jueves, 28 de diciembre de 2017

Izac García



Izac García frente al mar, pensaba que las olas eran como colas de caballo: olas rubias, olas negras, olas pelirrojas...

De modo que todos los días hablaba de coger la chalupa y echarse al mar, a la isla grande, iría con las hermanas y con la madre, iría con el sombrero de copa pequeña, con el traje de los domingos y con la biblia, con chapas plateadas.

Y ese día llegó.

El viento hizo que se arremolinaran las olas y que trastabillara el barco, y que todos vomitaran a menudo y durante toda la travesía, siquiera tomaron agua.

Poseidón, probablemente deseó que sucumbieran y llegaran a sus manos, los devoraría al instante, y luego se dormiría plácido entre olas. Pero llegaron después de dos noches en que siquiera la luna brilló; siquiera la luz de algún faro, porque los faros, y es de costumbre, han de permanecer erguidos como soldados, valientes ante las grandes batidas de  espuma blanca. Han de alumbrar a los desorientados, alumbrar a un barco mercante, o simplemente permanecer ahí, para consuelo, como refugio, pero no tuvieron esa suerte, la de encontrarse con uno de esos faros, que en esas circunstancias sería como ver a Dios.

Un sol enorme de dedos les  apuntó a la cara, cuando por fin llegaron a puerto. Olía a herrumbre, a marisco. Sabor a mar, sabor a esperanza. Izac García y las hermanas y la madre, saltaron al muelle, como lo hacen los cervatillos, cuando están en el prado, felices.

Aquel hombre de barba espesa y blanca les esperaba, y abanó con el pañuelo como señal.
Acudieron a él pero no sonrieron, acudieron y se dieron la mano como saludo, luego, les llevó a una vieja pensión, allí permanecieron tres días, hasta que el mismo hombre de barba espesa y blanca les avisara. El nuevo hogar esperaba y las tierras también. Por aquellos tiempos los cuervos habitaban la isla de forma desproporcionada.

Eran cuervos grandes, con fuertes garras, cuervos que sobrevolaban las cabezas de cualquiera, que sobrevolaban entre las altas palmeras, y casi aullaban, como los lobos.

Unos animales muy inteligentes. Audaces. Con el plumaje negro como la pez. Con unos ojos especialmente brillantes...

Aremoga fue la primera de las hermanas en lanzar un grito al aire y dar un gran salto de alegría. Los demás también, pero bastante menos, más sigilosos, mas comedidos.


La casa era pequeña hecha de piedras y con tejado mezcla de paja y teja. La teja cocida y rudimentaria. Dentro, dos o tres chamizos. Un espacio para cocinar alimentos con leña y una olla con varias abolladuras. Los medianeros por esa época eran muchos, y trabajaban la tierra de los señores.


Izac García, y las hermanas, menos la madre, que quedaba al cuidado de la comida, ya estaban trabajando aquellas tierras llenas de verdes hortalizas, de papas, y de algunas cosas más.

Aún no despuntaba el dorado, cuando y estaban en pié, con los atrezos y con las telas de saco en sus cabezas, porque a esas horas y sobre todo en invierno, el frío les hacia brotar sabañones en los dedos, además de tener las narices siempre frías como témpanos de hielo. Los martes y miércoles, las hermanas se intercambiaban los zapatos hechos de lona y zuela de goma. Los martes los llevaría Aremoga y Herminda, y los miércoles las otras dos hermanas: Arundia y Atanasia.

Isac García trabajaba de sol a sol, mientras que las hermanas lo hacían en jornadas un poco más reducidas. Porque cuando había que cargar leña en los carromatos para los señores, a Izac se le partía la espalda y el alma. Pero en la casa no faltaba, por lo menos tres días en semana algo de comer: Papas, algo de gofio y poca verdura, muy poca.

Una vez salió de entre las montañas una luna redonda y brillante. Todos dormían, pero era la luz que emanaba del astro tan intensa, que la casa se iluminó con una brillantez inusual, y es que a veces, la luz toca el alma de las personas buenas, toca con calidez, con amor. Inunda todo, como cuando cae un torrente de agua y anega la tierra.


Habían pasado varios meses, y cada cual llevaba la vida como podía. A pesar de los malos tiempos, a pesar de todo, pero eran jóvenes, los jóvenes son así, tienen ilusiones, son felices. 

-Mira el mar, qué bonito es, dijo Atanasia, si, realmente es  hermoso, ahora es azul, después será verde o pardo, algún día viviré al lado, viviré entre los callados. Seguro que lo haré, volvió a decir.


La madre de todos ellos había perdido la memoria, y siquiera cocinaba, porque  una vez llenó el caldero de rabos de lagarto, en vez de papas. La apartaron del fuego y la dejaron en la terraza de piso de barro, sentada, con los ojos de niña y las manos arrugadas.

El guarapo había quedado en el olvido de sus labios, pero no en el de sus corazones, aquel roque negro y hermoso también permaneció en sus recuerdos. Y la vida de cada uno de ellos transcurrió tranquila y sacrificada, llena de sinsabores y de sabores.

Las personas descubren nuevas tierras, nuevas formas de vivir, aún en el sometimiento y la esclavitud, pero al fin y al cabo, siempre llega de alguna manera, la libertad.

lunes, 25 de diciembre de 2017


Un tren de amarillo... 

Despierta ya èl, mi vida de mi amor,

Sonríe, sonrié,

Mi pecho protege todo de ti, 

Mantente latir corazón...

Estoy ahí, contigo, ahora... 
 

martes, 12 de diciembre de 2017

Vuelve Kontiki





A mediados del siglo pasado supe que Raúl era familia nuestra. Un primo segundo, que mis padres habían conocido casi por casualidad, en Tabarca, en su viaje de bodas. Fue en una de esas calles que, durante todo el año olía a mar, mejor dicho, toda Tabarca llevaba impregnado el fastuoso aroma del mar; por aquel entonces yo no había nacido, pero ya estaba en camino, mi madre me llevaba dentro: Una preciosa tripita, redondita como un globo. Raúl había sobrevivido a la guerra, había sobrevivido a unas cuantas balas que zigzaguearon alrededor de su cuerpo joven, y delgado. Mientras unos compañeros de batalla se habían dejado las tripas en aquella esperpéntica escena. Llegaron a primera hora de la mañana unos cuantos militares y se llevaron a los muchachos, así, sin más. Quedaron las madres con el silencio en sus bocas, y en sus ojos, detrás de aquellas balaustradas. A Raúl le habían preparado un macuto con dos latas de sardinas y una hogaza de pan, sin tiempo a añadir nada más que fuera lo dicho.
Las botas se las dieron en el barco rumbo a la guerra, porque él llevaba unas alpargatas,las alpargatas que llevaron sus pies desde siempre. Aquellas botas le habían encarnizado la piel, porque no era costumbre llevarlas, siquiera las había visto en la vida; pero terminó acostumbrándose, igual que se había acostumbrado más tarde a matar hombres.
Por aquel entonces, Raúl llevaba una vida apacible, sin más pretensiones, y sin tener un mínimo de interés de salir de aquella isla, además de todo eso, nada sabría más allá de la infinitud de aquel horizonte, que miraba sin ver, y, que se definía perfectamente, como una fina y delgada línea, que separaba el cielo de la tierra.
Las olas lanceoladas rompían en la tapia de balaustres que rodeaba el muelle, cada cual a sus asuntos, esquinas con balcones en floración; calles estrechas y perfumadas de incienso: Costumbres. Aquel espacio en medio del mar es de Yemayá, decía la señora de los corchetes, y de los dedales, y pedrerías playeras.
Pescado frito decía alguien. Pasen y vean, decían otros.
Pero el muchacho subió al barco con pasos inseguros, con los ojos llenos de miedo, él, y unos cien chicos más. Pronto las gaviotas dejaron de seguir al buque, se quedaron revoloteando, arriba, por si algún rastro, aunque fuese nimio, las hicieran bajar en picado enterrando sus picos en el frondoso mundo marino.
A deshora llegaron a la guerra, a unas horas perdidas del tiempo, como si los relojes no existieran.
Pero eso poco importaba ahora, cuando ya habían desembarcado, todo estaría perdido. Vidas que latirían poco tiempo, un tiempo inestimable, pero allí valdría poco, tan poco como una vida.
Las noches frías como témpanos de hielo, envolvían los cuerpos de los muchachos ateridos: Manos, pies, rostros. Quijadas temblorosas, porque el lobo acecha fuera. El espectáculo de la barbarie azotando latigazos de fuego. Aquellas noches que Raúl nunca pudo olvidar, porque las llevaba todas en su cabeza. Porque ya nada tendría importancia alguna después de todo eso, siquiera aquel cura, mala persona, que le guiñaba un ojo cuando era chico. Un cura obeso, un cura molesto y cruel. Las viejas rezando enfrente y santiguándose, para que el párroco les diera el perdón y les guardara el secreto de cuando se deshacían de los fetos; o cuando confesaban la pestilencia de las bocas de sus esposos borrachos, y aún así, tenían que cumplir la vida marital. Hombres rudos llegados del mar.
Hombres cansados, con la piel curtida como el cuero, con las manos agrietadas de la sal. Insomnio, de noches negras y aguas turbulentas. Más que hombres venían como autenticas pirañas, con dientes que se clavaban en las espaldas de ellas, mortificando los muslos, y arremetiendo entre ellos. La sábila caía como una baba y resbalaba en lo pechos de ellas, que, con mucho esfuerzo disimulaban el asco. Por eso recurrían a la iglesia, al párroco que las aconsejara, que les guiara para ser buenas esposas; también por los fetos arrojados al mar, niños que fueron de otros padres, que quedaron en tierra, que no pudieron salir a la pesca por su fragilidad, o, por tener dificultad al andar.
Quedaron los inválidos, para resumir…
De modo que, todo tenía un porqué, y todo era santificado, y resuelto. Así eran damnificadas las esposas que llevaban embriones no deseados; así eran damnificadas, las que recurrían por deseo a la cama de alguna otra.
(Y es que a las personas se las llevan los demonios, y se las llevan los prejuicios. A las personas se les prepara desde chicas para obedecer, para tener que seguir con las costumbres; con las penas de otros, también. Al fin y al cabo, es difícil tirarse al vacío, y abrir las puertas de la libertad. Abrir los ojos y ver claro).
La noche más cruenta fue el día once, en la madrugada. Raúl no dormía apenas, estaba enfermo de los nervios, estaba tullido de pavor, de desesperanza, y las malditas botas, que arañaban por dentro como bichos hambrientos. Cayeron bombas aplastándolo todo, igual que un gigante devastando bosques y casas. Un grito, luego, otro, era uno de los chicos, que de golpe, le desaparecieron las piernas, trozos de piel y huesos esparcidos, como si fueran confetis. Tenía que arrastrarse hasta llegar al desafortunado, tenía que intentar al menos, darle un poco de calor humano, besar su rostro muerto, que sintiera por última vez algún resquicio de humanidad. De modo, que llegó, con dificultad, pero ahí estaba Raúl, pegado al cuerpo sin piernas, pero con un pequeño hálito de vida.
Fue la primera vez que besó a un hombre. Le besó las manos. Le besó la frente, los labios, porque en ellos algo tibio quedaba, luego nada. Lloró lo que quedaba de oscuridad, lloró junto a ese manojo de tripas. Maldijo mil veces, luego quedó dormido por unos instantes, sin saber siquiera qué hacía allí, sin saber el motivo por el que estaba en ese lugar, y porqué moría tanta gente.
Solo el estruendo de las bombas. Aquello no era de Ley, no. Aquello era una tropelía, había que destruirlo todo. Las campanas de las iglesias quedaron mudas, porque el rugir de los tanques, de la gran pirotecnia, solapaba todo, los gritos de los muchachos avanzando entre suelos atestados de rostros desdibujados. Una contemplación de aullidos despreciable.
En algún momento de calma, que no pasaba de unos minutos, o quizás media hora, se evadía para volver junto a sus seres queridos. Quiso imaginar a las gaviotas con giros asombrosos y el modo en que se lanzaban en busca de comida, eso le provocó una leve sonrisa. Se giró al otro lado del camastro: Ahora su madre le regalaba una sonrisa, amor de madre, balbuceó.
Un brote de fiebre le hizo despertar, el frío se lo comía, se había metido los dedos en la boca buscando algo cálido. Pero no había.
Después de todo, una vez acabada la contienda, pudo regresar, vivo, con alguna esperanza para los años venideros. De regreso a sus orígenes: Aspiraría el perfume del mar, de cada ola, de la espuma de ellas cuando se dejaban mecer en la arena. Caminaría por la playa, admiraría el hermoso espectáculo de los rayos del dorado al amanecer. Incluso tenía pensado en dormir en ella, una noche, y otra; trastabillar a consciencia, como si por una delgada línea caminase. Volar como los pájaros, libre y agradecido de poder sentir el pulso en sus venas, en la sien. Podría pellizcarse y sentir ese escozor, que casi da gusto. Le esperaría su madre, su perro Chusco, algún que otro vecino, o vecina del pueblo. La viejita de las chapas y las caracolas y las pedrerías de mar.
En el extremo sur de la isla se hallaba el faro: Un guardián iluminando los caminos del mar, donde se desplazaban los barcos, las chalupas, y el ferri. El farero duraba lo que su salud, y sus años. Luego le seguiría algún hijo, o sobrino. Pero era como ver al mismo siempre. Con la sopa en el cuenco, con los ojos fijos en el mar, cuidadoso de que la mecha de luz que se esparcía más allí de la línea del horizonte. Iría también a visitarlo, recorriendo la escalera de caracol a zancadas, y gritando que ya estaba allí, que la guerra había terminado. !La guerra se termino¡ habría dicho. ¡Estoy aquí farero, estoy aquí,! volvería a decir. Se abrazaron, se conmovieron. El cuenco de sopa saltó por los aires, al ver a Raúl, que aunque con los huesos pegados a la piel, se acercaba contento. Pasaron toda la noche hablando de esto, y aquello. Raúl le contó lo que pudo de aquellos años atroces. Le contó lo que pudo, porque el farero ya no tenía edad para tanta pena junta. A esas edades el sufrimiento y la ingratitud, y el poder para aniquilar a las personas, sobrepasa la mente de alguien que tenga muchos años. Le dejó una estrella de cuatro puntas. No por lo que significaba, era porque se veía hermosa, como si estuviera recién salida del firmamento. La plateada vendría como cada noche y el farero tendría un estrella en sus manos, y sonreiría. Ignorando lo que no pudo contarle Raúl, porque habría muerto de agonía.
Chusco no paró de ladrar y correr, hasta el día de su muerte. Era el perro más bueno jamás conocido. Era Chusco y Raúl, uno solo. Eso le valió al muchacho para poder cerrar los ojos y no tener aquellas horrendas pesadillas…
Mis padres habían elegido Tabarca para pasar su luna de miel. Ellos venían de Madrid. Un Madrid lleno de vida, con coches, a un lado, y al otro de las vías. Con tranvías. Con el jolgorio de las fiestas patronales. Tiendas de sombreros, tiendas de ultramarinos, algún escaparate con la última moda venida de París. Pero en el cielo, una vez que la noche tendía su manto, siquiera se podría atisbar alguna estrella, por muy fugaz que esta fuese. Por ese entonces era raro que las personas viajaran desde la capital, hasta aquella isla rodeada de un mar limpio, que regalaba olas, regalaba espuma blanca. Solo los vecinos nacidos en Tabarca ocupaban el ratio de población.
Y es que a veces las casualidades son casuales, y mucho. Porque mi madre, al cruzarse con Raúl, ya sabía que algún parentesco les unía. Por el modo en que caminaba, con un hombro más alto, que el otro, igual que uno de sus tíos emigrantes a Cuba. Sobre todo, porque la sonrisa era un calco de él. Mamá se sorprendió. ¡Eres tú!, le dijo. Yo soy Raúl, no soy tú, dijo con sonrisa pícara. Ella entendió. Ahora sabía que era el hijo de su tío, tenía que serlo, porque era una copia.
Papá murió en Cuba, dijo Raúl. Yo me regresé, no me gustaba la vida allí. Además mamá no podía estar con nosotros. El día que nos fuimos se me rompió el corazón al verla tan sola, llorando. Volví con unos dieciocho años de Cuba. Fueron cuatro años de duro trabajo, y papá no pudo resistirlo, aunque era joven, la anemia se lo llevó. Duro trabajo y escasa comida.
Pero pude traerme unos ahorros, que solo quedaron para una pequeña chalupa, alguna red, un par de herramientas. Gracias a eso, no faltó algo de comer. El caso es que, mis padres estuvieron en la isla unos siete u ocho días.
Han pasado muchos años de esos aconteceres, ahora recuerdo todo aquello con mucha ternura. Con ilusión. Hace dos días que estoy aquí en esta isla con faro y farero perpetuo. Hoy he visitado la tumba de Raúl y la de Chusco. Hoy pude ver, y oír claramente las historias de él, de cuando la guerra, de cuando de chiquito el viaje a Cuba…
Una hermosa tumba con mármoles, sin flores, con un pequeño crucifijo en una esquina, tallado.
Sin duda a veces los lugares unen a las personas, una unión que en este caso, también era de sangre.
Y yo, aquí esperando a Kontiki. Esgrimiendo hasta la última gota de aire perfumado del mar.


martes, 28 de noviembre de 2017

No llueve





¿Porqué me contestas con esa mirada tuya, tan seria? Yo no sé de esos ojos que parecen palabras espurias, no sé de gritos en mitad de la noche, como cuando el ogro viene en los sueños..

Tal vez un día no regrese, tal vez, me esconda detrás de aquel sauce y permanezca con mis rodillas escondidas, tapadas con ramas..

Nunca supe si eran ciertos aquellos días, en que jugábamos a saltar los muros de piedra, me explico:

Si era de verdad que me querías a tu lado, o quizás disimulabas, siempre. 

No puedo vivir y creyendo que el universo te da la mano, no, yo no creo eso. Yo me doy, me doy de comer, me doy de vivir, y me doy de morir si quiero...

Pero no llueve, nunca llueven tus ojos tan serios. Soy cobarde, pero es una cobardía de prejuicios. Yo me lanzo al abismo casi todos los días, herida, y grave quedo: El abismo es mi sitio, ahí cayendo y cayendo, precipitada, con deseo, con las ganas. Trastabilleo cada noche, entre hibiscos y luego cuando cruzo el puente, y se escucha el gimoteo de su vejez, pero no me detengo, y a tientas, sigo y sigo, borracha de todo, sacudida por los hombros por casi todos, pero eso, me gusta. 

Dime pues si era verdad que me querías a tu lado, o quizás...

Hoy asomó un rayo de luz de un sol, y volví a salir, aunque, vieja y muerta...














miércoles, 22 de noviembre de 2017

Que se van yendo cosas y casas y calles.



Ya no se llevan calles estrechas, sin embargo, aún se pueden ver en cualquier ciudad del mundo.
Las calles estrechas tienen magia, al menos yo lo creo así. En las calles estrechas abundan toda clase de seres y cosas, y humanos, también. Por ejemplo: Los grillos, los cubos de basura con peladuras de limón, peladuras de papas, y peladuras de muchas cosas, tantas que se ven colmados, los cubos.
También, muchas colillas, algunas aún con resto de pinta labios, y otras, simplemente, son colillas apuradas en el transcurso de la noche una, tras otra, mientras se juega a una partida de cartas, atrás del tugurio, por eso el whisky, por decir whisky, porque podría haber nombrado cualquier otro brebaje, habrían de ir igualmente al cubo de basura, las botellas, vacías del todo.
Esas calles estrechas algún día serán solo un recuerdo en el tiempo de alguien. Porque ya no cabemos, y ahora lo que más abunda son las calles anchas y largas, avenidas que parece que engullen a todo el que se adentra. A mi me parecen selvas. Pero no son verdes, esa es la diferencia. Son multicolores por las luces que llevan las farolas, y por los adornos de navidad, si es el caso que fuera época de fiestas navideñas.
Pero yo me niego a eso de renunciar a las calles estrechas, con sus cubos de basura en la parte de atrás, o, en la parte trasera. Las calles estrechas, donde se duermen los tugurios a altas horas de la madrugada, se han convertido en un culto, por decirlo así. Bares atestados de parlantes, con cigarros en sus bocas, con la música del trompetista que parece que nos lleva al cielo. Y sobre todo ¡ah, sobre todo! Los ricos bocados de tortillas, y de pimientos, que más que comida parecen besos con lengua...


martes, 14 de noviembre de 2017





Ayer me soporté bien. Anduve en la madrugada, como cuando una se escapa del cuerpo mientras duerme. Me soporté toda la noche, soporté dos botellas de champaña … Me hice río helado y luego confortable. Me amé, me amé, más tarde, cuando la luz del sol asomaba. Fue en el mismo tugurio, en la parte de atrás, donde la champaña en cajas… Me deshice del vestido y de las medias, me quedé amándome y un olor a sexo fue como un espray de lilas… al aire, en donde las cajas de champaña...

lunes, 13 de noviembre de 2017

Dominó, magnolias y más


.


Allá por los años cuarenta, por los míticos bares de ahora y de siempre, ella era una estrella con una flor de magnolia en su pelo abundante y ondulado. Aún permanece invisible, la flor.
La noches donde las personas se arreglaban bien y cogían un taxi, para obtener una velada grandiosa, donde la estrella con la magnolia en el pelo bailaba perfectamente, sin vacilar, con sus vestidos brillantes y borlas como plata brillante, alrededor de su torerita de terciopelo. Aquí en los tiempos de ahora perseveran otras cosas en estos supuestos años en que la vida termina, porque el corazón se cansa. Esta tarde la pude ver de lejos, en el comedor forrado de láminas de madera por el frío, por si el frío les helara los dedos a los viejitos. Sabía que ella pensaba en el arroz que tenía delante en un plato blanco, que ya podría ser una docena de ostras con un champán, yo me relamí de su pensamiento, porque puedo escucharla desde lejos, porque la conozco y por aquellos tiempos yo todavía no había nacido, pero ya andaba por aquí, sin forma, sin aliento, pero estaba. Cuando llegué a la mesa me sonrió y se sorprendió, porque quizás el porro de mariguana en mis labios era algo novedoso; Ceferino come y come el arroz con pollo y tiras de pimiento, no quiero más arroz, me dijo. Claro que no querría, no querría arroz con pimientos, eso no era siquiera hambre para ella, solo un plato de colores en el centro y sus manos a los lados y una servilleta blanca alrededor del cuello y los granos en cadena uno a uno, hasta terminar la tela. La tela con arroz perfectamente podría servir de lienzo en las paredes, pero no era el caso.

De pronto la vi, con su ovillo de lana pero un ovillo del tiempo, manchado de pinta labios, de risas, de caminar por Gran Vía, con un chaparrón de mil demonios, con guantes de cuero en sus manitas jóvenes y pequeñas. La vi, si la vi como yo veo todo; sin embargo ella ni se inmutaba, solo se limitaba a mirarme, porque mi porro se apuraba o se detenía según yo quisiera. Y sonó Armtrong, y el patio de magnolias y los viejitos jugando al dominó y ella, tan viejita del tiempo, bebía agua en su vaso de plástico, porque los niños los dejan caer y se lastimarán luego, en este caso, no. 

jueves, 9 de noviembre de 2017

Tendría que hacer girar el timón del tiempo, que sería como un remolino de horascas, con gotas de lluvia llorándolas a todas.
Tendría que quedarme siempre. inmutable y jóven. Con la piel sedosa y tersa, quedarme como estatua de sal.Sin pestañear, pero habría de ser así, de otra manera, no serè ayer, no.
El timón gira a gran velocidad, prudente velocidad, hasta dejarme ahí, en la nueva piel y en el nuevo amanecer,y mis pechos mimados, mis pezones besados, y esas noches de juventud ilusionada, pero también de una atroz adolescencia.
Girar el tambor para verme asolada? Llorada de lágrimas y en el espejo una niña con cinturita de avispa, con la sonrisa inconsciente de la terror verdad.
Tendría que hacer girar y girar el timón del tiempo por si en alguna esquina de la plaza del Príncipe y por ventura del destino, tú estuvieras ahí..mirándome, y yo sabiendo que tú estabas ahí, miràndote...
Tendría que morir para volver. Coincidir en un antro de rebelión..contigo.. contigo, contigo... con..

martes, 7 de noviembre de 2017

Mamá, casóme




Que ya es tiempo que lo haga, mamá, casarme. ¡Qué guapo es mi novio!, que tiene la ropa de soldado, con su gorra llena de estrellas. Son rayos de Sol sus ojos, si, mamá, si que son, son dos luceros también…

Suspira mi corazón por él y la noche es un vals de estrellas rodeándome. Su esposa quiero ser mama, si que quiero, quiero porque lo quiero, porque jamás querré a otro, ¡Dios me libre madre mía, Dios me libre!

Me dicen en sus cartas, madre, que cuando sale al patio, en el descanso de las guardias, se pone a cantar lo más bonito para mí, que añora España, madre; pero que vendrá pronto, que la guerra no es para él, que se muere de pena cuando caen sus compañeros de batallón al lado de él, que parecen marionetas con las tripas rotas y los ojos grandes, madre, grandes de terror.

Y que no le importa que la lluvia lo moje, madre, cuando canta en el patio ¡Qué amor tan bonito! ¡Soldado por su patria y a la muerte si es necesario, por valiente!

Me dice también que cuando no está en las trincheras, se consuela madre, con verme en la foto. ¿Te acuerdas madre? Aquella foto que me sacó el cura del pueblo, iba yo muy derecha y lozana, y guapa, y muy decente…

Que duerme con ella bajo la almohada, en las tiendas roídas, bajo la luz de alguna estrella, mientras pasa la noche para que vuelva la guerra en cuanto salga la luz del Sol. Un arroz con habichuelas le haría yo, para que no pase hambre, tan limpio lo pienso tener, que la gente se vuelva cuando paseemos por el parque, el parque de mi infancia. Un parque bendecido por Dios, lleno de mariposas de colores, una fuente con agua brillante, que se alza al Cielo, cuando la brisa de la tarde se hace fuerte. Coplas y más coplas sonarán, cuando pasemos delante del quiosco de flores, de la marquesina, eso si que será lo más hermoso, madre…

Que me cuenta en las cartas con el salero que Dios le ha dado, que me quiere a mi sola, que muere por tenerme en sus brazos, y que yo me sonrojo, madre, que soy mujer decente y buena. Pero un hombre es un hombre, y ha de ser lo que le complazca, porque para mí, nadie más en la tierra…
Anoche cayeron las bombas cerquita, me dice, cayeron como cuchillos, y mordieron como lobos hambrientos. Pero la valentía de mi hombre hizo que siquiera se inmutara, madre. Me dijo que nada de miedo pasó, que él es un hombre valiente, y, que si muere en la guerra, será por algo, porque a hombre y varón no hay quien le gane.

Sabrás, madre que fue torero, en su día, que no llegó a la fama, como otros, pero que mató a muchos toros, y que ya se había acostumbrado al olor a sangre, y también a los gemidos del animal, mientras lo remataba. Yo todo eso lo entiendo y me gusta que mi hombre sea así de valiente, por el modo en que rasgaba las tripas del toro, por el modo en que se comporta, cuando cerquita, muy cerquita caen las bombas. Él no llora como los demás, él siquiera reza un
padre nuestro, porque es un legionario como no los hay muchos, madre. Honor y hombría es él…

Ya no veo el día en que termine esa contienda, que siquiera se porque se lucha, siquiera se, porque se muere en ella. Ni que los niños lloren de hambre, ni que las madres tengan ni una gota de leche en sus secos pechos del miedo. ¿Dónde la has encontrado?

¿Qué cosa?-

La carta, Jimena, la carta-

Que me la dio la tía Inés un día, cuando visité el pueblo.

¡Qué pena de mujer la tita Bernarda!, se dijo la muchacha, mientras doblaba la carta y la guardaba en el pequeño cofre de plata, con pespuntes de oro fino. Todo preparado para la boda, con su novio flamante, y ella, con un velo que en cascadas llegaba al suelo, y para qué decir ese cante jondo que sonaba y las palmas que no cesaban, porque una boda, es una boda. Y es que a ella le gustó así, una boda formal, una boda sonada en el pueblo, con los mineros cantando fuera, en pleno mes de noviembre, cuando cae el relente, y la lluvia cala los huesos y empapa el alma…

Eso consiguió. Un hombre como es que más, un valiente venido de la batalla, entero y valiente. Suspiros de amor se advinieron entre los dos, ella, pura y sonrojada, él deseando tenerla esa misma noche.

En Cádiz fue la luna de miel, en Cádiz supo la novia lo que es un hombre. Entre fandangos y vino, se convirtió en su mujer, se la llevó el río, se la llevó. Un río que la devoró entera, que lastimó su pecho, que lastimó sus muslos, pero un río bravo y valiente.
¡Qué pena de mujer la tita Bernarda!, se volvió a decir.


Clara, Victoria, proclamaron la libertad de la mujer. Gritos de justicia. Sabias palabras. Pero ¡hay señor! ¡Qué pena más grande, ver a la tita Bernarda, en su tumba tan bonita! Rodeada de flores secas y amargas, y púas de rosa en sus manos, y su cara tan linda de madre reseca del tiempo, de barrotes, de mordazas en sus labios…

viernes, 3 de noviembre de 2017

Un historia con olor





Hay lugares con mucho frío, pero esos lugares tienen muchos lagos llenos de cisnes, lagos transparentes, apacibles, como cuando una madre da el pecho a su hijo, mientras ambos se dedican miradas llenas de amor…

Entonces en aquel café suena un violín. Una se queda ahí, escuchando, porque por un rato todo fluye: Fluyen las voces en susurros y, dicen esto, y aquello (Mañana nevará) , dijo alguien. Fluye el vaho de esos susurros. La música del violín se explaya como si grandes dedos delgados alcanzaran tocar los picos de las torres, o el tejado de las buhardillas. El muchacho tiene unas manos blancas y delicadas y sus dedos acarician sus cuerdas de tripa, tan mimado con el, que la música se desliza y envuelve todo.

Los sueños se pueden inventar, se puede soñar todo, igual que el violinista, que, lejos de las miradas y de los susurros, se aparta de todo, porque es tal la magnificencia de él con el mundo sensible, que crea sueños, los crea a cada minuto, que marca un reloj cualquiera, él es el poderoso soñador, ahora se detiene un momento, para cambiar de postura, quizás buscando la comodidad, quizás por realzar más aún las notas que se escapan caprichosas, creando un infinito lugar hermoso, como un parterre repleto de flores, de toda clase de flores...



Entonces los nubarrones desaparecen, y un sol espléndido nace allí, en aquella fina línea que separa un mar y un cielo. Las blancas manos, la juventud de su piel, la música que crea, los sueños, sobre todo, los sueños.

jueves, 19 de octubre de 2017

Porque fue un dieciocho de agosto, de 1936 que le mataron el corazón a un poeta grande, Federico García Lorca.

Hoy yo quiero fingir que le conocí en Soller, en la hermosa isla de Palma de Mallorca, el puerto de Soller, donde se llega si una quiere, por un manto de frutales, entre los sabores,  y olores de los hogares.  Porque fingir, en ciertas ocasiones, no es malo, al contrario, fingir una historia es tan bello como escribir un cuento.
Podría haber sido en La Habana, podría haber sido  Nueva York​, pero ha sido en este pequeño trozo de España donde Federico se quedó un otoño, solo un otoño que pareció una eternidad, para él y para mí.
 Una noche, a eso de las tres de la madrugada andaba yo trastabillando por una de las callejuelas de adoquines, de piedra redonda, y blanca, y que todavía sonaba una guitarra a esas horas, y que yo llevaba puesto aquel collar de caracolas, que llevaba descalzos los pies y que se yo, cuántas más cosas debía estar haciendo a esas horas de la bella madrugada…
Y que a esas horas, había una luna grandota y brillante, como el lomo de los peces. Él, con sus ojos negros, con la juventud de sus manos y de todita su piel; él, con los folios llenos de versos de canela, de versos de lirios; de amores; él, con las manos llenas de letras, como cuando los poetas las llevan a cuestas, que ni pesan, que no agravian, que duelen pero un dolor soportable, un dolor de penas que llenan espacios, antes en blanco, ahora con trazos de colores.
Y nos miramos ambos a la luz de la grandota. Yo a él  por guapo, él a mi, por que si, porque tenía el destino de conocerlo, y porque yo era así de loquita, así de veleta y así de noctámbula, por ser de área costera y por ser nacida para ello. Para bordear las madrugadas de antro, en antro.
Fingiremos pues que aquella noche en cierto modo quedamos prendidos, de nuestra belleza, de esas dos almas que se buscaban, y que, sin apenas rozarnos los labios, nos dimos un beso, ese que se queda tatuado en pequeños pigmentos, incrustados en labios sedientos…

¿Y que más te gusta de tu tierra chiquillo? Le dije. Y el me respondió:
El rinconcillo, en La Alameda y los cipreses, y... Se quedó mudo. Se quedó quieto… Me quedé a su lado, nos dimos la mano y entre los adoquines sonaban las tapas de sus zapatos, y entre adoquines mis pies descalzos a nada, sonaban a nada. Pero el otoño ese fue más que un otoño, una vida entera entre los dos. Porque supe de él, cómo se escriben los poemas, que se sienten tan adentro, que se ven los campos cómo lloran cuando no llueve, que  se escuchan los gritos de la injusticia, los gritos del hambre, las bocas cosidas, del miedo, porque no hay libertad. Y sobre todo qué maestro de palabras de amores...

Una noche de esas mías en que pierdo los estribos y soy más libre que cualquiera, una noche de esas, cruzamos el puente de madera donde duermen los patos, y ahí, al otro lado, una albufera callada, con la grandota alumbrando nuestras siluetas, una noche de esas en que yo, ya no sé quién soy, porque soy lo que siempre había querido ser.
 Él, y yo, cruzamos el puente de madera… él y yo, casi ni caminar podíamos, porque el pecho de ambos ardía, si, ardía de juventud, de vida, ardía libre, ni sosiego, ni nada, ni paz, ni angustia: A sorbos bebimos de los dos…
Y por seguir fingiendo esta historia, que es un cuento, de esos que no se olvidan, porque yo, a él, lo quise allí, en un otoño de ocre, allí, entre los juncos y las callejuelas… donde mi vida le pertenecía a la noche y al mismísimo diablo, si habría hecho falta.
Me habló de sus letras, me leyó sus versos de purito almizcle, de hojas tristes, de los cipreses muertos de miedo.
 A cigarrillos y sorbos de quina y genciana, se difuminaba la noche.
¿ A por otra moreno? Le dije. A por otra, me dijo. Y temblaba su cuerpo joven, su piel suave, mi boca lo  bebía todito. ¿Qué quieres que te lea esta noche, mujer? Me dijo con voz dulce y aterciopelada, como diría un ángel, con sus alas blancas y relucientes- Lo que tú quieras chiquillo guapo, te escucho, te escucho…respondí.
Y se volvieron a quedar atrás las horas de la madrugada-
 A carcajadas de alegría terminamos aquella última noche, la noche de Federico, y la mía.
 Una, vagabundea por los mundos de dentro, y se mira las rodillas, que sobresalen de un vestido que huele a amor, y huele también a noches de penas, y a noches de humo, de bocanadas de humo ceniciento.
Y una se mira al espejo y ríe, porque si, porque el licor ha recorrido por dentro, y porque aquella noche, aquella noche fue la última noche de un cuento, que no fue, pero que pudo haber  sido, porque los amigos que se quieren de verdad se guardan los besos, a manojos, y se llevan lágrimas compartidas. Allí, en Soller, con sus barquitas blancas y sus callejuelas de piedra.
Grande es el poeta que siente de verdad el amor en toda su magnitud…









sábado, 30 de septiembre de 2017





¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de un árbol. quién? Nadie es capaz de ello, nadie que no sepa que cuando algo se escribe no es por dejar palabras huecas- Es a veces un agotador camino, un delirio de espejos, de voces, que revolotean sobre las cabezas. Manchar un amanecer de amarillo, por ejemplo. Ensuciar la noche con un incesante e inquieto ir y venir, por cualquier pasillo..Mancharse las manos de sangre de letras. Sonreír porque en un instante llega, llegan, llegan las letras de ayer.. de hoy. El silbido de un viejo tren avisa que hay que empezar, de cualquier forma. Trastabillando si es posible por el estado de ebriedad, si, realmente es eso.
¿Pero quién?¿Quién da un paso adelante, para probar que no están cuerdos? Esa locura es como estar en el vientre, aún con los ojos cerrados, embelesados entre la cálida y protectora bolsa de agua.
Toc, toc, toc, Alguien llama a la puerta. No. Nadie a estas horas.. son las palabras que quieren salir. Muertas, vivas, locas, atrevidas, asesinas, perversas, provocativas. Letras que en realidad son el espíritu que reclama, el que pide ayuda, Tiene que salir! Ha de brotar y llenarse todo de cuervos, y aves preciosas.. Escribo, escribo..duermo: Delirio.

Háblame



Como cuando noviembre chirrìa, cuando la lluvia cae a torrentes,
por las sólidas paredes se adentran las manos de agua...

Un violín hace eco y retumba más que el trueno, más que los aplausos,
de unos pocos absurdos gentiles...

Como cuando noviembre viene y se queda en los retratos sepia, que aún,
permanecen colgados en la misma pared de musgo, de años...

Háblame, no dejes de hacerlo... sienteme que me llego aprisa a tú. Háblame, aunque sean
dos líneas de odio, de rechazo...

Como cuando noviembre chirria, cuando la lluvia cae a torrentes...


jueves, 21 de septiembre de 2017



No quedan más que las sombras de los pájaros debajo del árbol,
Con sus débiles alas desplegadas, con sus picos cerrados…
No quedan más que las sombras en todas las tumbas, de los mares, de la tierra…
¡oh cuánta soledad! Interminable soledad…

Breve son los besos, los abrazos.. 
Breve el tiempo de los pechos que amamantan fantasmas.
No quedan más que los angostos caminos, porque los han devorado las máquinas de fuego.

Y quedan naturalezas muertas… ¡Oh, cuánta soledad!…
Un breve tiempo de suspiros se ha ido por aquella bahía.
No quedan más que espliegos del revés, lilas del revés… ¿Desatino? Si, una lucha absurda…

Breve, breve, pero asesino, aquel aliento que sopla, y destruye hogares, aún huele a soledad.
Por no quedar, no hay niños en la calle.. ¡Silencio! Alguien viene: Es un pájaro cansado.
Por no quedar, no hay techos. No hay zapatos, ni pies que los calcen. El ojo de un 
espantoso monstruo acecha y destruye…

martes, 12 de septiembre de 2017

En todos lados cuecen habas





¿Pero qué me pregunta usted?, me dijo la anciana, con una cachimba enorme en una esquina de la boca, que al mismo tiempo chorreaba baba, y demás componentes del tabaco. Y es que acabo de sentarme para reflexionar sobre la conversación que mantuvimos la vieja, y, yo. Y es que todos los días los periodistas como yo, por ejemplo, no tenemos la suerte, o desgracia, de andar con una vieja tan vieja, y tan mala.
Todavía me duele el cuerpo de la paliza que me dio la bruja de la cachimba, vaya que si de duele, me duele hasta las pestañas. Todo empezó porque salió a la luz la confesión de un campesino, que guardaba silencio por mucho miedo, pero miedo del bueno, de ese miedo que parece que te acecha por detrás, para hincarte por lo menos dos colmillos y que tu sangre se derrame todita por la camisa, hasta llegar al piso, en un charco precioso y brillante. No hace muchos días de esta noticia, creo que unos tres o cuatro, que me revolvió las tripas, mientras tomaba un café, en compañía de mi sombra, que igualmente se había sorprendido, y es que, mi sombra ya tiene nombre: Constante. Miren que soy hombre alto y corpulento, pero eso de nada me sirvió, digo esto, porque mientras la vieja me miraba atenta, haciendo muecas con sus carrillos horribles, y el incesante humo yéndose hacia el techo del chamizo, a mí me costaba mucho permanecer impasible ante tanto descalabro de vieja. Pues bien, ¿Acaso no sentirían ustedes el mismo miedo? Ya para ir acabando, que falta lo peor, es que, no hubo más remedio que dejarse llevar de la mano, a mi sombra y a mí. Dejarse llevar y escuchar, con una grabadora en la mano, y un ojo a la vieja, y otro a la puerta. Según el campesino, él mismo había descubierto los horrendos crímenes, que venían sucediéndose en el pueblo, por lo menos desde hacía dos décadas, se trataba, y eso dijo al diario que lo interrogó, de una criatura venida de otros mundos, porque no saciaba su apetito, porque el mundo de donde venía era demasiado pequeño, y no había suficiente alimento para saciar su apetito. De modo que, una noche, avanzada la madrugada, el campesino pudo ver claramente, como la vieja, se meaba encima y, luego sacudía los faldones, y escupía la baba, y también pudo ver, como les quitaba la envoltura a sus víctimas. Por unos instantes me sorprendió eso de la envoltura, porque hasta que no terminé de leer la noticia, no entendí bien. Y es que la piel no le gustaba a la vieja, para nada, así que en un abrir y cerrar de ojos, les dejaba con puro músculo y huesitos. Para eso era de otros mundo, para eso tenía ciertos poderes, que aquí en la tierra que conocemos, no se dan así tan fácil, vamos es mi opinión particular, porque igualmente se dan, claro que soy un poco iluso, un tanto confiado, y un tanto temeroso de las tinieblas. Porque cuando a uno le enseñan en la facultad para ser un periodista, para nada entra lo de enseñar a ser menos confiado, o menos precavido, si, eso es, menos precavido.

Pero aquí la cuestión es que una vez que terminé el café y leí el diario, me precipité a la calle y, quise saber por mí mismo aquella horripilante historia. Como les decía, el campesino volvió a decir en su entrevista, que después de que la vieja quitara la envoltura a cualquier persona que anduviera en la madrugada, ya sea, paseando, ya sea de regreso del trabajo, o de regreso de una noche de fiesta, casi nadie se le escapaba. La cuestión es que en la propia baba repugnante se hallaba el veneno, porque escupía como las llamas, y directamente en la cara, y de ese modo quedaban allí petrificados los señores y señoras, así, sin sentir dolor alguno, y después de haber quitado el envoltorio, succionaba y succionaba, hasta dejar limpio de pellejo el cuerpo, y hasta casi de ablandar los huesos para que de ese modo pudieran engullirse mejor. Toda vez que la baba hacía una misión importante, porque ayudaba a deshacer el calcio. De modo que si estoy contando esta historia es porque aún sigo vivo, o eso creo, porque al pellizcarme, me duele. Amigos y, es que la prensa no es sensacionalista, a veces, no señor. Esta vez fue tan como lo contó el campesino, toda la verdad, porque a mí me faltan las piernas y una oreja, y cinco dedos de la mano derecha, o sea, que estoy escribiendo con la izquierda, que pienso que al fin y al cabo, será mejor, que no tener ninguno de los dedos, y más aún estar muerto. De modo que la vieja sigue impune, porque se mudó de planeta otra vez. Quién sabe a donde iría: ¡Es tan grande la galaxia!

lunes, 4 de septiembre de 2017

Llevo puestas alas de insolencia, arrebatos de locura..
y es mi mente alborotada de silencios y estruendos, es mi mente,
que no cesa de despertarme,
Llevo las chanclas de siempre, solo que el cuerpo yació.

Llevo su sonrisa de tiempos inmaculados, cuando las batallas,
y las alegrías…

Portar su nombre a mis espaldas, rasgarme la piel para verlo otra vez,

Llevo las gotas de sangre de su frente blanca y oliva,
Las gotas de sudor, las gotas de ayer en la sombra de un sauce,
Un compás de espera donde miríadas de pájaros vuelan,
vuelan alrededor de sueños y olvidos también…

La impureza de mis sentimientos… la impureza de dejarme hacer,
todo de todo, hasta deshacer las tripas enredadas a mi cintura, dejarme hacer,
por comer de tu mano, de aquella mano, de esta mano… no parar, solo morir,
morir ante miles de espejos de soledad y descaro…

Llevo: ¡Oh! ¿qué llevo? Mi desdicha loca amarrada a cualquier cerro…

Portar, portar y descansar: Búscame yo, que te espero…


Acertijos lleva el río de vivir. Hállate espíritu indeleble… soy yo tú, soy el pasado que vuelve...   

jueves, 31 de agosto de 2017

El compás de unas horas



El compás de un día


La lilas las dejas ahí, al lado de la pilastra; pero creo que aún no huele en la cocina, pensó al mismo tiempo. (Debe ser porque el mercado no ha abierto hoy, o debe ser, que aún no es la hora, o que mi reloj anda adelantado).
Un cíclope tocaba en la puerta y la casa cimbreaba, todos los cuadros cayeron, y la lámpara cayó de inmediato: Cuando tocó el piso, se quebró. Había que abrir de inmediato, habría que hacerlo, de otro modo solo quedarían las ruinas. “Resoplando, trastabillando, entregó las cartas…)
El apio, el pimiento, todo cortado en finas capas, el caldo, las demás verduras estaban dispuestas, ahora si tocaba. Ahora el olor de la cocina saldría por la ventana, hacia la calle estrecha.
Ahora estaría ahí, justo en el banco del patio, sentada, descalza, con la cabeza gacha, leyendo. Se oye fuera cuando la lluvia arrecia. Como si en verdad fueran lanzados dardos del cielo, con la finalidad de clavarse, igual que las garras de un aguilucho. ¡Ah, la lluvia! Pensó eso mientras humedecía su dedo para pasar página, porque a ella no le hubiera importado que uno de esos dardos se hubiera clavado en su pecho, o en el muslo, o en los labios… se hubiera deleitado por ello.
La tormenta, luego la calma, la calma, luego la tormenta, todo eso se repetía en su cabeza, ¡glorioso día! Dijo.
!Hallelujah¡ La iglesia estaba cerca. Las voces al unísono, golpes en el pecho.



viernes, 18 de agosto de 2017




Hace tanto que voy muriendo.. 
En cada suspiro... muero..
En un nuevo día.. muero..
Muero cuando río, cuando lloro..
Hace tanto, tanto que voy muriendo...
En la sombra..muero..
En cada recuerdo.. muero..
He muerto en los cañaverales.. donde las libélulas..


He muerto en huertas llenas de espigas de trigo, he muerto con los pies llenos de barro...
Me he muerto entre abrazos y besos...
Hace tanto, tanto que voy muriendo: En aquella higuera, en aquel columpio...
He fallecido cada segundo, cada minuto, una vida entera...
Hace tanto, tanto que voy muriendo: En aquel patio con flores y guayabos... En la arena negra de una playa. He muerto tantas veces, que sigo muriendo...

viernes, 4 de agosto de 2017

De lo absurdo



Quizás fue cobarde, porque en ese mismo momento hubiera desaparecido de la faz de la Tierra.
Trató de abalanzarse y dejarse caer, pero la hondura de aquel barranco era vertiginosa, y volvió sobre sus pasos, temblorosa, y hasta algo cohibida. La noche anterior lo había planeado todo, incluso la vestimenta que llevaría; pero era humana, si, y le sobrepuso el pánico, pánico ante las ganas de irse de este mundo…
Dos meses atrás había intentado quitarse la piel con la punta de un abrecartas, pero solo atino a despellejar tres dedos de la mano derecha, el dolor fue insoportable, más aún que tener que arrodillarse en la iglesia y arrastrarse hasta llegar al altar, donde un Jesús cansado, le esperaba, para perdonarla, pero en vez de eso, se compadeció de ella. Verla en ese estado era una verdadera lástima: Penando por el pasillo, llorando por los días caóticos, con sus manos juntas y con un rosario que llegaba al suelo, con un crucifijo desgastado. Las personas se perdonan solas, dijo aquella señora, en el último banco, estaba con un trapo dándole lustre a los asientos, si, volvió a decir, luego desapareció por entre los balaustres…
De modo que se puso contenta cuando de nuevo la piel creció envolviendo los tres dedos.
Pero la idea de irse no se le quitaba de la cabeza, aún con la invitación de unos amigos para pasar el día en un cerro de tantos que hay en Australia. Pero un cerro con una casa enorme, con un parterre lleno de Zarzos Dorados. Una noche, y otra y otra, con la luz de un luna gigante y el humo de las pipas alzándose al cielo, y las charlas de estos y aquellos, y el vestido de ella, elegante. El té rojo en la taza y la sonrisa de todos y el bienestar, y también los sueños. Pero nada de eso habría de interesarle. Siquiera contemplar desde el cerro, las vistas gloriosas…

Fracasaría siempre, pensó, fracasaría el querer irse. El dolor y el miedo, el dolor y el miedo, siempre iban a impedir eso, salir del mundo, despedida, como una gran bala. De modo que, una idea le rondó por la cabeza, una idea que le gustó: A media noche de esa noche de fiestas en el patio de la casa, salió con lo puesto y se dirigió apresurada donde los dingos. Allí consiguió irse para siempre, porque olía estupendamente, y su piel y huesos tan apetitosos...



viernes, 21 de julio de 2017

De los casos de la vida




Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, ahora iría pegada a su espalda, y el sentimiento que eso provocaba, era subyugante, un castigo desde que vino a este mundo…
Sony nació un veintidós de julio de mil novecientos doce. Cuando en aquel pueblo siquiera había algo de especial. Eso sí, un verde prado lleno de ovejas, algunas de ellas, viejas y cansadas, como sus dueños, que dormían justo al lado de ellas, en un establo, porque aquella casa, era un establo.

Sony se había criado como todos los niños, con una infancia normal, dentro de lo que se puede llamar normal. Pero el sometimiento que imponían los terratenientes a los lugareños era descomunal, porque estos, se partían el lomo cada día, en esas tierras. Pero la suerte de Sony, fue malograda el día en que Malsis nació, si ese mismo día, porque, a los pocos meses se había convertido en una rémora para él. Al principio a Sony le gustaba, porque era una chica compasiva, y sentía lástima de Malsis, al verlo tan desprotegido, tan solo. Comenzó entonces la unión entre los dos, una unión perfecta, risas, salidas a merendar. Ir al prado verde y quedarse ahí toda la tarde.

Pero un día Sony se había llenado de pupas, unas pupas horribles en todo su cuerpo. La rémora era la causa de ello. Ya no podría apartalo de ella, ya no tenía fuerzas y, sobre todo se sentía humillada y muy vieja. Pero ya sería demasiado tarde...



martes, 11 de julio de 2017





Hoy miré el reloj y lo miré dos veces, o tres...

La fuente de agua de su interior me hirió los ojos, me hirió como un puñal que 

se clava profundamente...Los ojos que vivieron años detrás de la ventana, con 

rejas.. postrados, sumisos, obedientes, 

Devolví la campanada de la iglesia, devolví la fuente hiriente del reloj.. No 

permito siquiera una púa. ¡Hoy no! ¡nunca más!...



lunes, 10 de julio de 2017

Un espacio en blanco





Una, en algún momento del día, o de las horas, se pregunta por aquel espacio en blanco, que se halla en cualquier lugar. Porque todos los lugares tienen su espacio en blanco.
Una vez recorrí una playa de arena negra, con piedras redondeadas, erosionadas por el tiempo, y por las intensas caricias de las olas: Olas apasionadas, olas calmadas, y también olas insensatas…
Y allí lo encontré: Un espacio en blanco..
Quizás albergó vida: Las larvas de los pequeños peces, gusanos de mar; los besos y las promesas de los amantes. El pozo de agua que fue había dejado huella, aún con la virulencia del tiempo en una noche azotada por los látigos enfurecidos del mar. Y ahí permanecen, para volver a contar historias, para contar sueños, para albergar vida, para crear una historia...

Si usted quiere le cuento una historia, bastaría con encontrar un espacio en blanco, por ejemplo en la marca en la pared de un retrato sepia que desapareció hace mucho tiempo, pero que antes de eso, una muchacha de ojos negros y pelo ensortijado había sido inmortalizada, permaneciendo muchos años ahí, en la pared.
Y es que, a veces, las historias más hermosas e interesantes aguardan en ese pequeño o gran espacio en blanco. Porque la visibilidad se encuentra en nuestros pensamientos. La visión de objetos, de imaginar un mar o una historia, aunque ese espacio no albergue más que vacío, es el don más preciado que se pueda tener...
Le podría hablar a usted de la vieja tienda de sombreros. Se habían vendido miles de sombreros; también albergó objetos antiguos, algunos, reliquias.
El brazalete de Cleopatra estuvo expuesto durante los sesenta años en que la tienda permaneció abierta. Un comerciante de Agadir visitó la cuidad un día cualquiera, se había tomado unas vacaciones, y lo primero que hizo fue comprarse un sombrero, el más elegante de la tienda, lo había cambiado por el brazalete de Cleopatra. Y es que se sintió muy feliz, porque nunca supo hasta aquel día la sensación que le había producido el sombrero, se miró al espejo y soltó una carcajada,¡ qué cantidad de dientes!
De modo que salió satisfecho a la calle, se dirigió a la avenida, junto al parque, para que todo el mundo pudiera ver aquel elegante Borsalino de fieltro marrón.
Esa noche hasta durmió con el puesto. Permaneció en la misma postura toda la noche, para no estropearlo.
Regresó a Agadir. Cuando desembarcó, todos sus amigos y familiares se quedaron boquiabiertos ante semejante aparición. Su chilaba blanca, una bolsa de cuero en el hombro, y el Borsalino adornando su cabeza...

Decirles que el brazalete de Cleopatra fue robado por lo menos unas doce veces, pero con suerte rescatado, y devuelto a la vieja tienda de sombreros.
En cierto modo, Cleopatra brillaba en el escaparate, bastaba con observarlo e imaginarla con el puesto, la belleza de ella, y el brillo de aquellas piedras preciosas cegaban como un rayo intenso de sol...

Es curioso verdad?, si realmente es curioso, cómo un espacio en blanco puede tener tanto dentro, tanto, tanto. 

Aún el solar permanece vació, pero tan lleno...










viernes, 2 de junio de 2017

La travesía




Éramos unos cien muchachos los que emprendimos el viaje aquella mañana de julio, y aunque llegamos a salvo a puerto después de dos semanas sobre las grandes lenguas de mar, el infierno nos había acompañado, cada día, y cada noche...una bestia que no paró de hendir sus garras en nuestros pechos.
Los camarotes, aunque sólo eran dos, eran ocupados por el patrón del barco y un cabo, que en ningún momento salió a socorrernos, siquiera preguntar cómo nos encontrábamos La cocina por decirlo así, albergaba unos kilos de jareas y pan duro, y garrafones de agua. Hubo plátanos para unos cuatro o cinco días, luego ya no habría fruta alguna.

Sindo lloraba como un niño aterrado, cuando la fuerza del mar hacía trastabillar a la tripulación que se encontraba en pié intentando con mucho esfuerzo dar unos pasos por cubierta; los ojos se le hicieron tan grandes como los de una lechuza, oteando, intentando entender el porqué se encontraba allí, y entender porqué ese castigo, pero sobre todo el terror de estar seguro que moriría en aquel lugar inhóspito, en los brazos de esas terribles lenguas de mar; moriría con los pulmones llenos de agua, tendría que tragar, y tragar, hasta perder la vida, y sucumbiría allí, lejos de su tierra, por imposición de los altos mandos. No se sentía un héroe ni mucho menos. Se sentía humillado, apaleado, y se dejaba orinar una y otra vez, porque no podía evitar eso; porque era necesario respirar, intentar morder un trozo de jarea y un sorbo de agua. Un rayo había impactado en la popa, y los muchachos siquiera gritaron, no hacía falta : Sus ojos hablaban por sí solos, y sus manos aún jóvenes buscaban el calor del cuerpo metidas en los bolsillos; pero Sindo no, Sindo suplicaba al cielo, por si había un cielo, suplicaba cada vez que uno de esos expectantes y agudos rayos amenazaban con hundir el barco; una quilla endeble, una obsoleta nave dejada de la mano de dios, o de los hombres, en un cerro, como si de un trofeo se tratara; había habido suerte, y solo hubo algún destrozo en la roda: Miles te astillas saltaron por los aires, como si fueran confetis. En los siguientes días todo fue igual, solo dos días de una calma en medio de aquella encrucijada, en medio de ninguna parte, en un océano oscuro, cuyo dueño era el gran Poseidón, el que después de comer se relajaba jugando con uno de sus dedos para hacer remolinos, y propiciar tormentas...

Yo me empeñé en permanecer de pié el tiempo que fuese necesario, aún después de varias caídas hacia los mamparos y alguna magulladura, pero lo había conseguido...

Los barcos rugen, si, lo supe aquella noche de los demonios, y rugen por la fuerza intespectiva de la tormenta, el bramido de las olas, azotando la popa, y la proa, y doblegándolo una y otra vez, como si de fuertes latigazos se tratara, claro que rugía! una vez que era obligada la proa a hundirse en las revueltas aguas, para luego remontar con un esfuerzo descomunal intentando volver a flote; el trinquete fue mi salvación, me aferré a el con todas mis fuerzas: El agua mojaba una y otra vez todo mi cuerpo, eran como cachetones en mi rostro, pero quise presenciar aquello. La furia de Poseidón contra unos pocos muchachos que salieron de sus hogares para cumplir con los mandatos de una tirana nación. ...

Lo había conseguido, había presenciado la furia, había sentido las garras en mi pecho, y ahí estaba agarrado a trinquete : Ahora unos minutos de fuertes truenos, ahora las lenguas negras elevándose ante mí. Un animal de proporciones enormes se columpió en una de las olas y me miró a los ojos, y yo le miré igualmente, fueron segundos, pero supe lo que quiso decirme, lo supe: sonreí, si, a pesar de todo, sonreí. Me hablaron también los muertos de los siglos pasados y me hablaron los muertos de ahora : Una devastada llanura de vidas que mis ojos pudieron ver solo en cuestión de unos diez o doce minutos. Luego, la calma.

Hace sesenta años de este viaje y aún recuerdo todo, como el primer día, aquel mes de julio, en aquel barco viejo donde unos cien muchachos fueron a cumplir con un deber que no era deber, era sometimiento...



Izac García

Izac García frente al mar, pensaba que las olas eran como colas de caballo: olas rubias, olas negras, olas pelirrojas... De modo que tod...