viernes, 19 de abril de 2013

Aquellos días


Detuve el coche y me quedé observando la casa; las celosías de la fachada   desdentadas por el transcurrir de los años, y los barrotes con una capa de herrumbre que  poco a poco roía durante las noches.
Hay sardinas  y col lombarda, decía  Suso  el pescadero. Recorría los miércoles y viernes la calle pregonando. Mamá salía veloz a la llamada, con su mandril que  parecía un jardín de rosas; lo  llevaba a todas horas, menos cuando al caer la noche se despojaba del hábito  hasta el día siguiente.
Las sardinas se salían  del plato de frescas  que estaban. Era su frase favorita para que no quedara ninguna en la mesa; hasta la colita se comía.
Algunos mirlos y tórtolas parapetados en la azotea  emitían sonidos. Se habían adueñado de los cimientos deteriorados.
Entonces quise ver las blancas sábanas ondeando como las velas de un bergantín. Los geranios adornando el patio donde merendábamos chocolate con pan y los juegos infantiles del corre corre que te pillo.
Qué hace ahí parada como un pasmarote, circule señora, circule. Aproveche el espejo retrovisor y la miré por última vez, mientras me alejaba

De los casos de la vida

Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, aho...