jueves, 26 de marzo de 2015

Las flores



Equidistantes se hallan las unas de las otras: La casona con la escalinata de piedra labrada, el establo, y en el piso alto, el gallinero;  las demás casas son  más sencillas, estrictamente sencillas. Con total impunidad crecen fortalezas de maíz  a lo largo de la finca, parecen arrabales, casi se puede sentir como late debajo de la tierra todo ese imperio de raíces bien ancladas;los penachos  abatidos por la brisa inquisidora de los alisios se resisten una y otra vez, estoicamente; variopintos y diminutos cuerpos de las espiguillas danzan al aire, son olas y un mar, la huerta,  otrora ríos de lava, quizás, ahora la flota de navíos por encima del mar precipitándose vertiginosamente y abriendo camino a la vida, ¿Para cuando la ciega? Las conversaciones entre las señoras y señores habitantes de las casas comprenden, desde las compras en el mercado, las ropas de los inviernos y los veranos, los castigos a los chiquillos en la escuela, excusa incomprensible, no para los padres, y el eslabón perdido de la familia que viajó a Cuba; un fluir de notas musicales, algunas graves, otras más delicadas, pero por sobre todo lo demás, los días de la siega son luminarias a este lado y al otro, cada cual se afana en lo suyo, y estrictamente necesario hablarán del conflicto  que se haya lejos, pero necesariamente desean esa verborrea tan inocua que se pasea entre las bocas agradablemente.
Agitando pañuelos se quedó Isabel en el muelle, cerca del mercado de abastos, un buque gris y desvencijado se llevaba tanta juventud dentro, tanta como un prado de oleaginosos girasoles: Escribe, le dijo. El hijo dijo que si, por pronunciar esa palabra tan exquisita sabía que haría la felicidad para la madre, hacer la felicidad lleva poco tiempo, basta asentir con buena voluntad,y dejar que un beso volado se escape. Metódicamente algunos de ellos tuestan el café, la señora de la casa se encierra en la cocina pintada de verde con una pequeña ventana, y hace girar el cucharón de madera hasta que se impregna todo con ese olor típico que agranda las fosas nasales, crea ambiente, diría yo. Es magnífico contemplar el páramo, sobre todo en primavera, cuando se redescubren los colores y las sabanas ondean detrás de las casas, en los patios, cerca de las charcas, es una espléndida obertura en medio del caos que se haya allá, detrás del horizonte…,


miércoles, 25 de marzo de 2015

Dorian y yo





A medida que recorría el camino de ida y  a la altura del desvío y cerca de los laureles, el corazón de Dorian  quería escapar de su pecho, no por sus pasos acelerados, no por la lluvia incipiente de la mañana, probablemente eso hubiera deseado. La casona se adivinaba por el olor de la acequia repleta de corpúsculos que la cubrían igual que un manto de hilo, y se colaba por entre la nariz hasta llegar un sabor ácido al paladar.
Lo repetía cada vez que nos encontrábamos mientras un café con un terrón de azúcar moreno daba vueltas haciendo jirones la capa de crema antes de ser sorbida por mis labios, lo repetía una y otra vez: “Los he visto, algo mas difuminadas las siluetas, pero igualmente cercanos, tangibles, perezosos me atrevería a decir, por el modo en que la señora le miraba y bostezaba al mismo tiempo; sin embargo qué curioso fluir de imágenes, cuando una es capaz de captar por entre esos barrotes y parterres hasta la entrada cubierta de oropeles, esos rostros ya muertos, aseveraba.” Dado que nuestra relación iba mas allá de lo que pudiera ser una larga amistad, dado que era cuestión de familia, discutíamos cualquier asunto que pudiera surgir zanjando el tema allí mismo.
Conocedoras ambas de los pormenores y de las situaciones provocadas por las diferentes materias, que a veces terminaban inconclusas, ya sea por acuerdos, ya sea por no poder resolver esos asuntos, siempre se llegaba el caso de querer emprender un proyecto, una nueva obra jamás conocida, resultando ser un experimento asombroso, algo novedoso para ambas. El grado de entendimiento alcanzaba cuotas extremadamente vertiginosas, hasta tal  punto en que a veces cuando una pensaba algo, la otra respondía como si de una pregunta se tratara, como si la conversación se iniciara dentro de nuestras cabezas y siquiera una palabra asomara por entre los labios. Los mismos crisantemos, los gustos para decorar esto o aquello; la seda carmesí entre el espaldar de la cama; el mismo modo de tomar el lápiz y comenzar a escribir por el lado contrario, todo eso no hico mas que confirmar mis sospechas, y mas aún, cuando pude ver lo mismo que Dorian: La señora casi imperceptible como un halo de luz transparente charlando animadamente en la terraza los temas mas variopintos. Los mismos gestos primigenios, la complicidad de ambas, solo que en otro espacio de tiempo, en otro lugar y en otras vidas ya acontecidas…,

martes, 24 de marzo de 2015

Madreselvas

Deberé pensar entonces que en verdad el butacón necesita arreglos, quizás una tela nueva bien ajustada, nada de pliegues, ni de adornos. Una le llega a coger cariño a una butaca, porque una se siente protegida, y para completar el grado de satisfacción, el chismorreo de los rescoldos que quedan de los troncos de madera, con miríadas de pequeños meteoritos saliendo disparados a este lado y al otro, parecieran un coro de feligreses en la misa de los domingos…

¿Puedo coger el cuchillo que corta pero, no?

Me ha venido ese recuerdo infinito a la cabeza; las vocecitas rebotaban en la casa y parecían algodones de azúcar moteado: ¡Campanillas, campanillas sus voces!. Los ojitos vivarachos de los niños oteando. ¿Potrillos quizás? Realmente hermosos potrillos.
Alguien me ha dicho que en el bosque de los arapahoes corren peligros, sonreí a los niños guiñándoles un ojo, como si en verdad ellos, los arapahoes, acamparan en ese bosque de madreselvas y demás hierbas y guijarros. Por lo tanto, cuán espléndido el mundo de los sueños infantiles: Hadas, bosques encantados, guerreros del antifaz, lianas y bergantines alrededor de esa fuente del patio.
Posiblemente un azul intenso le vendría bien, distintivo, señorial, definitivamente no compraré un butacón nuevo, de modo que, no importa el tiempo que pueda durar con su nueva capa ¿Tiempo? ¿Qué es el tiempo?, deberé pensar entonces que no pueda haber un determinado espacio donde se cuenten las horas o, de qué modo pueda entender el tic, tac, de ese reloj; será pues un gran butacón, aquí un jarrón de margaritas silvestres, allí en la encimera dos o tres fotografías y los libros apiñados en dos baldas, con historias suculentas entre sus hojas, algunas amarillentas y rugosas, con las huellas de quienes quisieron transitar por ellas…,

–Heribert dice que las tareas se han de llevar impolutas cada día, dijeron al tiempo.

–Tal vez las rosquillas y la leche primero y después las tareas de las clases.

La constelación de Orión abarca el cielo plegado de miles de farolillos, es un espectáculo, es digno de observar y no es raro quedarse perplejo, inmutable ante una obra de arte de tal calibre…
Una piensa en tantas cosas cuando se precipita el cielo ante sí: Los mirlos en la copa de los árboles, los niños jugueteando por entre los parterres, las mochilas, los bocadillos.
Hay veces que no merece la pena quitar ni una brizna de polvo que haya en la encimera o, en los cuadros, o en esos soldaditos sentados, es tanto lo que se ha quedado dentro…,


viernes, 20 de marzo de 2015

El retrato




Cortésmente había posado, no sin su gato, que más que gato parecía una Esfinge. Las patas se aferraban a  la mano de la señora de tal forma, que, ésta, permanecía inmovilizada  hasta que Alterio consintiera. A ambos lados del canal las casas a esas horas reciben la luz del sol y brillan de tal forma que no sería difícil quedarse largo rato contemplando las fachadas que parecieran emerger igual que Isis; la parsimonia de la señora ante el fotógrafo en cierto modo resultaba agradable a la hora de obtener una buena instantánea, ella ofrecía todo aquello que hubiese sido necesario para recrear un buen retrato al más puro estilo clásico. Tenga en cuenta mi nariz, le dijo. Seguramente debió pensar que unos retoques podrían disimular  las facciones muy mucho, ya que no le agradaba en demasía aquel pico de águila entre sus hermosos ojos azules…,
Abacanada, presuntuosa y mal educada la señora Ariel trataba de abstraerse en cada toma pensando en sus quehaceres, y en cada una de ellas un gesto diferente, una postura forzada e irreal, además de tener que soportar las vejaciones de Alterio, sobre todo cuando el felino se orinaba encima del vestido, o de sus vómitos a lo largo de la larga trenza en los momentos en que éste regresaba a casa con la panza llena de ratones, babazorro, le decía con un despectivo movimiento de cabeza al verle regurgitar y relamer. La segunda Venecia quizás, farfulló  el fotógrafo entre dientes mientras intentaba mejorar la imagen de la señora Ariel en cada toma, en cada click, si, realmente es de admirar las casas a un lado y al otro resistiendo el paso del tiempo y en cada una de ellas los ventanales parecen proclamas para que éstas sean admiradas por visitantes y convecinos, sabía que pecaba de ñangotado, pero había que ganarse los cuartos, y ella, la señora Ariel a lo suyo, con el torso recto, con un ritus extremadamente forzado, de modo que el jornal ganado y la señora contenta de ser inmortalizada…,


sábado, 14 de marzo de 2015

Observó el drago de Pino Santo y las múltiples hojas danzaban al aire, ahora algunas de ellas parecieran llorar, suplicar- ¿dolor? Ella sintió dolor porque el fluir de las hojas trajo con ellas un llanto moribundo. La desesperación de Nataly cuando hubo que internarla en la casa de salud mental; llevaba las  muñecas anudadas y la observaba desde la puerta y se acercaba con sigilo  hacia ella- ¿sabría ella la respuesta? Sería terrible su respuesta,  porque la había llevado al precipicio sin la  posibilidad de agarrarse a ningún saliente, ni una rama, ni una raíz. Sintió el temor de ella y le tomó la mano y sonrió.Quiso decirle al oído que ella sentía lo mismo y miraba sus ojos ausentes; dos esmeraldas enterradas, alejadas del transcurrir de las horas, dos esmeraldas que  vagaban buscando esa raíz, ese saliente- ¿querría huir? ¿Querría cerrar todas las puertas tras de si?-dolor, dolor- eso fue lo que ella pudo ver en los grandes ojos esmeraldas. Le hubiera dicho que recordara aquellos otros tiempos en la casa familia; sin embargo permanecía allí tumbada sin percibir la oleada de pasos aquí y allá, entrando y saliendo de las habitaciones.
Una enfermera enjuta con los labios sellados, como si hubieran sido dibujados en en su rostro  sepia pedía desalojar la habitación agitando una de sus manos para que saliéramos al pasillo; pareciera un policía dirigiendo el tráfico, enarbolando el brazo en gesto autoritario.
Ese horrible lugar gris podría haber sido  un prado verde rodeado de picudas montañas con la punta de la nariz de blanco, en invierno; habría caminos por éste lado y por aquel; ganado pastando; un pequeño riachuelo con el agua serpenteando y brillando por los rayos del sol. Mejor así, mejores vistas; nada de puertas; nada de pasillos; de policías dirigiendo el tráfico. Todo ingrávido igual que las plumas que caen de los nidos cuando los gorriones revolotean y abren el pico para saciar sus pequeños estómagos; nidos y nidos de protección; de sonrisas enteras; de bizcochos de cerezas. Un árbol repleto de nidos en cada rama. Árboles con nidos aquí y allá. No más puertas; no más pasillos ni policías.


Fragmento de Insomnio, de María Estévez


jueves, 5 de marzo de 2015

Debajo de los Flamboyanes



Que el tiempo se detenga para  esa señora que toma café y anota en su cuaderno, es algo extraordinario. Es una virtud hacer que desaparezcan ciertas cosas además de detener el tiempo; por ejemplo, los coches que en ese momento cruzan la avenida, esas señoras que pasan vociferando y enarbolando las manos de tal modo que pareciera una lluvia de confetis arrojada al cielo. Cada berreo, lluvias y lluvias de confetis. Es como si el banco donde permanece anotando esto y aquello la acogiera confortablemente con la calidez de un hermoso madrigal de versos. Son momentos circunstanciales esos, los que se advienen y se quedan, los que paran el tiempo. De modo que prosigue anotando y aseverando con la cabeza con la idea de que este o aquel  asunto sería lo mejor, el más acertado; distante de todo lo que en esos momentos estaba sucediendo alrededor, una abstracción propia de ella, realmente una mujer interesante, imbuida en ese caracol que contenía un espacio de tiempo estático, provocado por ella, por nadie mas, porque todo cobraba vida y sucedía: Los buses, las personas arriba y abajo de la calle, aquellos niños con el profesor en una pequeña excursión por la ciudad, nada de eso habría de hacer que el café, el banco que la acoge apartándola de todo, el blog de notas, dejaran de permanecer en ese otro lado, lo intemporal. A vista de pájaro, ella, y sin embargo tan lejos de lo cotidiano…,



martes, 3 de marzo de 2015

Un dos, tres, no me ves






Las tardes no siempre son apacibles aunque el sol brille y los almendros de la huerta hayan florecido y parezcan pequeños botones forrados y adornados con perlas irisadas. Por aquellos días aún vivíamos en casa de nuestros padres, en ese hogar acogedor, alborozado, con sillas pequeñas para los niños y sillas grandes para los adultos. Cada cual elegía un juego después de la merienda y después de las clases. Yo fui infeliz aquella tarde porque había que ver la cara que se me quedó, cuando eche en falta a Esteban, mi hermano pequeño, el corazón huyó del pecho despavorido y latiendo a un ritmo frenético. Las escondidillas esa tarde me supieron a desesperanza, yo, al cuidado de Esteban, me sentía  impotente,  porque había buscado en los lugares preferidos por él y, no vi más que su juguete, el caballito, que tenía en vez de pezuñas, ruedas, en cada pata; eso fue lo único que pude encontrar, pero él ¿Dónde habría de estar?, yo intuí lo peor y corrí descalza por entre los pastizales y luego por la tira de tierra que llevaba plantada la hortelana y el fresno donde nos columpiamos, por lo tanto volé igual que una flecha lanzada a mucha distancia hacia la balsa que por esos días estaba repleta de agua para el riego de las tierras de mi abuelo; cuando hube llegado al mismísimo borde, me cubrí los ojos con las manos, para que el impacto de ver a Esteban aleteando con sus pequeñas manitas morenas fuera menos doloroso. Afortunadamente en la balsa no estaba; solo las ranas y algunos insectos. Me giré y sonreí y me senté en el suelo respirando hondo, y pensando la zurra que le esperaba y en los besos y más besos que le daría al verlo sano y salvo en casa de abuela, en el patio…,

No quedan más que las sombras de los pájaros debajo del árbol, Con sus débiles alas desplegadas, con sus picos cerrados… No quedan ...