viernes, 3 de abril de 2015

El catalejo



Rosendo y Eurípides vivían en una isla con techo y así durante muchos años llegaron a pensar eso. Eran unos niños de cierta edad y habían jugado mucho, casi siempre con sus pies desnudos y una camisa para cada uno, roída. Ahora ya llevaban zapatos y otra camisa distinta para cada uno de los dos, era casi nueva. Les habían enseñado a cepillarse la boca después de las comidas, les habían dicho que si terminaban sus tareas a tiempo y si cuidaban  de sus cosas les premiarían a ambos con una gran sorpresa que no tardaría en llegar. Como es natural, los niños de cierta edad sentían una tremenda curiosidad y deseaban mucho que llegara ese día,- seguro que es algo envuelto en papel de celofán, dijo Rosendo- ¡No, no, no!, dijo Eurípides con el ceño fruncido y, con los churretes del puré en la comisura de sus labios, ya reseco; y es que Eurípides siempre había rechazado toda clase de regalos envueltos, los odiaba.
 Por fin el gran día, y para ese día habían estrenado una camisa nueva y unos zapatos nuevos. Apareció aquella señora robusta con un catalejo envuelto en papel celofán en sus manos anchas y entró en la isla como pedro por su casa y silbó para que los niños de cierta edad se presentaran en el patio donde había palmeras y geranios y bancos de madera. Eurípides fue el primero que pudo ver através  de las lentes, pero no le gustó nada y se fue atrás al huerto que tenía la isla y se quedó allí. Ahora le había llegado el turno a Rosendo, se puso de puntillas, y cuando pudo ver lo que había dentro del catalejo, grito espantado al ver el cielo y las estrellas y hasta los dioses del Olimpo y, enseguida se murió de un infarto. Eurípides vivió muchos años más, pero nunca pudo ver el cielo, ni las estrellas, ni los dioses del Olimpo.


De los casos de la vida

Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, aho...