miércoles, 13 de febrero de 2013

La sonrisa de mi morena


En los veranos nos repartíamos unos helados para mitigar el calor. Ella acudía como una niña para pedir el suyo. Los martes tocaba sesión de peluquería y quedaba extasiada mientras le hacíamos una larga trenza, que terminaba en un rodete adornado con un lazo azul.

Todo lo que tenía ocupaba los dos cajones de la mesilla de noche y en un hueco de la pared un retrato de juventud con Ismael, su novio.
Era feliz en un mundo interior lejano del nuestro, envuelto en recuerdos y vivencias de una época en que las horas se vivían dejando las huellas enterradas en las tierras arrendadas y una limonada al caer la tarde era un exquisito manjar.
Había crecido con el aroma de los laureles, con el sabor del guarapo. Con ese cielo limpio y lleno de estrellas, que ahora extrañaba.

Deambulaba por la casa de arriba abajo. Con la escoba, deslizando sin recuerdos el manejo de sus manos.

Las naranjas de la china adornaban la lacena cada navidad. Ella las colocaba en la mesa convirtiendo en un lienzo el mantel bordado, cuando se fue, quedó dormida en sus sábanas blancas y sueños olvidados.
 

La travesía

Éramos unos cien muchachos los que emprendimos el viaje aquella mañana de julio, y aunque llegamos a salvo a puerto después de do...