jueves, 9 de octubre de 2014

El ramo de Pompones



Naturalmente que parecen un ramillete de corales, dijo Prudens. Un bello ramo de coral rosa, asintió. Matilde había advertido lo mucho que despreciaba los pompones, sean como fueren, o el color que se hubiere elegido, en éste caso eran de un sutil y suave rosado…,
Por cualquier motivo y el más señalado, los pompones eran flores de cementerio, el rechazo fue absoluto por parte de Matilde, pero Prudens insistía en que eran un ramo de corales con sus destellos tornasolados. De buena mañana habría entrado en la casa y en sus brazos aquella magnificencia de la naturaleza; el sol se adentraba por la cristalera y el esplendor de sus rayos sobre las flores, las hacían parecer un ramo de corales en una pecera, eso sería, una pecera de cristal llena de pompones. Prudens pensaba en todo eso y sonreía, mientras, Matilde, renegaba una y otra vez.
-Es como salir a pasear y cayera incesante un chaparrón de agua sucia sobre nuestras cabezas-, dijo Matilde rehuyendo su vista de los corales en la pecera.
Era igual que una maldición tener que admitir aquel espectacular jubón sin mangas, tan bello como un amanecer, tan espléndido como admirar aquella isla pendiendo del cielo en una tarde cálida de verano, pero aún así no consentía, no podía dejarse arrastrar por tentadora belleza, ahí, expuesta, en la pecera…,
De modo que Prudens volvió a sonreír, ésta vez por la no aprobación de su prima, porque en el fondo sabría de sobra que le gustaba tanto como a ella contemplar semejante y maravilloso jubón bordado y con pespuntes de hilo de oro, si, realmente eso parecía, un jubón expuesto para admirarlo, sea quien fuere que entrase en la casa a esas horas de la tarde.
Se mostró solícita la prima Matilde cuando Prudens le ofreció una bandeja de dulces y un café de India. –Después de todo no era tan trágico compartir la merienda ante un ramo de Pompones- se dijo. Contradictoriamente a lo que momentos antes había sido para ella igual que ese sucio chaparrón de agua, ahora más benevolente se mostraba mas relajada. – ¡Ah los prejuicios!- dijo Prudens - ¿Acaso querida prima el sol dejará de adentrarse en la casa, si en la sala se haya este hermoso regalo de la naturaleza?...,



No quedan más que las sombras de los pájaros debajo del árbol, Con sus débiles alas desplegadas, con sus picos cerrados… No quedan ...