lunes, 1 de febrero de 2016

Preludio



Cuasimodo hubiera elegido sin duda la basílica románica que se hallaba no muy lejos del pueblo, a penas comenzar la colina, donde los habitantes eran sólidos y altos pinos que la mayor parte del tiempo sollozaban abatidos por el viento, la hubiera escogido por la belleza propia de su arquitectura y por lo solemne

La mayor parte del tiempo y de todas las horas contadas, incluso las de la madrugada, la señora vecina del pueblo y bastante extraña, se flagelaba una y otra vez, porque pensaba que ella y solo ella era la culpable de aquel sentimiento de dejadez y de tristeza que embargaba el pueblo contagiando todo igual que una virulenta enfermedad.

Incluso llegó a subir cada día a la basílica para entornar el mea culpa, con unos fuertes golpes en el pecho, que hicieron que se llenara de morados. Un día el medico preocupado le dijo que seguramente tendría una rara enfermedad, era normal el diagnostico porque realmente preocupaba verla con sus escotados vestidos y la piel del pecho llena de lunares horrorosos y negros.

Y es que aquella iglesia atraía de una forma irracional, ya sea por su bella arquitectura, o simplemente por lo antiguo y por el aroma de miles de velas humeando hasta la torre. Lo cierto es que la señora que cargaba toda la culpa se echaba sobre sus hombros el agua bendita cada vez que entraba a la misa, para ella era como disculparse ante Dios y todos los cristianos que por allí se hallaban, sentados en los bancos, con el rostro fruncido y algunos dados a la pena, que no a la bebida. Incluso llegó a cortar su melena negra porque le parecía inapropiada cuando alguien la miraba fijamente. Claro está que no miraban sus culpas, sino el cabello negro como la pez.

De modo que la insufrible pecadora se arrodillaba ante el altar con las manos juntas y llenas de sabañones en la época del invierno, sin melena, con morados cada vez mas grandes y una ignorancia terrible. Pasaron los años, pero no llegó a muy vieja, porque la culpa fue creciendo y creciendo dentro de ella, hasta explotar un día.

Crispín el campanero la encontró en horas ya avanzadas de la tarde colgada por el cuello, con la lengua morada y los ojos que no estaban allí. Pánico y falta de oratoria ante nadie, hicieron que terminara con los demás fantasmas. Ella también lució durante muchos años las gruesas cadenas.






Se habre el telón

Se abre el telón El primer día te comen los nervios, si, si, te comen literalmente; y es que, cuando una se halla en el escenario...