sábado, 15 de febrero de 2014

La luz de un ópalo

Debió ser por noviembre o, quizás, octubre, cuando la fuerte nevada anegó plazas y cubrió árboles y dejó las estatuas abrigadas de un frío hielo, los pájaros se fueron en bandadas  antes de que ellos fueran asidos por la mano blanca que cubría todo. Me hallaba enfrente de ella, sentada en un butacón tapizado; por entonces contaba yo con veintiséis años y la quería tanto,  igual que ahora la quiero. En las vidrieras de las puertas se reflejaba la luz tenue de las lamparillas azules de las mesillas, yo no apartaba la vista de ella, ella, dormía y era un ángel con sus manos olivas, con su pelo negro, con sus ojos cerrados , serenos. La recuerdo ahora con su rodete negro, con sus ropas siempre marrón, siempre amarillo: Ella viene por la vereda estrecha entre miles de hortalizas y yo veo su figura desde la balaustrada, y sonrío, y mi  sonrisa abarca todo el terrazo del patio. Seguramente fue noviembre cuando aquella nevada dejó el frío rocío de sus dedos muertos; pero sin embargo, ella, y yo, permanecemos juntas, abrazadas en un cálido tiempo, en ese tiempo, que hoy, se ha detenido por unos momentos.

Hay una vacante

Le atrajo mucho el anuncio, y es que con estos tiempos que corren el mejor de los regalos a mi entender, es tener un empleo. Tomó...