martes, 26 de julio de 2016

El encuentro






Las gotas de sangre acabaron en el vestido. El alfiler se había clavado en la mano profundamente , tanto, que quedó en la superficie la perla irisada.

Dorotea perdió el color de la cara. Perdió el sentido, casi. El tren devoraba árboles, campiñas enteras, y ella apenas si podía levantarse del asiento y caminar por el pasillo para ir al servicio.

El vestido manchado y el rostro sin color. Se abstrajo por unos minutos aguantando aquella tortura de los demonios, porque enfrente se hallaba él; lo primero que le había llamado la atención fue su boca, carnosa. Luego recorrió su torso y terminó donde los dioses degustan uvas dulces y llenas de licor.

Renunció estoicamente la decisión de ir al servicio para aliviar el espantoso dolor, porque el alfiler seguía ahí, torturando, anclado a su piel y profundamente hendido.

No lo pensó y ella misma lo arrancó de un tirón, luego la sangre a borbotones se encaprichó en dibujar en sus muslos: Parecía un tatuaje.

Se quedó sentada y abrió las piernas soportando la agonía, pero insistiendo para llamar la atención de él. Y lo consiguió, porque ahora ya no sentía pena alguna, siquiera se acordaba del maltido alfiler. Aquella boca carnosa besó el rió púrpura y la lengua sin riendas se había ido justo al centro y no paró hasta la próxima estación.

Se despidieron. Él, en el andén, ella, sentada, con la perversa sonrisa...



Hay una vacante

Le atrajo mucho el anuncio, y es que con estos tiempos que corren el mejor de los regalos a mi entender, es tener un empleo. Tomó...