viernes, 10 de marzo de 2017


Llegué a casa,  los gatos dormían y los mirlos se acurrucaban en las ramas del drago, y el algún cardón...
Un puntapié, y la puerta ya estaba cerrada. Pero aunque ya me había deshecho de esos malditos y preciosos tacones, aún quedaba la falda de tubo y la blusa con lazada, y las medias. Y las ganas locas de una ducha caliente, una ducha de esas que acarician cada centímetro de la piel y se hace un río que lame el rostro, y casi fustiga la cintura, la espalda, los muslos y más...
Borracha de todo me vine, me vine con las ganas de alguien que no quiere desaprovechar siquiera un instante de loca vida; de parlotear esto o aquello. Una copa, otra, una mirada, otra. Un gesto... mmm un, gesto. J...
Me senté, y las medias se deslizaron como cuando las gotas del rocío recorren la hoja, verde, húmeda... acariciando y cayendo al suelo, hasta posarse en la baldosa perlada de cuadros negros...
Recogí mi pelo con algunas horquillas, luego bajé la cremallera de la falda, treinta centímetros de cremallera roja: Se quedó en el diván llena de lentejuelas, unas blancas, otras negras. Abrí las piernas y bostecé, el cansancio ya me podía, igual que me podían las copas, el humo, el ruido, la música de aquel  saxo; y los labios de él, gruesos, y su mueca, provocativa, qué manera de hacer música, más que música, diría yo..ummm...  J
Quise terminar de desnudarme, quería  relajarme, el corazón aún palpitaba, inquieto.
Casi me arranqué la blusa, salió volando por la habitación y graciosamente quedó en la esquina de la ventana, me pareció una bandera ondeando, me hizo gracia, sonreí, pero el hipo me provocó una tos absurda, tomé agua.
Luego me tumbé en el diván, ¡qué gusto! ¡Qué paz!... Jugué un rato moviendo los dedos de los pies, como si fueran  esas mariposillas diminutas que revolotean alrededor de un parterre, sonreí. J..
Aún sentía el latido de aquel mordisco en mi cuello, palpé, sangraba un poco, pero eso me gustó, al fin y al cabo yo desayunaba, comía y cenaba con ese río púrpura en una copa; y es que a veces sucede que, los instintos son como lobos hambrientos, lobos que buscan su presa para devorarla, una manada de ellos agitaba mi pecho, devoraban por dentro todo el fuego, todo el deseo, las burbujas en mi estómago hervían como la lengua de lava de un volcán; una lengua que recorría todo mi cuerpo, calcinándolo, en breve moriría, pero renacería y sería para siempre, como siempre.  Sabía que pronto amanecería, pero seguí en el diván admirándome: Una visión bella contemplar un cuerpo incorrupto: Una pradera hermosa... un ombligo como un pozo... qué lástima tener pequeña la lengua... L


Hay una vacante

Le atrajo mucho el anuncio, y es que con estos tiempos que corren el mejor de los regalos a mi entender, es tener un empleo. Tomó...