lunes, 5 de enero de 2015

De cómo comerse el mundo



Me como el mundo, me lo como con pan y su miga, se dijo. Por aquel entonces no habría nada ni nadie que pudiera atreverse a contradecir, no por el timbre de su voz, no por su dedo alzado al viento, en medio de la parra y del aljibe, el que osara contradecir estaba perdido, porque era tal su convencimiento, que hasta las ranas dejaban de croar, los sauces no movían un ápice de sus ramas, los mirlos y los cuervos se quedaban paralizados, como si fuesen de cera.
Tal convencimiento en mayor parte se debía  a su edad, mozuelo era por entonces Anatoli, por lo tanto debió tener toda la razón del mundo, si, realmente ese era el principal y casi único motivo. Y ese otro motivo que le empujaba a descubrir el mundo más allá de lo que abarcaba el grupo de casas de teja y de la iglesia y del ayuntamiento y de la escuela y para agrandar un poco más el lugar, más allá del pozo de agua que abastecía a los lugareños y a las bestias, no era otro que un profundo interés que tenía por marcharse de su pueblo natal, y cruzar la frontera y hacerse hombre y la idea de que algún día poseería algo suyo, algo grande, por supuesto no sería una fábrica de puros, odiaba el tabaco, pero la idea de comerse el mundo no paraba de rondar en su cabeza alfombrada de un basto pelo negro. Anatoli también  presumía de llevar un conspicuo mostacho negro como la pez; entre la nariz y el labio superior se pertrecha todo un monte de galantería, que, cuando la nieve caía copiosamente parecía más que un mostacho, un merengue.
De modo que la idea más sugerente, la que más lo empujaba a descubrir ese otro mundo detrás de las grandes colinas y de las grandes montañas picudas, no era otra que, poder tener una tienda de música repleta de clarinetes, violines, violas y pianos negros y blancos. Soñaba que el mismo deleitaba a quienes pasaran por delante del amplio escaparate, y que, irremediablemente entrarían y se sentarían en los sillones de cuero rojo y negro.
Anatoli se pudo comer el mundo, todo entero, recorrió casi todos los caminos, unas veces a pié, otras en tren, pero lo que más le hizo feliz no fue la tienda de música, que nunca llegó a tener, fue todo lo que pudo escribir en su cuaderno de notas mientras recorría la India o Europa o de sobrevolar  los  Alpes desde el avión de Crusoe, un hombre que conoció en alguna parte de Europa, porque fueron tantos los amigos, que ya no atinaba recordar de donde provenían.
Luego entonces Anatoli se comió el mundo entero, llenó miles de notas con todo lo que sus ojos pudieron ver, y con todas las historias que pudo vivir y con todo lo que él aprendió, con todas las mujeres que amó.
Seguramente la manera de comerse el mundo sea otra, pero Anatoli lo degustó sobremanera llenado folios y folios de mucha sapiencia, una espléndida bitácora expuesta  en el museo Hermitage.


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Se abre el telón El primer día te comen los nervios, si, si, te comen literalmente; y es que, cuando una se halla en el escenario...