sábado, 10 de enero de 2015

Mi princesa griega




El rubio dorado de los tirabuzones pareciera una fuente de agua cristalina iluminada por la luz de sol, las manos blancas y delicadas llevan a Homero, lo llevan con sumo placer, si, realmente es maravilloso contemplar esas suaves manitas llevando letras y letras y troyanos, y, a Homero...,
La merienda ya se ha servido desde hace rato, y la voz de la madre se escapa por toda la casa y por el ancho pasillo hasta llegar a la habitación de la niña; se levanta un muro entre ellas, entre la casa y el habitáculo donde todas las historias están colgadas en sus paredes y donde los libros reposan, algunos en la encimera junto al jarrón de lirios. Ese rostro es algo maravilloso porque sus ojos brillan de tal modo que parecieran verdaderas luciérnagas y frunce el ceño de tal modo, que toma el aspecto de una viejita enfurruñada con los codos clavados al pupitre...,
Delante de la ventana de la casa y de la habitación de la niña, los primos y las primas juegan, y las tías y los tíos debaten éste asunto o aquel asunto. Como quiera que la tarde cae plomiza y gris, como quiera que aquellas voces no dejaran de callar y los primos no dejaran de jugar, ella no se distraería en eso, ella no mostraría interés en lo que pudiera o no pudiera pasar o pudieran decidir..., 

En todos lados cuecen habas

¿Pero qué me pregunta usted?, me dijo la anciana, con una cachimba enorme en una esquina de la boca, que al mismo tiempo chorreaba ba...