miércoles, 6 de julio de 2016

De los amores perdidos









La  llevaba atada a la muñeca, como si se tratara de una pulsera de diamantes, era de esas pulseras de hilo entrecruzado formando una trenza y de varios colores. Cuando se la quitaron para las pruebas se quedó grabada en la piel, igual que un tatuaje, la pulsera de sus amores, de sus días de esplendor, el regalo más bonito que jamás había recibido.

Al ladear el cuerpo salió de los labios un hilo de sangre que pronto llegaría al suelo de tabillas de madera, era espeso como la melaza casera.

Alguien miraba por la ventanilla y arqueaba una de las cejas intentando ver mejor lo que sucedía dentro. Había dormido sola esa noche. El lo sabía muy bien, por eso quería saber qué había pasado.
También lo sabía el alcalde. Un abogado y un fiscal de la zona, es decir los que habitualmente acudían a las vistas del Juzgado del pueblo.

El médico forense se presentó unas horas más tarde. Con corbata y un sombrero gris de fieltro.

Le tomó el pulso a sabiendas de que la vida se había esfumado horas antes, pero era menester, era el protocolo, o la necesidad de querer que en algún momento diera un respingo, o balbuceara algo.

Realmente deseaba que ella abriera los ojos. Que le sonriera o se carcajeara con alguna de sus ocurrentes historias, aunque algunas hirieran mortalmente por su alto contenido en cianuro. Siempre le decía eso: Tus historias tienen un alto contenido en cianuro. Qué labios y que forma de mover las caderas cuando la tenia cerca...


Cuando hubo terminado, y sin que nadie se percatara de ello, le peinó la melena y luego sacó otra pulsera entrecruzada de hilos de colores: ¿Te gusta esta mi amor? Le dijo.





Hay una vacante

Le atrajo mucho el anuncio, y es que con estos tiempos que corren el mejor de los regalos a mi entender, es tener un empleo. Tomó...