martes, 11 de febrero de 2014

Un cielo de cañas de azúcar

Siempre eran las mismas horas en que el día tomaba un color ocre, pero el cielo seguía estando tan limpio y azul. El olor del día se hacía intenso y entraba el aroma por la nariz de todos los que por allí transitaban , que no eran demasiados; olía a vainilla a bizcocho recién horneado; a fresas y nata; olía a tarde de vida. Georgiana vestía siempre con esos colores amarillos y marrones y el rodete de su pelo siempre impecable; una vez por semana la mujer y una niña, ambas cogidas de la mano, atravesaban aquel huerto separado por una tajea ancha Por aquellos tiempos la más insignificante vereda se convertía en un bello camino plagado de verde; de trigo espigado; de mariposas. Las horas no se detienen nunca, los días se suceden y esas veredas de ahora les falta todo el sabor de otras estaciones.La mujer sonríe porque todos esos pasajes se quedaron igual que se queda la mermelada, o la mantequilla en una tostada...

La travesía

Éramos unos cien muchachos los que emprendimos el viaje aquella mañana de julio, y aunque llegamos a salvo a puerto después de do...