domingo, 7 de abril de 2013

Mi tiempo y cañas de azúcar

Acabábamos de merendar. Román, mi primo, se había llevado en el bolsillo un pedacito de chocolate para cambiarlo por algún boliche que aún no tuviese  en su extensa colección  y salimos delante de la casa esperando que los demás chiquillos viniesen para el regateo.
Aún recuerdo aquellos días guardados en el confín de mi memoria. El campo se extendía a nuestro alrededor dejándonos libres para saborear la infancia.
Las tuneras preñadas de vida, coronadas de esa flor que la naturaleza se encargaba de adornar, crecían sin cesar por la lomada.
No tienes más que cromos y siempre son los mismos. Mi primo tenía la costumbre de sacarme de mis casillas. Pero éramos algo así como almas gemelas, como si hubiésemos crecido dentro del mismo vientre. Con el paso de los años nos fuimos distanciando, creo que el tiempo tuvo la culpa.
Quedaba extasiada viendo a mi tío Chano montando a caballo. Me acercaba a los establos para verle cómo les alimentaba, cómo peinaba sus crines. Parecía Robin Hood  trotando por el cerro. Viejita era una yegua blanca preciosa. Era la preferida;  mi tío le traía algún terrón de azúcar moreno de la venta, de cuando tomaba café con los amigos después de la comida.
Más tarde se vendieron las tierras y quedaron vacíos los establos y el estanque  parecía un pozo reseco, con las huellas fosilizadas de los patos.
Un día desaparecieron mis viejos cromos y fue como si una lluvia intensa cayera sobre mí calándome hasta los huesos. Al día siguiente después del colegio Román me sorprendió con una cajita de metal plateada llena hasta los bordes de aquellas estampitas con lustraciones decorativas.
Nos tirábamos panza arriba en la hierba  pensando que el cielo era nuestro. Un trozo de caña de azúcar se mascaba a dúo. Su dulce jugo era una golosina exquisita.
Los tizones erguidos como guerreros oteaban entre las piedras  esperando las migas de pan que les dejábamos para verles luego luchar entre ellos, igual que los gladiadores en la arena, el más fuerte ganaba la batalla y arrastraba la comida orgulloso.
Nunca quisimos hacernos mayores. Nadie nos pidió permiso para decidir crecer. No sabíamos que los cromos dejarían de coleccionarse y se diluirían como papel mojado y los   boliches desaparecerían junto con los trastos viejos, o enterrados en la tierra.
De vez en cuando saboreo un trozo de chocolate y tengo la sensación   que dentro de mí sigue estando aquella niña de nariz chata, con la melena al viento y los cachetes sucios.
Oigo claramente las risas que nos provocaba rodar por la ladera  igual que unos barriletes. Y se quedaban algunos guijarros clavados en nuestras rodillas, que eran como marcas guerra.
Es hora de dormir, las campanas  de la iglesia han dado las doce. Entre sábanas y sueño dejo atrás lo que fue mi otra vida.



En todos lados cuecen habas

¿Pero qué me pregunta usted?, me dijo la anciana, con una cachimba enorme en una esquina de la boca, que al mismo tiempo chorreaba ba...