martes, 24 de mayo de 2016

Arroz meloso





El señor de corbata levantó la cortina del asfalto con la punta del bastón. La intención no era otra que ver el espejismo de un niño, de su niño interior; vivaracho, con una gorra de pana y pantalones cortos y algún juguete en sus manos. Hay personas que con ese gesto ya son felices, dijo la señora, que no le quitaba ojo, porque era curioso eso de rebuscar y encontrar al niño que se lleva dentro.

Probablemente ella también buscó detrás de los cuadros, o, también ,en aquel parque de recreos con la veleta impoluta de un madero noble que recreaba a un gran pájaro azul. Entre las niñas se hallaba ella, con la dulzura de una boquita angelical; por entonces era agradable estar allí, sobre todo porque el tiempo se quedaba congelado, como si alguien con una barita mágica hiciera eso, me refiero a eso de paralizar el tiempo. Seguramente las hadas por esa época se mudaron a vivir allí; de modo que siguió el paseo y pensó en comprar un hermoso ramos de lilas y algunas siempre vivas, y cruzó la avenida al mismo tiempo que se atusaba el pelo...

El aroma de la arrocería se colaba por la estrecha callejuela circundante al monumento de la madre, una de esas esculturas a medio hacer, porque daba la impresión de que a la madre le faltaba el verdadero espíritu, ese que suelen tener las madres, ese que se desborda hacia fuera, por los ojos, o por un gesto cualquiera, pero que, en este caso resultó algo ignoto para el artista.

Los comensales llevaban a la boca el meloso arroz acompañado de un buen vino de la zona. El tintineo de los cuchillos, y de los platos y de las cucharas se esparcían en ondas, como si en verdad fueran campanillas de esas ornamentadas de la India. Glorioso momento pues ese, con las papilas gustativas muy sensibles y los jugos gástricos queriéndose escapar y liberar la contenida sensación de bienestar. A veces pienso que un estómago es otro ser vivo que llevamos dentro, una casi perfecta simbiosis imagino que pueda ser, por decir algo...
Fuera, todo seguía su curso, el señor de corbata había llegado al fin al casino deseando ese puro que en casa le prohibían, y la señora entrada en años dejó de ponerle atención; en realidad había una similitud entre los dos: Ambos sentían la necesidad de reencontrarse consigo mismo, con ese niño de antaño, que podría hallarse debajo del asfalto y también en el parque de la veleta impoluta de un madero noble.

Era una estampa preciosa, pero me refiero a dos Araucarias que habían en la avenida y también ver cómo el meloso arroz, cálido y perfumado era devorado por unas cuantas bocas que parloteaban ésto y aquello, y algunas con los ríos del buen vino en las comisuras...
Tan elaborado y agradecido arroz, como el beso de un amante diría yo. Quizás excesiva comparación, pero es que a veces...





Ayer me soporté bien. Anduve en la madrugada, como cuando una se escapa del cuerpo mientras duerme. Me soporté toda la noche, sopor...