol,
Con sus débiles alas desplegadas, con sus picos cerrados…
No quedan más que las sombras en todas las tumbas, de los mares, de la tierra…
¡oh cuánta soledad! Interminable soledad…

Breve son los besos, los abrazos.. 
Breve el tiempo de los pechos que amamantan fantasmas.
No quedan más que los angostos caminos, porque los han devorado las máquinas de fuego.

Y quedan naturalezas muertas… ¡Oh, cuánta soledad!…
Un breve tiempo de suspiros se ha ido por aquella bahía.
No quedan más que espliegos del revés, lilas del revés… ¿Desatino? Si, una lucha absurda…

Breve, breve, pero asesino, aquel aliento que sopla, y destruye hogares, aún huele a soledad.
Por no quedar, no hay niños en la calle.. ¡Silencio! Alguien viene: Es un pájaro cansado.
Por no quedar, no hay techos. No hay zapatos, ni pies que los calcen. El ojo de un 
espantoso monstruo acecha y destruye…

martes, 12 de septiembre de 2017

En todos lados cuecen habas





¿Pero qué me pregunta usted?, me dijo la anciana, con una cachimba enorme en una esquina de la boca, que al mismo tiempo chorreaba baba, y demás componentes del tabaco. Y es que acabo de sentarme para reflexionar sobre la conversación que mantuvimos la vieja, y, yo. Y es que todos los días los periodistas como yo, por ejemplo, no tenemos la suerte, o desgracia, de andar con una vieja tan vieja, y tan mala.
Todavía me duele el cuerpo de la paliza que me dio la bruja de la cachimba, vaya que si de duele, me duele hasta las pestañas. Todo empezó porque salió a la luz la confesión de un campesino, que guardaba silencio por mucho miedo, pero miedo del bueno, de ese miedo que parece que te acecha por detrás, para hincarte por lo menos dos colmillos y que tu sangre se derrame todita por la camisa, hasta llegar al piso, en un charco precioso y brillante. No hace muchos días de esta noticia, creo que unos tres o cuatro, que me revolvió las tripas, mientras tomaba un café, en compañía de mi sombra, que igualmente se había sorprendido, y es que, mi sombra ya tiene nombre: Constante. Miren que soy hombre alto y corpulento, pero eso de nada me sirvió, digo esto, porque mientras la vieja me miraba atenta, haciendo muecas con sus carrillos horribles, y el incesante humo yéndose hacia el techo del chamizo, a mí me costaba mucho permanecer impasible ante tanto descalabro de vieja. Pues bien, ¿Acaso no sentirían ustedes el mismo miedo? Ya para ir acabando, que falta lo peor, es que, no hubo más remedio que dejarse llevar de la mano, a mi sombra y a mí. Dejarse llevar y escuchar, con una grabadora en la mano, y un ojo a la vieja, y otro a la puerta. Según el campesino, él mismo había descubierto los horrendos crímenes, que venían sucediéndose en el pueblo, por lo menos desde hacía dos décadas, se trataba, y eso dijo al diario que lo interrogó, de una criatura venida de otros mundos, porque no saciaba su apetito, porque el mundo de donde venía era demasiado pequeño, y no había suficiente alimento para saciar su apetito. De modo que, una noche, avanzada la madrugada, el campesino pudo ver claramente, como la vieja, se meaba encima y, luego sacudía los faldones, y escupía la baba, y también pudo ver, como les quitaba la envoltura a sus víctimas. Por unos instantes me sorprendió eso de la envoltura, porque hasta que no terminé de leer la noticia, no entendí bien. Y es que la piel no le gustaba a la vieja, para nada, así que en un abrir y cerrar de ojos, les dejaba con puro músculo y huesitos. Para eso era de otros mundo, para eso tenía ciertos poderes, que aquí en la tierra que conocemos, no se dan así tan fácil, vamos es mi opinión particular, porque igualmente se dan, claro que soy un poco iluso, un tanto confiado, y un tanto temeroso de las tinieblas. Porque cuando a uno le enseñan en la facultad para ser un periodista, para nada entra lo de enseñar a ser menos confiado, o menos precavido, si, eso es, menos precavido.

Pero aquí la cuestión es que una vez que terminé el café y leí el diario, me precipité a la calle y, quise saber por mí mismo aquella horripilante historia. Como les decía, el campesino volvió a decir en su entrevista, que después de que la vieja quitara la envoltura a cualquier persona que anduviera en la madrugada, ya sea, paseando, ya sea de regreso del trabajo, o de regreso de una noche de fiesta, casi nadie se le escapaba. La cuestión es que en la propia baba repugnante se hallaba el veneno, porque escupía como las llamas, y directamente en la cara, y de ese modo quedaban allí petrificados los señores y señoras, así, sin sentir dolor alguno, y después de haber quitado el envoltorio, succionaba y succionaba, hasta dejar limpio de pellejo el cuerpo, y hasta casi de ablandar los huesos para que de ese modo pudieran engullirse mejor. Toda vez que la baba hacía una misión importante, porque ayudaba a deshacer el calcio. De modo que si estoy contando esta historia es porque aún sigo vivo, o eso creo, porque al pellizcarme, me duele. Amigos y, es que la prensa no es sensacionalista, a veces, no señor. Esta vez fue tan como lo contó el campesino, toda la verdad, porque a mí me faltan las piernas y una oreja, y cinco dedos de la mano derecha, o sea, que estoy escribiendo con la izquierda, que pienso que al fin y al cabo, será mejor, que no tener ninguno de los dedos, y más aún estar muerto. De modo que la vieja sigue impune, porque se mudó de planeta otra vez. Quién sabe a donde iría: ¡Es tan grande la galaxia!

lunes, 4 de septiembre de 2017

Llevo puestas alas de insolencia, arrebatos de locura..
y es mi mente alborotada de silencios y estruendos, es mi mente,
que no cesa de despertarme,
Llevo las chanclas de siempre, solo que el cuerpo yació.

Llevo su sonrisa de tiempos inmaculados, cuando las batallas,
y las alegrías…

Portar su nombre a mis espaldas, rasgarme la piel para verlo otra vez,

Llevo las gotas de sangre de su frente blanca y oliva,
Las gotas de sudor, las gotas de ayer en la sombra de un sauce,
Un compás de espera donde miríadas de pájaros vuelan,
vuelan alrededor de sueños y olvidos también…

La impureza de mis sentimientos… la impureza de dejarme hacer,
todo de todo, hasta deshacer las tripas enredadas a mi cintura, dejarme hacer,
por comer de tu mano, de aquella mano, de esta mano… no parar, solo morir,
morir ante miles de espejos de soledad y descaro…

Llevo: ¡Oh! ¿qué llevo? Mi desdicha loca amarrada a cualquier cerro…

Portar, portar y descansar: Búscame yo, que te espero…


Acertijos lleva el río de vivir. Hállate espíritu indeleble… soy yo tú, soy el pasado que vuelve...   

jueves, 31 de agosto de 2017

El compás de unas horas



El compás de un día


La lilas las dejas ahí, al lado de la pilastra; pero creo que aún no huele en la cocina, pensó al mismo tiempo. (Debe ser porque el mercado no ha abierto hoy, o debe ser, que aún no es la hora, o que mi reloj anda adelantado).
Un cíclope tocaba en la puerta y la casa cimbreaba, todos los cuadros cayeron, y la lámpara cayó de inmediato: Cuando tocó el piso, se quebró. Había que abrir de inmediato, habría que hacerlo, de otro modo solo quedarían las ruinas. “Resoplando, trastabillando, entregó las cartas…)
El apio, el pimiento, todo cortado en finas capas, el caldo, las demás verduras estaban dispuestas, ahora si tocaba. Ahora el olor de la cocina saldría por la ventana, hacia la calle estrecha.
Ahora estaría ahí, justo en el banco del patio, sentada, descalza, con la cabeza gacha, leyendo. Se oye fuera cuando la lluvia arrecia. Como si en verdad fueran lanzados dardos del cielo, con la finalidad de clavarse, igual que las garras de un aguilucho. ¡Ah, la lluvia! Pensó eso mientras humedecía su dedo para pasar página, porque a ella no le hubiera importado que uno de esos dardos se hubiera clavado en su pecho, o en el muslo, o en los labios… se hubiera deleitado por ello.
La tormenta, luego la calma, la calma, luego la tormenta, todo eso se repetía en su cabeza, ¡glorioso día! Dijo.
!Hallelujah¡ La iglesia estaba cerca. Las voces al unísono, golpes en el pecho.



viernes, 18 de agosto de 2017




Hace tanto que voy muriendo.. 
En cada suspiro... muero..
En un nuevo día.. muero..
Muero cuando río, cuando lloro..
Hace tanto, tanto que voy muriendo...
En la sombra..muero..
En cada recuerdo.. muero..
He muerto en los cañaverales.. donde las libélulas..


He muerto en huertas llenas de espigas de trigo, he muerto con los pies llenos de barro...
Me he muerto entre abrazos y besos...
Hace tanto, tanto que voy muriendo: En aquella higuera, en aquel columpio...
He fallecido cada segundo, cada minuto, una vida entera...
Hace tanto, tanto que voy muriendo: En aquel patio con flores y guayabos... En la arena negra de una playa. He muerto tantas veces, que sigo muriendo...

viernes, 4 de agosto de 2017

De lo absurdo



Quizás fue cobarde, porque en ese mismo momento hubiera desaparecido de la faz de la Tierra.
Trató de abalanzarse y dejarse caer, pero la hondura de aquel barranco era vertiginosa, y volvió sobre sus pasos, temblorosa, y hasta algo cohibida. La noche anterior lo había planeado todo, incluso la vestimenta que llevaría; pero era humana, si, y le sobrepuso el pánico, pánico ante las ganas de irse de este mundo…
Dos meses atrás había intentado quitarse la piel con la punta de un abrecartas, pero solo atino a despellejar tres dedos de la mano derecha, el dolor fue insoportable, más aún que tener que arrodillarse en la iglesia y arrastrarse hasta llegar al altar, donde un Jesús cansado, le esperaba, para perdonarla, pero en vez de eso, se compadeció de ella. Verla en ese estado era una verdadera lástima: Penando por el pasillo, llorando por los días caóticos, con sus manos juntas y con un rosario que llegaba al suelo, con un crucifijo desgastado. Las personas se perdonan solas, dijo aquella señora, en el último banco, estaba con un trapo dándole lustre a los asientos, si, volvió a decir, luego desapareció por entre los balaustres…
De modo que se puso contenta cuando de nuevo la piel creció envolviendo los tres dedos.
Pero la idea de irse no se le quitaba de la cabeza, aún con la invitación de unos amigos para pasar el día en un cerro de tantos que hay en Australia. Pero un cerro con una casa enorme, con un parterre lleno de Zarzos Dorados. Una noche, y otra y otra, con la luz de un luna gigante y el humo de las pipas alzándose al cielo, y las charlas de estos y aquellos, y el vestido de ella, elegante. El té rojo en la taza y la sonrisa de todos y el bienestar, y también los sueños. Pero nada de eso habría de interesarle. Siquiera contemplar desde el cerro, las vistas gloriosas…

Fracasaría siempre, pensó, fracasaría el querer irse. El dolor y el miedo, el dolor y el miedo, siempre iban a impedir eso, salir del mundo, despedida, como una gran bala. De modo que, una idea le rondó por la cabeza, una idea que le gustó: A media noche de esa noche de fiestas en el patio de la casa, salió con lo puesto y se dirigió apresurada donde los dingos. Allí consiguió irse para siempre, porque olía estupendamente, y su piel y huesos tan apetitosos...



viernes, 21 de julio de 2017

De los casos de la vida




Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, ahora iría pegada a su espalda, y el sentimiento que eso provocaba, era subyugante, un castigo desde que vino a este mundo…
Sony nació un veintidós de julio de mil novecientos doce. Cuando en aquel pueblo siquiera había algo de especial. Eso sí, un verde prado lleno de ovejas, algunas de ellas, viejas y cansadas, como sus dueños, que dormían justo al lado de ellas, en un establo, porque aquella casa, era un establo.

Sony se había criado como todos los niños, con una infancia normal, dentro de lo que se puede llamar normal. Pero el sometimiento que imponían los terratenientes a los lugareños era descomunal, porque estos, se partían el lomo cada día, en esas tierras. Pero la suerte de Sony, fue malograda el día en que Malsis nació, si ese mismo día, porque, a los pocos meses se había convertido en una rémora para él. Al principio a Sony le gustaba, porque era una chica compasiva, y sentía lástima de Malsis, al verlo tan desprotegido, tan solo. Comenzó entonces la unión entre los dos, una unión perfecta, risas, salidas a merendar. Ir al prado verde y quedarse ahí toda la tarde.

Pero un día Sony se había llenado de pupas, unas pupas horribles en todo su cuerpo. La rémora era la causa de ello. Ya no podría apartalo de ella, ya no tenía fuerzas y, sobre todo se sentía humillada y muy vieja. Pero ya sería demasiado tarde...



martes, 11 de julio de 2017





Hoy miré el reloj y lo miré dos veces, o tres...

La fuente de agua de su interior me hirió los ojos, me hirió como un puñal que 

se clava profundamente...Los ojos que vivieron años detrás de la ventana, con 

rejas.. postrados, sumisos, obedientes, 

Devolví la campanada de la iglesia, devolví la fuente hiriente del reloj.. No 

permito siquiera una púa. ¡Hoy no! ¡nunca más!...



lunes, 10 de julio de 2017

Un espacio en blanco





Una, en algún momento del día, o de las horas, se pregunta por aquel espacio en blanco, que se halla en cualquier lugar. Porque todos los lugares tienen su espacio en blanco.
Una vez recorrí una playa de arena negra, con piedras redondeadas, erosionadas por el tiempo, y por las intensas caricias de las olas: Olas apasionadas, olas calmadas, y también olas insensatas…
Y allí lo encontré: Un espacio en blanco..
Quizás albergó vida: Las larvas de los pequeños peces, gusanos de mar; los besos y las promesas de los amantes. El pozo de agua que fue había dejado huella, aún con la virulencia del tiempo en una noche azotada por los látigos enfurecidos del mar. Y ahí permanecen, para volver a contar historias, para contar sueños, para albergar vida, para crear una historia...

Si usted quiere le cuento una historia, bastaría con encontrar un espacio en blanco, por ejemplo en la marca en la pared de un retrato sepia que desapareció hace mucho tiempo, pero que antes de eso, una muchacha de ojos negros y pelo ensortijado había sido inmortalizada, permaneciendo muchos años ahí, en la pared.
Y es que, a veces, las historias más hermosas e interesantes aguardan en ese pequeño o gran espacio en blanco. Porque la visibilidad se encuentra en nuestros pensamientos. La visión de objetos, de imaginar un mar o una historia, aunque ese espacio no albergue más que vacío, es el don más preciado que se pueda tener...
Le podría hablar a usted de la vieja tienda de sombreros. Se habían vendido miles de sombreros; también albergó objetos antiguos, algunos, reliquias.
El brazalete de Cleopatra estuvo expuesto durante los sesenta años en que la tienda permaneció abierta. Un comerciante de Agadir visitó la cuidad un día cualquiera, se había tomado unas vacaciones, y lo primero que hizo fue comprarse un sombrero, el más elegante de la tienda, lo había cambiado por el brazalete de Cleopatra. Y es que se sintió muy feliz, porque nunca supo hasta aquel día la sensación que le había producido el sombrero, se miró al espejo y soltó una carcajada,¡ qué cantidad de dientes!
De modo que salió satisfecho a la calle, se dirigió a la avenida, junto al parque, para que todo el mundo pudiera ver aquel elegante Borsalino de fieltro marrón.
Esa noche hasta durmió con el puesto. Permaneció en la misma postura toda la noche, para no estropearlo.
Regresó a Agadir. Cuando desembarcó, todos sus amigos y familiares se quedaron boquiabiertos ante semejante aparición. Su chilaba blanca, una bolsa de cuero en el hombro, y el Borsalino adornando su cabeza...

Decirles que el brazalete de Cleopatra fue robado por lo menos unas doce veces, pero con suerte rescatado, y devuelto a la vieja tienda de sombreros.
En cierto modo, Cleopatra brillaba en el escaparate, bastaba con observarlo e imaginarla con el puesto, la belleza de ella, y el brillo de aquellas piedras preciosas cegaban como un rayo intenso de sol...

Es curioso verdad?, si realmente es curioso, cómo un espacio en blanco puede tener tanto dentro, tanto, tanto. 

Aún el solar permanece vació, pero tan lleno...










viernes, 2 de junio de 2017

La travesía




Éramos unos cien muchachos los que emprendimos el viaje aquella mañana de julio, y aunque llegamos a salvo a puerto después de dos semanas sobre las grandes lenguas de mar, el infierno nos había acompañado, cada día, y cada noche...una bestia que no paró de hendir sus garras en nuestros pechos.
Los camarotes, aunque sólo eran dos, eran ocupados por el patrón del barco y un cabo, que en ningún momento salió a socorrernos, siquiera preguntar cómo nos encontrábamos La cocina por decirlo así, albergaba unos kilos de jareas y pan duro, y garrafones de agua. Hubo plátanos para unos cuatro o cinco días, luego ya no habría fruta alguna.

Sindo lloraba como un niño aterrado, cuando la fuerza del mar hacía trastabillar a la tripulación que se encontraba en pié intentando con mucho esfuerzo dar unos pasos por cubierta; los ojos se le hicieron tan grandes como los de una lechuza, oteando, intentando entender el porqué se encontraba allí, y entender porqué ese castigo, pero sobre todo el terror de estar seguro que moriría en aquel lugar inhóspito, en los brazos de esas terribles lenguas de mar; moriría con los pulmones llenos de agua, tendría que tragar, y tragar, hasta perder la vida, y sucumbiría allí, lejos de su tierra, por imposición de los altos mandos. No se sentía un héroe ni mucho menos. Se sentía humillado, apaleado, y se dejaba orinar una y otra vez, porque no podía evitar eso; porque era necesario respirar, intentar morder un trozo de jarea y un sorbo de agua. Un rayo había impactado en la popa, y los muchachos siquiera gritaron, no hacía falta : Sus ojos hablaban por sí solos, y sus manos aún jóvenes buscaban el calor del cuerpo metidas en los bolsillos; pero Sindo no, Sindo suplicaba al cielo, por si había un cielo, suplicaba cada vez que uno de esos expectantes y agudos rayos amenazaban con hundir el barco; una quilla endeble, una obsoleta nave dejada de la mano de dios, o de los hombres, en un cerro, como si de un trofeo se tratara; había habido suerte, y solo hubo algún destrozo en la roda: Miles te astillas saltaron por los aires, como si fueran confetis. En los siguientes días todo fue igual, solo dos días de una calma en medio de aquella encrucijada, en medio de ninguna parte, en un océano oscuro, cuyo dueño era el gran Poseidón, el que después de comer se relajaba jugando con uno de sus dedos para hacer remolinos, y propiciar tormentas...

Yo me empeñé en permanecer de pié el tiempo que fuese necesario, aún después de varias caídas hacia los mamparos y alguna magulladura, pero lo había conseguido...

Los barcos rugen, si, lo supe aquella noche de los demonios, y rugen por la fuerza intespectiva de la tormenta, el bramido de las olas, azotando la popa, y la proa, y doblegándolo una y otra vez, como si de fuertes latigazos se tratara, claro que rugía! una vez que era obligada la proa a hundirse en las revueltas aguas, para luego remontar con un esfuerzo descomunal intentando volver a flote; el trinquete fue mi salvación, me aferré a el con todas mis fuerzas: El agua mojaba una y otra vez todo mi cuerpo, eran como cachetones en mi rostro, pero quise presenciar aquello. La furia de Poseidón contra unos pocos muchachos que salieron de sus hogares para cumplir con los mandatos de una tirana nación. ...

Lo había conseguido, había presenciado la furia, había sentido las garras en mi pecho, y ahí estaba agarrado a trinquete : Ahora unos minutos de fuertes truenos, ahora las lenguas negras elevándose ante mí. Un animal de proporciones enormes se columpió en una de las olas y me miró a los ojos, y yo le miré igualmente, fueron segundos, pero supe lo que quiso decirme, lo supe: sonreí, si, a pesar de todo, sonreí. Me hablaron también los muertos de los siglos pasados y me hablaron los muertos de ahora : Una devastada llanura de vidas que mis ojos pudieron ver solo en cuestión de unos diez o doce minutos. Luego, la calma.

Hace sesenta años de este viaje y aún recuerdo todo, como el primer día, aquel mes de julio, en aquel barco viejo donde unos cien muchachos fueron a cumplir con un deber que no era deber, era sometimiento...



jueves, 1 de junio de 2017




No me busques en el cielo... tengo zapatos nuevos y puedo bajar al infierno..

No me ames porque yo ya lo he hecho.. hace mil años, antes de tí.




Lilas... si.


viernes, 12 de mayo de 2017

Hay una vacante




Le atrajo mucho el anuncio, y es que con estos tiempos que corren el mejor de los regalos a mi entender, es tener un empleo. Tomó nota del número de teléfono, y de la dirección correcta en que tendría que acudir para entregar su informe curricular…
Le habían dicho que la plaza que ocuparía tendría buenas vistas al mar, y que lamentablemente la persona que la había ocupado hasta el momento, había fallecido.
Anatolio trabajaba hasta altas horas de la madrugada, gracias a él la empresa obtenía unos resultados impresionantes, alcanzaba unas cuotas en el mercado muy generosas.
Él se desvivía por la empresa, sobre todo, porque el jefe le premiaba dos veces al mes con un viaje y todos los gastos pagados, incluido hotel, y todas las comodidades: Caprichos, etc.

Lo que nadie sabía es que Anatolio propinaba un día sí, y otro no, palizas a su esposa, quizás por el mero hecho de sentir placer o simplemente porque era un hijo de mala cosecha. Pero Arminda, un día, se cansó, no de las palizas, no de él, se cansó de ser cobarde, de sentirse poca cosa, de modo que, actuó, así, sin más. Como cuando los forajidos se enfrentar en la misma calle, con las pistolas puestas, con las botas bien lustradas, y disparan mirándose a los ojos, alguno cae en la arena, con la mueca repelente y los ojos como globos de rabia…


Un veintitrés de noviembre encontraron el cuerpo, retorcido, de rabia y de muerte.

miércoles, 10 de mayo de 2017

De olvidos





El zapato derecho, en el pie izquierdo, y una magnolia en el pelo. Sonríe ante el espejo redondo con marco de bronce, en el pasillo…A veces se vuelve,

Escupe en el bordillo de la baranda que llega a la azotea, con la cara de pilla, con el pelo negro como la pez; con las manos arrugadas y resecas. Como una niña traviesa escupe a las cabezas de las limpiadoras. Lavan la ropa en la piedra, le regañan. Sonríe.
Ella recorre el pasillo hasta el final, donde el patio, y vuelve tras sus pasos, una y otra vez, varias veces al día. Esa pared de recuerdos: Retratos; un mar azul con olas; cuadros aquí y allá. Hay una mancha en la esquina, cerca del techo; ella se fija y sus ojos se abren sorprendidos, parece una luna, se dice, o quizás un farol de aceite, vuelve a decir…A veces la mancha es redonda, otras, con aristas, pero es una luna o una lámpara de aceite...
Se ha olvidado de los geranios, se ha olvidado de comer. Se olvida. Pero llega al fondo del pasillo: El patio de geranios, con la silla a un lado, y los dedos del sol que se adentran, por la mañana, por la tarde. Gotea una lágrima, gotea otra, de sus ojos, pero sonríe, pero no sabe bien lo que sucede. Los niños están en la cocina con mamá y las voces se le antojan pinzones azules, en aquel árbol de su memoria, de bajo de la gran roca, las casitas, blancas, con tejado; corren a verla, expectantes por si se gira, por si los conoce, algún gesto, un guiño, algo que haga que ella abra los brazos, para todos.
Pero no, nada, siquiera el pequeñito le es conocido, lo besa, pero no hay mueca; en su boca, hay silencio.

La llevan por la avenida, y cruzan la calle, a la tienda de sombreros, no quiere caminar, pero la llevan de la mano. Aquellas personas se sorprenden, al verla sonriente, con el mandil verde, de flores.
La papilla le sale por la esquina de la boca, es un hilo de baba que recorre el cuello, el pecho, y se queda en su regazo, como si fuera un tesoro, pero es una pasta sosa, sin color, sin sabor. Pide pollo, pero nadie le da, siquiera un pedazo, ella lo ha visto, en la mesa, es dorado, con purpurina.

En el lomo de las sardinas hay un montón de pequeñas estrellas, sonríe porque es divertido, no sabe de donde vienen, pero le gustan.
En el techo de la habitación aparecen de vez en cuando luminarias. No quiere dormir hasta que no se van.
Estas recorren casi toda la habitación, se deslizan por las paredes. Tienen pequeñas alas transparentes, y algunas se escapan por la ventana, cuando los postigos están abiertos.
Y tampoco quiere dormirse hasta que la tela de araña deje de balancearse…es un precioso jersey, con adornos, pero aún le falta la sisa, seguramente falta hilo, se pregunta.


Mientras duerme, sueña con el barranco, con la gran roca. Un inmenso piélago de estrellas, arriba, en el cielo. Corre veloz como un potrillo, con las trenzas negras y dispares, con los zapatitos roídos. Los almendros en flor, la comida en la casa: Gofio, papas barqueras, mojo, atún. El agua fluye desde la montaña, los cabritillos corren para abrevar. Los surcos en la tierra llenos de semillas. Los sueños de niña, el futuro.
Pero nadie sabrá, lo que ella soñó, la noche anterior...


lunes, 24 de abril de 2017

Se abre el telón


Se abre el telón

El primer día te comen los nervios, si, si, te comen literalmente; y es que, cuando una se halla en el escenario, no solo te comen los nervios una sola vez, no, no, no. Todas la veces que tengas que salir e interpretar, dar vida a un personaje, cantar, gesticular..
Afortunadamente aquel bichito que te comía las entrañas desaparece, se esfuma igual que el humo de un cigarrillo. Unas horas antes ha habido un pequeño ensayo, eso apacigua algo el momento en que te ofreces en cuerpo y alma para que el personaje que llevas dentro resurja y tú, te quedas a un lado, en silencio. Pero antes de eso hay que vestirlo, hay que maquillarlo, hay que darle vida, eso es algo maravilloso. Una vez que hayas dispuesto a tu personaje, te miras al espejo y créanme señores y señoras, que quien sonríe o llora en esos momentos, ya no soy yo, no, es ella, o él : Una dama arrogante; una señora misteriosa que proviene de los bajos fondos, o del más allá. El caso es que pasas a un segundo plano, porque tu personaje tiene, si se lo propone, alas para volar. Una vez, una jueza me guiñó el ojo, si, si a mi. Estuve sin poder pestañear unos segundos, porque allí, el espejo, estaba ella, guiñándome un ojo con un desparpajo impresionante…¿Soy yo?, Me dije. Soy yo, me dijo la jueza, seria, y al mismo tiempo con cierto descaro.

¿Le he hablado del camerino?, no creo que no.. pues el camerino es el refugio de los actores, de los cantantes, de los mimos, etc..
Es un cálido lugar en el que una se siente acogida, protegida. La bolsa en el suelo, y en las perchas: las capas, los tirantes enormes; los sombreros; el vestido de lentejuelas; el habito; la toga y demás vestuarios...que desean tu cuerpo, desean tus ojos, tu voz , tus manos, tus piernas, toda tu piel; pero ¡oh! el camerino, en cierto modo, parece como si una estuviera en casa, tomando un café, mientras prepara los accesorios , con delicadeza, con mimo. El atrezo está dispuesto entonces…
¿Quieren escuchar la historia de Nora? Nora no era yo, era ella, Nora; una vez que la vestí, y, una vez que la maquillé mirándome a la cara frente al espejo.
Hace un tiempo tuve que crearla a ella, a esa señora que moría en los brazos de un caballero: La escena fue poco motivadora diría yo. Pero si fue expectante, y algo aterradora. Voy a tratar de recordar al personaje: No era enjuta, para nada, no tenía el pelo largo, no fumaba; eso si, era el animal más bello del mundo. Pero no era Julieta, ni era Lady Macbeth, era ¡Nora! Si, era ella, la mujer que en su castillo, en el sótano, guardaba miles y miles de cabezas humanas, cabezas con pelo, sin pelo, y calaveras con las cuencas de los ojos como cuevas roídas por el tiempo, o por las ratas. Su siniestro castillo se hallaba en lo profundo del mar y no en una colina, ¿Curioso, no? Pero así es el mundo de la magia del teatro. Me encantan los guionistas, los que se atreven con casi todo, son personas venidas de otro mundo, o eso pienso yo, claro…
Nora desbastó una ciudad entera de cabezas. Todas las cabezas de todos los señores: Las cabezas de los panaderos, las cabezas de los abogados, de los que gestionaban la política de aquella preciosa ciudad, y un sinfín número de personas dedicadas a sus menesteres…
He de reconocer que fue un papel impresionante. Tuvieron que pasar unos días para poder convencerme a mi misma que Nora era ella. De modo que, un día un caballero le quitó la vida, pero antes la sedujo, y cuando ya la tenía en sus brazos le clavó un puñal justo en el corazón, se lo partió en cuatro mitades, pero el infortunado caballero, aún en el mismo acto de hendir el puñal, ya se hallaba desprovisto de su preciosa cabeza; !qué brillante era Nora¡ qué inteligencia la suya de asesina. Él también murió, claro está...


viernes, 21 de abril de 2017





Regresó.. mi vida, mi alma,

por esa puerta entró mi hijo, de mis entrañas...

te quiero, te quiero, te quiero, le dije: abrumador pensamiento, Te dejé nacer, me dejaste ser madre de ti..

con los ojos, mis ojos, de niño rubio pelo dorado,

Regresó mi vida... mi alma...

Mi niño está aquí, en casa, otra vez...

Te amamanté, te quise sin tú nacer, te quise ya, te quiero siempre...

Mi niño está aquí, en casa, otra vez...

Un hombre, un niño..

miércoles, 5 de abril de 2017

Momento mágico



Dicen que cada cual ha de descubrir su momento mágico. Dicen, dicen, y dicen bien, porque a mi lo que en realidad me gusta, es dejarme ir a cualquier sitio, dejarme caer y romperme los huesos, y ser un diamante rojo, o una inmensa mariposa blanca y sonriente, y feliz , feliz, del todo...
No me gusta hablar de la magia como el poder de destruir, de avasallar, de someter, adoctrinar a un mundo entero. El poder negativo de la magia lo dejamos para otro día. Por cierto, acabo de acordarme de Merlín que, según la leyenda, fue engendrado por un demonio y por una monja. ¿Menuda mezcla no? A saber cómo emplearía su magia el hombre, ¿no les parece?

Me gustaría charlar con alguien, por ejemplo, hoy, que es un día propicio para ello, no solo por el buen tiempo:" Un sol espléndido que asoma travieso tostando las narices de cada cual"; me gustaría una de esas largas tertulias, de esas que, al fin y al cabo, son las que, en mi opinión, pueda caber la dichosa magia, y es que cuando hablamos de esto o aquello disfrutando de alguna copa, o porqué no, simplemente de un agua como ahora se denomina, un agua con limón. En esos momentos lo que quiero es morirme de risa, yo lo que quiero es llevar una pamela roja, y volverme loca por la vida.

Quiero llorar también por la cruel vida, por mis malos momentos, si, si, eso llorar… llorar alto para ser escuchada. Porque eso de llorar en silencio es de cobardes, aunque se empeñen en decir lo contrario: “La valentía de una persona es llorar en silencio, es enjugar las lágrimas, tener una aparente calma ante las adversidades” De eso nada. Yo quiero patalear, quiero estar una semana en la selva y danzar de un lado a otro agarrada a una liana, y tener como mejor amigo a un simio… Quiero vagar en un antro rodeada de canallas, sorber el mejor whisky, ese que hace que se ponga roja la garganta, un buen whisky seco, sin más. Que me tengan que echar de allí, aunque se me olviden los tacones, aunque las medias estén rotas,magulladas por el deseo…

Yo lo que quiero es amar a Van Morrison, que sus tragos sean los míos también. Llevarme una escalera y visitar a Janis Joplin, y besarla, y abrazarme a ella, como si fuera yo, o ella, yo. Y bajar juntas al infierno y quemarnos de tanto pecado, de tanto derroche… de bajar otra planta más, y enredarnos entre la raíces más bonitas, las que llevan toda la melaza de la vida dentro…
Quiero se culpable de ser loca, porque si, porque ya son bastantes los que se han sentido culpable por nada, yo quiero ser culpable de fumar porros, de ahogarme en los jugos de un amante. Quiero morir mil veces, porque es tan revolucionaria la forma que he elegido de vivir, que siquiera tiene barreras.. y es que la vida es revolución, la vida es eso que te quema por dentro, la vida es una preciosa putada...


viernes, 10 de marzo de 2017


Llegué a casa,  los gatos dormían y los mirlos se acurrucaban en las ramas del drago, y el algún cardón...
Un puntapié, y la puerta ya estaba cerrada. Pero aunque ya me había deshecho de esos malditos y preciosos tacones, aún quedaba la falda de tubo y la blusa con lazada, y las medias. Y las ganas locas de una ducha caliente, una ducha de esas que acarician cada centímetro de la piel y se hace un río que lame el rostro, y casi fustiga la cintura, la espalda, los muslos y más...
Borracha de todo me vine, me vine con las ganas de alguien que no quiere desaprovechar siquiera un instante de loca vida; de parlotear esto o aquello. Una copa, otra, una mirada, otra. Un gesto... mmm un, gesto. J...
Me senté, y las medias se deslizaron como cuando las gotas del rocío recorren la hoja, verde, húmeda... acariciando y cayendo al suelo, hasta posarse en la baldosa perlada de cuadros negros...
Recogí mi pelo con algunas horquillas, luego bajé la cremallera de la falda, treinta centímetros de cremallera roja: Se quedó en el diván llena de lentejuelas, unas blancas, otras negras. Abrí las piernas y bostecé, el cansancio ya me podía, igual que me podían las copas, el humo, el ruido, la música de aquel  saxo; y los labios de él, gruesos, y su mueca, provocativa, qué manera de hacer música, más que música, diría yo..ummm...  J
Quise terminar de desnudarme, quería  relajarme, el corazón aún palpitaba, inquieto.
Casi me arranqué la blusa, salió volando por la habitación y graciosamente quedó en la esquina de la ventana, me pareció una bandera ondeando, me hizo gracia, sonreí, pero el hipo me provocó una tos absurda, tomé agua.
Luego me tumbé en el diván, ¡qué gusto! ¡Qué paz!... Jugué un rato moviendo los dedos de los pies, como si fueran  esas mariposillas diminutas que revolotean alrededor de un parterre, sonreí. J..
Aún sentía el latido de aquel mordisco en mi cuello, palpé, sangraba un poco, pero eso me gustó, al fin y al cabo yo desayunaba, comía y cenaba con ese río púrpura en una copa; y es que a veces sucede que, los instintos son como lobos hambrientos, lobos que buscan su presa para devorarla, una manada de ellos agitaba mi pecho, devoraban por dentro todo el fuego, todo el deseo, las burbujas en mi estómago hervían como la lengua de lava de un volcán; una lengua que recorría todo mi cuerpo, calcinándolo, en breve moriría, pero renacería y sería para siempre, como siempre.  Sabía que pronto amanecería, pero seguí en el diván admirándome: Una visión bella contemplar un cuerpo incorrupto: Una pradera hermosa... un ombligo como un pozo... qué lástima tener pequeña la lengua... L


miércoles, 8 de marzo de 2017

De los días de los milagros

De los días de los milagros

Me pareció un niño el primer día que lo vi, pero no lo era. Su rostro era pura bondad, sus rasgos suaves, delicados, con uno ojos que parecían caídos del cielo. No tenía edad, por más que lo miré, no tenía edad. Una muleta le daba la seguridad suficiente para dar un paso, y luego, otro, y otro…
Pero no puedo olvidar su rostro. Una mueca graciosa en sus labios parecía dar la bienvenida al nuevo amanecer, tomó café. Despacito, sorbo a sorbo. Me incliné a mirarlo, porque el aleteo de manos de las compañeras impedían poder ver tamaña hermosura. Lo miré abstraída, perpleja; admiré su espalda, sus piernas, su cojera, su modo de sorber, siquiera oteaba alrededor. Sentado, callado, con la paz que muchos necesitamos. ¿De donde venía? ¿Porqué esa resignación tan bonita?, la serena quietud de su cuerpo hacía que se creara un cerco luminoso a su alrededor, brillante como una gran estrella.
La mañana alborotada el café repleto de personas hablando esto y aquello, ¡ah pero la bondad de él, su admirada presencia por mi parte!.
La ignorancia de los demás me gustó, porque ese hombre era un lienzo expuesto, ahí, para contemplar una belleza indescriptible, y yo fui la afortunada, si, fui eso y más, porque pude ver bien sus colores, cada pincelada; pude conocerlo; ahora giraría a un lado, ahora hacia el otro, era como un resplandor aquel lienzo. Un mar dentro llevaba, un océano repleto de peces brillantes… ¡oh … si, qué sueño, que privilegio el mío!. Cada paso, cada gesto, cada sorbo, todo era confortable, como cuando una llega a casa, y se deja caer y se duerme, profundamente; un sueño, si, un sueño vertiginoso poder admirar a alguien que cae del cielo invisible a los demás...


martes, 21 de febrero de 2017

Faltan sombreros rojos





Hoy crucé el puente que va al centro, a la calle del Castillo. Una mañana soleada a pesar de la lluvia del día anterior. El barranco de Santos con tantos años a cuesta queriendo llegar al mar, pero le cortaron el camino…
La torre de la Concepción inalterable. Las callejuelas, los transeúntes, el tranvía… El parque del Príncipe llenito de palomas y gente cansada, sentada en las viejas sillas de madera roídas por el tiempo. Gente sin sonrisa, gente callada… Gente triste, gente soberbia. El puerto con los grandes cruceros, descienden turistas ávidos de conocer la isla, copan la calle en poco tiempo, la calle principal, después de haber cruzado la Plaza de España.
Las persianas se recogen para que entre la luz de la mañana, los mirlos picotean esto y aquello. Aquella dependienta sale al la calle para encender un cigarrillo, el humo hace giros y quién sabe donde terminará, si difumina en el aire, seguramente, si, seguro.
Pero ese gris de la gente no termina de convencerme. El gris de sus ojos, el gris de sus labios, el gris de sus pasos en las calles empedradas.
Ay! y esas montañas que quedan atrás, qué hermoso paisaje!...
Quien las hubiera visto sin barreras, sin los edificios sesgando su belleza milenaria! …
Pero todo sigue igual: Gris, un gris marengo para mejor definición. Los susurros de algunos transeúntes se escapan volátiles: Que si tengo que comprarme un móvil nuevo, que si tengo que comprarme unas botas altas; que si la peluquería; que si tenemos que llamarnos más a menudo. Sería bueno organizar aquella excursión que teníamos pendiente, eso dijeron un grupo de amigos, en la otra esquina de la calle… Habría que ver qué aparente entusiasmo había en aquellas palabras; pero todo queda relegado a otro momento, en otra ocasión, como si la vida se prolongara más allá de los años. Balbuceos aquí, allá. Felicitaciones por algún cumpleaños en lo alto de aquella tasca. El zigzagueo de un chiquillo con sus patines calle abajo, probablemente se dirige al colegio. El policía comprueba si el mendigo se ha dormido para siempre, lo mueve con el pié, por ver si respira, por ver si abre los ojos; la boca reseca, los labios partidos, la fiebre de la noche, las manos sucias.¿ Pero y los demás? Esas personas que suben y bajan la calle aún duermen, apenas si parpadean, buscan un café que les quite el bostezo… Trajeados unos, otros con sencilla vestimenta, pero el color no llega a ninguno. Sigue ese gris tan triste. Vuelvo tras mis pasos y de nuevo el puente, ahora veo los viandantes de frente, musitando algo, con prisas, sin mirar a nada, recluidos un día más en la calle, en le mundo que conocen, en el que quizás crean que están a salvo.

Y yo me pregunto ¿Dónde están los sombreros rojos? La libertad se pasea desnuda, y solo un sombrero rojo, puede cubrir la cabeza, por aquello del sol…



Ayer me soporté bien. Anduve en la madrugada, como cuando una se escapa del cuerpo mientras duerme. Me soporté toda la noche, sopor...