sábado, 26 de diciembre de 2015

Como si hubiera sido

Yo no hago mas que recordar-te,
en el siglo entero de ayer...
Bajo la luz y la sombra de mi silueta, tú,
eres un pasado que no estabas y eres un presente,
de esos de ahora, de esos de morderse los labios.
Eres un consuelo y desconsuelo por no serte para ti.



jueves, 24 de diciembre de 2015

Costumbres


Había dicho que comprar regalos para su sobrina era como si en verdad su regreso para la niña no significara nada, y que el regalo supliría esa ausencia, por lo tanto se negó, aunque al final cedió.
Un regalo envuelto en papel de dibujos de caballitos y globos, que nunca llegaría a las manos de la niña, porque en su empeño consideró donarlo para a alguna familia sin recursos, porque había sido recibido de una forma un tanto desagradable; la excusa de la señora, madre de la criatura fue, que la niña estaba dormida y en esa casa se respetaba los horarios muy mucho. El muchacho, que había venido de un largo viaje y tío de la niña, no hizo alusión alguna al comentario y volvió al coche, muy arrepentido por renunciar a sus principios. El cariño de los niños no se compra, pensó, y de eso estaba muy seguro, tanto, como cuando una fórmula matemática da unos resultados excelentes y muy positivos.
Sus teorías casi siempre quedaban confirmadas, en eso pocas personas se atrevían a retarlo, pero la criaturita era ajena a todo aquello, nada sabía de cosas de mayores, de lo complicado que resulta a veces conformar a las personas, de coincidir en algunos razonamientos y modos de vivir la vida, en como educar a los niños, de  modo que los argumentos cayeron en saco roto; la puerta había dado en las narices de chico, (como si una tarjeta  de stop pendiera de ella).


martes, 8 de diciembre de 2015

Momentos





Es extraño que el tranvía cruce la misma tierra de antaño, que la traspase igual que un topo arañando los surcos  en que un día crecieron  los tomateros y los bancales plantados de  papas, y otros mas allá de calabazas, y otras hortalizas; realmente es curioso mas que extraño ver ese pequeño trenecito borrando el pasado, y es que  siempre hay un tiempo nuevo, incluso el que vivieron personas que ya no están, siempre, siempre, hubo un tiempo nuevo.
La casa antigua que fue moderna, y casi burguesa, sigue erguida como una torre, siquiera los alisios y la lluvia y algún rayo ha podido con sus viejas piedras, es como un mausoleo; una trepidante fachada con adornos en las balaustradas, incrustaciones de azulejos de colores en cada una de ellas, la escalinata de mármol está intacta si dejar que el paso de los años la haya dañado,  y la fuente ya no lleva agua, pero ahí permanece, de vez en cuando se quedan pequeños charcos producidos por la lluvia en invierno.

Las caballerizas ya no están, en su lugar han crecido toda clase de matojos y hiervas, los rabos de gato acaparan casi todo tendiendo una capa gris como si adrede quisieran sesgar  el pasado y la belleza que un día hubo en toda la hacienda.

En las aproximaciones de las casitas de los labradores, las higueras negras iban cargadas de  jugosos y dulces higos, como las bolitas que adornan los árboles en navidad, solo había que extender la mano para llevarse a la boca tan rico manjar. Las tuneras se hallaban conformadas en grupos alrededor de una inmensa charca verde con sus ranas, que croaban como si de un concierto se tratara, aquellas tres mas fuerte y esas dos, con menos intensidad, luego, las demás acompañaban igual que los coros, y es que la hacienda era como un pequeño pueblo con las dos casitas de los trabajadores a un lado, donde el árbol de laurisilva de esos troncos que parecen que abrazan, como si en verdad supieran de los que vivían por allí, y es que a veces, diría yo que escuchan y sienten el tacto de los dedos cuando recorren su corteza, afortunadamente siguen en pie, siquiera el  huracán los derribó allá por el 2005.


Casi las veinticuatro horas del día avanza sobre los rieles  con pequeños chirridos, y a ambos lados de las vías, los tramos para los coches, y  bicicletas. Las personas  que no pueden ir sentadas se sujetan a las barras  mientras leen algún libro o mantienen conversaciones con sus móviles, esas conversaciones de ahora que son silenciosas pero que tan dichosos hacen a algunos, yo diría que son amigos de esos virtuales que se llevan en el bolsillo, que no hace falta quedar en un café para charlar, ni hace falta escuchar las voces de los otros, basta con agregarlos a la lista y comenzar a teclear y comienza la tan deseada conversación, incluso parece que surgieran delante igual que los hologramas.

Son muchas las veces que para enfrente de lo que un día fue la hacienda, suben y bajan los pasajeros sin apenas advertir la casa que muestra un lado de ella y uno de los balcones de madera de nogal que se cubrían por aquel entonces de banderas anchas por las fiestas. Y sin contar los miles de farolillos que adornaban toda la fachada cuando se celebraban los banquetes y los bailes. Para mi no pasa inadvertida, a veces incluso tomo un billete y me subo al moderno tranvía para ver una vez más los recuerdos, giro la cabeza hasta que ya no puedo atisbarla, e impredeciblemente aparecen las andorinas girando y girando en bandadas, como si en verdad siguiera la vida en esos lares.

Entonces la fuente revive y los patos también y los caballos relinchan al trote y los potrillos al paso de sus madres y los labriegos cargando la paja, también se encienden los farolillos esplendorosos y se escucha una folia  y una isa; pero todo eso es el tiempo guardado, en mi cabeza. 

lunes, 7 de diciembre de 2015

Es gracioso y bonito eso de admirar una rosa o un lirio, debe ser por sus formas y sus colores y sus olores; para mi gusto no pinta bien en algún poema de esos que despiden el alma hasta el acantilado y con ella van los ramos de esas bellas flores. A mi en particular me gusta horadar la tierra donde abundan de esos perfumes, y me gusta que los dedos se entierren hasta tocar las raíces, entonces surge una especie de clímax, quiero decir: Brota y brota el placer de la verdadera belleza, la que se esconde, la que provoca, la que sin más te espera, debajo, justo debajo...

Llegué a casa,  los gatos dormían y los mirlos se acurrucaban en las ramas del drago, y el algún cardón... Un puntapié, y la puerta ya ...