miércoles, 4 de diciembre de 2013

Un día en casa



Hay  un lugar  donde visualizo  el largo huerto. El lado izquierdo es verde, el verde es intenso. Las raíces, debajo, sujetan las hojas dormitadas antes de que una lluvia reparta el agua limpia sobre ellas, entonces despliegan sus alas como las mariposas. El  lado derecho abarrotado de espigas como soldados uniformados. Espigas de oro que surgen de la tierra huyendo de lo oscuro y son afortunadas porque la luz las traspasa envolviéndolas en una suave caricia.
 La poza es un lago pequeño que alberga los sapos de ojos grandes y redondos de panzas descomunales, que croan al unísono, son coros bien orquestados.
La tierra que piso es roja, de un rojo cobrizo, los surcos, son arcas que contienen toda clase de semilla que esperan  para brotar, primero como pequeños botones perlados, luego más tarde florecen los colores, las tonalidades  en consonancia con las estaciones. El crepúsculo se acuesta apacible y silencioso, todo enmudece. Esperando que vuelva otro amanecer que abrace la tierra de ese huerto y caliente el agua de la poza para que la vida vuelva a latir de nuevo.

¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de...