jueves, 13 de febrero de 2014

Una señora con pañuelo

Atado a la pared, expuesto, visible, el retrato de ella. Los desayunos transcurren entre sonidos de cucharas, cuencos con leche; mermelada de mora y las manos y las voces no paran  hasta que la mesa queda tan limpia y vestida, antes de todo eso. Los dos ventanales del exterior permanecen abiertos, igual que las bocas de algunas serpientes, que hambrientas, engullen todo.  En éste caso los dos ventanales actúan  igual que las hambrientas serpientes;cada pisada de transeúntes, cada ramo de lilas de los jardines; el tic,tic, tic de algún mirlo que en esos momentos para en los surcos donde brotan las rosas, los jazmines y, va directo al racimo de uvas para beber el jugo dulce. Se atiborran los ventanales de  todo ese olor y el sabor penetra en todas y cada una de las habitaciones. Cada cual toma su sombrero, sus guantes y cada cual a sus obligaciones. Hay un momento del día en que la luz del sol entra en la alcoba y acaricia cada rincón, cada pared y el retrato toma vida, se acrecienta y cobra una dimensión profunda, una dimensión perfecta de todo lo que en él compone algo así como una historia, un tiempo, ya pasado. Entonces aparece ella, de pié, igual que tantos años, igual que cada navidad, o cada verano; enlutada cual magnolia triste; cubierta desde los pies a la cabeza de esa oscura aflicción, fiel junto a un cuerpo exánime oculto por una blanca pieza de mármol; ese cuerpo no podría responder a sus múltiples preguntas; ya no podría besar sus manos morenas; sus labios algo finos, pero suaves; sus ojos negros como un trozo de carbón. A medida que la mañana avanza los destellos desabrochan las imágenes del retrato; hay cipreses tan altos que llegan al cielo, queriendo escapar de un lugar ya dormido; estrechos caminos silenciosos sin adornos y a un lado, y al otro, los mármoles fríos con grabados, con crucifijos y flores secas. Las piernas de ella están cubiertas de medias gruesas; un día fueron acariciadas, fueron besadas y blandidas por unos brazos fuertes, por el arrogante porte de un joven al que casi nadie conoció y que un día apareció en la vida de ella, después de que acabara la guerra y los aviones dejaran de vomitar cuchillos que terminaban clavándose  en casi todos los tejados; sin embargo, ¿porqué permanecía tan yerta, tan seria?- ¿acaso se sentía en la obligación de no mostrar ese río de lágrimas de dentro?- Sus convicciones no permitirían que el amor que sentía por él, no fuera más que un sentimiento de fraternidad por alguien que ya no estaba.Su rostro, aunque joven, se hallaba curtido por culpa de días al sol, de horas de laboriosos trabajos; ni la sombrera ancha de paja, pudo reservar la piel oliva. El ramillete de espliego que contenía una de sus manos, era para él, para ese "amigo" , que ahora ocupaba uno de aquellos huecos fríos, huecos donde permanecen los que se van de éste mundo, con sus secretos, con sus recuerdos; y donde termina la última secuencia de una película sonora, llena de amaneceres y anocheceres, de ratos de observar el inmenso piélago de un mar o de un cielo. Al caer el sol, llega un incipiente crepúsculo y el hogar se llena otra vez de voces, de idas y venidas. La cena concurre entre los sabores del pescado y el puré y la cotidianidad de cada uno, verseada casi por todos. Duerme otra noche y el retrato sepia expuesto en la pared y la silueta de ella, ahora reflejada por la luna sigue inmutable, resintiéndose  abondonar un huerto seco, sin brisa; negándose  una vez más soltar el ramillete de espliego, donde se habría ocultado todas las palabras de amor que se profirieron a escondidas. 

De los casos de la vida

Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, aho...