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jueves, 18 de julio de 2013

Juntos

A medida que nos aproximábamos las hojas de las puertas con ojos de buey se iban abriendo y un fuerte olor llegó como una cachetada. Cogí su mano acariciándola, bordeando el pulgar cercenado unos años atrás. Cerré los ojos. Papá llegaba a casa y era como ver a Dios; corría sin medida y me prendía al cuello, llenando de besos su rostro. Tras largas horas de incertidumbre, el médico dijo que todo marchaba bien y que podía llevarlo a casa. Ésta vez fue él quien me llenó de besos.

Caimanes

A nadie importa, importo. Cuando vengo cruzando un jodido mar. Cuando llevo en el vientre una criatura. No importa el hambre de...