domingo, 2 de febrero de 2014

Libélulas en verano

Algunos de los veranos en el barrio, Ángeles nos llamaba con el tintineo de una pequeña campanilla <Que ya empieza la clase> y sonreía con su largo y rubio cabello, que descansaba sobre sus hombros juveniles. Nos quedábamos observando como degustaba alguna peladilla de la navidades pasadas, que rezagadas todavía dormían en la pequeña alacena verde de la abuela. Le habían proporcionado cinco o seis pupitres muy señoriales y de muy buena madera; una gran pizarra en la pared se llenaba de números o de letras y, a veces yo, pintaba caminos; y la charca grande del abuelo Antonio; las sábanas blancas de mi madre; las preciosas trenzas de mi hermana Carmita. Ángeles llenaba su habitación de aquella famosa actriz tan rubia como ella y yo, en silencio, me quedaba allí contemplando aquel lienzo de caras y melenas. Un día a la semana de aquellos largos y cálidos veranos infantiles, Ángeles, la hija de mi abuela Delfina, nos daba clases de francés.  Attention les enfants: un pré vert...; su voz susurrando se alejaba de mis oídos de mis pequeñas orejas; el sonido de la campanilla, cuando acababa la clase, me devolvía al pequeño saloncito, al que llamábamos el cole de verano.

De los casos de la vida

Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, aho...