lunes, 28 de noviembre de 2016

No tapes mi boca, no tapes mis ojos, no me mires.




¿A quién estás mirando?..

Le contestó, que a ella. El lienzo colgaba de la pared húmeda, del torrente de agua que caía en esos momentos.

Sin marcos, solo un lienzo. El rostro inmaculado. El rostro con una leve sonrisa de luminaria, excelso. Con una sonrisa corta y malvada.

De modo que ahí seguía, observador. Casi sin pestañear. Los colores oscuros predominan, los ocres, sólo una leve pincelada, como si alguien, adrede, hubiera cerrado los postigos, entonces un pequeño halo de luz casi imperceptible. Una pincelada de ocre maldito.

Pero miró a un lado y al otro de la sala de exposiciones. Nadie había ya. Con lo cual, se había alegrado, en cierto modo; porque en realidad temblaba de miedo, de terror, de percibir en el pecho el puñal de los ojos, de ella.

Una amalgama telúrica le aplastó el pecho y se orinó en ese mismo instante. Y las gotas gordas de sudor le besaron los labios. Pero era veneno.

¿Porqué insistes? Dijo ella.

Le contestó que no podía dar un paso, que no podía dejar de mirar.

Estás perdido. Estás derrotado. Aniquilado. Los vocablos salieron de la boca de ella, derritiendo el óleo al mismo tiempo.

Siguió orinándose dos veces más. Pero ya era demasiado tarde, un vómito de ella escupió su absurda estampa de hombre miedoso, cobarde.

!No me mires! Volvió a decir ella, esta vez, el grito se coló por los zócalos, se coló por el mísero postigo.

Sonrió, sonrió al verlo tan extremadamente loco. Un cuerpo mordido por la lengua de ella. Derrota, dijo y volvió a sonreír, levemente, como cuando una caricia, como un beso en la piel...


¿Quién salva a los poetas?, a las personas que quieren dejar letras en cualquier rincón, en un folio, en una pared, en el tronco de...