sábado, 18 de mayo de 2013

En verano

Los cristales dejaban ver la luna y las estrellas. A partir de las ocho sólo hablaban  los susurros que me hacían temblar pensando que vendría aquella gran sombra entrando por el quicio. Cada cual  en su habitación, golpeaba en todas sin éxito. Entre las almidonadas sábanas rogaba al sueño que dejara su mano en mis ojos para dormir. Las lágrimas ayudaban como una capa pesada, dejando a veces el sueño pasar.
Los perros ladraban con secas gargantas y los grillos golpeaban mis oídos que se cubrían entre los almohadones. El pan tostado, el café recién hecho me devolvía la luz que la noche robaba cómplice. La ciénaga limpia como la plata relucía y regresaba mi sonrisa. De día las sábanas volvían a brillar como lamparillas, de noche se movían tenebrosas por los pasillos...

¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de...