jueves, 20 de febrero de 2014

Horas de merienda

Se sirvieron limonadas para refrescar las gargantas de los que se hallaban en la casa; el calor hacía que el agobio llegara a los pensamientos de todos, además de dejar un insoportable e incomodo malestar. La señora Moly y su mastín siempre estaban juntos; nunca el uno sin el otro.La señora Moly de niña era chata, siempre andaba igual que un cabritillo, saltos aquí, saltos allá; la finca que rodeaba el pequeño grupo de casas, todas iguales, todas en fila, era el lugar donde se había criado, donde creó su propio mundo, un mundo de estrellas bajitas; otro mundo de cercados repletos de hierbas aromatizadas; y aquella casa en ruinas a medio construir, fue la casa que entraba en sus sueños, cada noche y la sometía a diversas pesadillas, ella ahí en la casa recorriendo todos las habitaciones vacías, sin muebles, sin cristales en las ventanas; pero, lo más que la asustaba era cuando, lentamente subía a la planta alta también a medio construir, y asomaba a un balcón desdentado y creía precipitarse al vacío; esas pesadillas se repitieron a lo largo de unos años, luego, ya en la adolescencia, desaparecieron, igual que aquella casa en ruinas, a medio construir; en su lugar un ancho camino asfaltado se quedó encima apagando quien sabe que, tantas historias.
La limonada se había acabado y mandaron a por más, y también algunos merengues recién horneados. Los señores como quiera que sea que se llamasen y las señoras como quiera que sea que se llamasen también, farfulleaban como si tuviesen miedo de que ese instante se escapara en un segundo y ya no habría más limonada ni merengue en la mesa, o también sentirían que el tiempo era escaso, como casi todo el tiempo que ellos tenían para compartir o para algún recado, o realizar compras en la ciudad. La señora Moly sonreía pero con esa sonrisa oprimida, cual si llevara un nudo en su estómago o un  corsé apretado para que todo quedara bien escondido, dentro; era la misma sensación de no poder sentirse tan libre como cuando era un cabritillo. Mientras acariciaba a su mastín asentía con la cabeza y en algún momento pedía disculpas por no poder seguir todos los sonidos disparados de las bocas que seguían farfulleando aprisa. Cuando la merienda se acabó, cada cual se retiró por un camino diferente, o algunos iban al mismo lugar y entonces se fueron en parejas. Los visillos volvieron a unirse y las persianas verdes cerraron sus ojos. La señora Moly se quedó dentro, con alguna sonrisa que todavía se quedaba perezosa y por fin el nudo del estómago se fue disolviendo poco a poco; ahora sonreía y respiraba hondo. El cercado; y las estrellas bajitas y los ramilletes de lirios y el cabritillo, todo, en su mente.

En todos lados cuecen habas

¿Pero qué me pregunta usted?, me dijo la anciana, con una cachimba enorme en una esquina de la boca, que al mismo tiempo chorreaba ba...