miércoles, 28 de diciembre de 2011

Irene

En la habitación un silencio sordo, en la cama postrada, ella, con su calidez. Entre sus pálidas manos lleva un rosario perlado que alguien unos minutos antes había confiado.
Unos suspiran, otros lloran y, la luz de los cirios en la blanca pared dibuja volubles siluetas angelicales. Fuera de la estancia, a través de la ventana vestida de tules negros, las ramas del olmo blanco, arremeten contra el ventanal, queriendo entrar en la alcoba, y arropar con sus hojas el cuerpo inerte de Irene.
Ella era la primavera, la mujer alegre que dejo mecer en brazos amorosos su cuerpo candente, vivo, tierno. Esa noche, esa misma tenebrosa hora, Irene exhaló su último aliento, el viento cesó, y un perfume a lirios inundo la estancia.
Había muerto la mujer y se incorporó el Ángel que sutilmente se alejó, y, allí quedaron los avenidos, rezando plegarias, sin saber que Irene se había convertido en lo más precioso, en el más bello y sereno ser.

No llueve

¿Porqué me contestas con esa mirada tuya, tan seria? Yo no sé de esos ojos que parecen palabras espurias, no sé de gritos en mitad de la...