miércoles, 25 de marzo de 2015

Dorian y yo





A medida que recorría el camino de ida y  a la altura del desvío y cerca de los laureles, el corazón de Dorian  quería escapar de su pecho, no por sus pasos acelerados, no por la lluvia incipiente de la mañana, probablemente eso hubiera deseado. La casona se adivinaba por el olor de la acequia repleta de corpúsculos que la cubrían igual que un manto de hilo, y se colaba por entre la nariz hasta llegar un sabor ácido al paladar.
Lo repetía cada vez que nos encontrábamos mientras un café con un terrón de azúcar moreno daba vueltas haciendo jirones la capa de crema antes de ser sorbida por mis labios, lo repetía una y otra vez: “Los he visto, algo mas difuminadas las siluetas, pero igualmente cercanos, tangibles, perezosos me atrevería a decir, por el modo en que la señora le miraba y bostezaba al mismo tiempo; sin embargo qué curioso fluir de imágenes, cuando una es capaz de captar por entre esos barrotes y parterres hasta la entrada cubierta de oropeles, esos rostros ya muertos, aseveraba.” Dado que nuestra relación iba mas allá de lo que pudiera ser una larga amistad, dado que era cuestión de familia, discutíamos cualquier asunto que pudiera surgir zanjando el tema allí mismo.
Conocedoras ambas de los pormenores y de las situaciones provocadas por las diferentes materias, que a veces terminaban inconclusas, ya sea por acuerdos, ya sea por no poder resolver esos asuntos, siempre se llegaba el caso de querer emprender un proyecto, una nueva obra jamás conocida, resultando ser un experimento asombroso, algo novedoso para ambas. El grado de entendimiento alcanzaba cuotas extremadamente vertiginosas, hasta tal  punto en que a veces cuando una pensaba algo, la otra respondía como si de una pregunta se tratara, como si la conversación se iniciara dentro de nuestras cabezas y siquiera una palabra asomara por entre los labios. Los mismos crisantemos, los gustos para decorar esto o aquello; la seda carmesí entre el espaldar de la cama; el mismo modo de tomar el lápiz y comenzar a escribir por el lado contrario, todo eso no hico mas que confirmar mis sospechas, y mas aún, cuando pude ver lo mismo que Dorian: La señora casi imperceptible como un halo de luz transparente charlando animadamente en la terraza los temas mas variopintos. Los mismos gestos primigenios, la complicidad de ambas, solo que en otro espacio de tiempo, en otro lugar y en otras vidas ya acontecidas…,

De los casos de la vida

Una rémora parecía, a cada paso que daba, la rémora seguía ahí, viviendo de ella, alimentándose de ella, de sus pertenencias, aho...