miércoles, 21 de agosto de 2013

Interior

El tic tac del reloj se convierte en latidos acompasados igual que notas musicales. Hay una inmensa lámpara en el cielo, ilumina cada pico de la fila de montañas, cada tejado. El humo de las chimeneas sale disparado y se disipa en silencio. La yerba mojada del jardín se convierte en un precioso bosque y miles de habitantes duermen en él. Cien campanitas penden del lo alto y adornan el firmamento igual que las luciérnagas, son algunas torbellinos que surcan de un lado a otro el espacio, pareciera que el viento hinchara sus pulmones para verlas rodar. Todo se cubre de una capa gris, hasta que la luz de sol con su magia retire todas las prendas de vestir la noche. El drago duerme y sus finas hojas arropan la copa y los nidos de los mirlos se mecen con las caricias de la brisa fresca. Después de la meditación llega el inicio del sueño y yo agradezco esto, porque mis párpados se resisten, pero en el fondo necesito lo mismo que los mirlos, mecerme por la brisa que se cuela por la ventana y los demás que me acompañan deben retirarse a sus habitaciones. Cada uno con un sueño diferente: El niño que juega en el patio alfombrado de geranios; la chica que añora el vestido más hermoso, su primer baile; la madre que amamanta y transcurren los días de desvelo; la mujer que prepara el equipaje, pero no toma el tren…

De los casos de la vida

Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, aho...