viernes, 30 de agosto de 2013

Esa llovizna

Probablemente pasó ahí la mayor parte de su tiempo. Acomodado en el sillón de madera, y a sus pies, la misma vereda que contemplo ahora. Enfrente el lago de cristal concurrido por una familia de patos y el sauce, justo en una esquina, había crecido de una forma caprichosa, rodeando con algunas de sus ramas el banco. Probablemente habría creado una familia con bastantes dificultades por la posguerra, o, por ende, fue un soñador solitario, que con el paso del tiempo consiguió la libertad que siempre hubiera deseado. Seguramente dedicó muchas tardes a la lectura o a redactar en voz alta. Interpretar una de sus mejores obras con el sonido de fondo de los jilgueros, del fluir sosegado de éstas mansas aguas. Fue un niño grande, un hombre bueno, lo sé. Sólo basta observar un rato para contemplar su gran sonrisa dibujada en éste pequeño mundo, su mundo, en el que yo ahora le sucedo.

La travesía

Éramos unos cien muchachos los que emprendimos el viaje aquella mañana de julio, y aunque llegamos a salvo a puerto después de do...