lunes, 16 de mayo de 2016

Inclemencias y deseos






Es una tontería querer alejarse y terminar en un bosque, eso es una pérdida de tiempo para mi gusto, dijo Helena. ¿Porqué habría de ser una tontería terminar en un bosque?, se preguntó la otra mujer que se hallaba en el puesto de castañas y atenta y curiosa escuchaba la conversación.

Se había torrado dos dedos por causa de su extremada atención hacia las muchachas, cuando quiso sacar las castañas del asador; siquiera si había molestado en mirar.
Pensó la señora que estaba bien eso de adentrarse en un gran bosque y desaparecer por un tiempo, sobre todo ella, que llevaba una ingente cantidad de años tostando castañas, con lluvia extrema, con frío helado desde las montañas, con las yemas de los dedos de diferente tono a muchas.

Se había acomodado un rato soplando sus dedos maltrechos y tiznados, luego recreó su huida. Mayestática, permaneció todo el rato en que su pensamiento derrochaba las imágenes supuestas de ese gran lecho de retamas y, hasta un bello manglar en medio.
De modo que las muchachas ya se habían ido cada cual a sus asuntos; y sin embargo, el bosque cada vez cobraba más vida, el manglar restallaba de forma súbita y elegante, promovido en parte por las aves, que revoltosas buscaban en las ramas astillas para la construcción de los nidos, nidos que se multiplicaban a medida que cualquiera pudiera recrear su vista, cualquiera que tuviera la tremenda suerte de hallarse por un día en tan bello lugar. Casi no había hueco sin nido a lo largo del manglar.

Seguramente la señora tostadora de castañas hubiera introducido las manos en el agua exactamente igual que las raíces, eso sería renovarse casi por completo de las tediosas tardes de invierno, con la cara manchada y los sabañones en algunos de los dedos, y sobre todo la soledad de ella, aún en el vocerío de la gente para saciar las ganas de comer las orondas sabrosas castañas.

Por lo tanto para ella ese bosque sería la liberación y no la huida, sería tan maravilloso como convertirse en alguna de esas aves solitarias pero libres, o quizás formaría parte del manglar, o sería el agua limpia que rozaría con dulzura las alargadas ramas.

De modo que se colocó el echarpe, se enfundó los guantes roídos y sonrió. Al fin y al cabo no estaba mal eso de tostar castañas, aún en las inclemencias del tiempo...





La travesía

Éramos unos cien muchachos los que emprendimos el viaje aquella mañana de julio, y aunque llegamos a salvo a puerto después de do...