lunes, 17 de junio de 2013

Amanecer sin prisas

La mañana del domingo  nació con una luz diferente. El sol perezoso se coló por los cristales y llegó besando las manos que descansaban junto a mi sueño. Un bostezo permitió que se adentrara y cálidamente abrigó el frío de  todas las noches. Un torrente de lluvia cálida cayó  sobre mis huesos congelados de miedo; durante unos minutos  la sábana de agua recorrió  los pliegues limpiando las inseguridades de las horas previas El humeante café recién hecho aromatizó la cocina, unas tostadas adornaron el plato; la música sonó cuando silbó  la tetera.
Los alisios se marcharon detrás de las montañas dejando miles de hojarascas, que lucharon unas horas por sobrevivir ancladas a los árboles, aún a sabiendas de que debían caer derrotadas. Me desplacé  unos pocos  kilómetros hasta la otra casa; los coches  se vistieron de un silencio diferente, salieron   de paseo, se saludaron con el claxon muy bajito.
 El vuelo de las andoriñas, surfeando, agrupadas igual que cardúmenes de peces llenaron el cielo, dejando un lienzo hermoso, un Monet.
El trayecto se vistió una vez más de domingo, de un frac elegante, y virtuoso de la buena música.



Ayer me soporté bien. Anduve en la madrugada, como cuando una se escapa del cuerpo mientras duerme. Me soporté toda la noche, sopor...